domingo, 27 de marzo de 2022

Somos comunidad, somos Iglesia


Hace algún tiempo, en un viaje, un joven, al ver mi distintivo sacerdotal, me dijo que él era católico. Le pregunté cuál era su comunidad o su parroquia. Respondió: “No tengo comunidad, creo en Dios y, cuando puedo, hago el bien y voy a Misa”. Mi interlocutor vivía su fe al margen de una comunidad concreta. Aunque esto no es lo habitual, lo cierto es que muchos cristianos van a su parroquia regularmente, sin considerarla su comunidad.

Esta realidad, a la que quizá nos hemos acostumbrado, contrasta con la vivencia de los primeros cristianos. Aunque sus comunidades no eran perfectas, no perdieron de vista el ideal descrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos… El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (He 2,44-47; 4,32).

Así, el Papa Francisco recuerda frecuentemente la necesidad de vivir la fe en comunidad: “Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es «soy cristiano», el apellido es «pertenezco a la Iglesia»… Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos rezar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si lo sentimos cercano y lo reconocemos en los hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido… Este camino lo podemos vivir no sólo gracias a otras personas, sino junto a otras personas… No podemos ser buenos cristianos si no es junto a todos aquellos que buscan seguir al Señor Jesús, como un único pueblo, un único cuerpo, y esto es la Iglesia” (25 de junio de 2014).

Necesitamos avanzar por este camino comunitario (sinodal) en la Iglesia y, en particular, en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín. Es vital para fortalecer nuestra fe y para hacer más eficaz la misión que el Señor nos ha confiado. Si nuestras comunidades progresan en fraternidad, hacia dentro, y en solidaridad, hacia fuera; otras personas podrán decir: “Mirad como se aman” y nuestra Iglesia crecerá “no por proselitismo, sino por atracción”, tal como señaló Benedicto XVI. En cambio, si en nuestros grupos y parroquias no se percibe más claramente la alegría de vivir como hermanos y hermanas, de poco servirán los esfuerzos por cuidar más las celebraciones, la catequesis y el servicio a los pobres.

El próximo sábado 2 de abril tendremos la ocasión de sentirnos Iglesia, en la Asamblea Diocesana, abierta a todos, que acogerá el Colegio Las Viñas. Juntos daremos un paso adelante en nuestro proceso sinodal, compartiendo reflexión, oración, experiencias, diversión y una buena paella. ¡Inscríbete en cualquier parroquia, cuanto antes! ¡Te esperamos!

domingo, 20 de marzo de 2022

Sacerdotes


Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.

¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.

Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.

Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.

Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.

Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

domingo, 13 de marzo de 2022

Atentos a lo pequeño


Ante los horrores de la guerra, ante la muerte de tantas mujeres a manos de sus parejas, ante los abusos e injusticias, de todo tipo, que a diario golpean nuestras conciencias, nos sentimos abrumados y nos preguntamos cómo es posible que los seres humanos seamos tan inhumanos.

No hay una respuesta que satisfaga plenamente nuestra inquietud, porque el mal es un problema complejo; pero es evidente que esos comportamientos, que terminan siendo abominables, frecuentemente tienen su origen en otros menos vistosos, a los que no solemos prestar atención. Nos vamos acostumbrando a almacenar rencor en el corazón, a buscar nuestro interés antes que el de los demás, a despreciar a quien discrepa de nuestras convicciones, a no valorar lo que se nos da, a mirar para otro lado cuando se maltrata a una persona vulnerable, a justificar los propios errores, a disculpar la corrupción de los nuestros…, y el resultado es el que tantas veces lamentamos.

Un antiguo eremita advertía: «No subestimemos las cosas pequeñas, no las despreciemos como insignificantes. No son pequeñas, son un cáncer, son un hábito nocivo. Estemos alerta, cuidémonos de las cosas leves, no sea que se transformen en graves… Si descuidamos las pasiones, por parecernos pequeñas, se enquistarán en nosotros y, cuanto más se endurezcan, más difícil será arrancarlas… La virtud y el pecado comienzan por cosas pequeñas, pero llevan a las cosas grandes, sean buenas o malas».

Esta exhortación sigue siendo válida para nosotros. Una vida santa, lo mismo que una vida de pecado, tiene su origen en los pequeños comportamientos de cada día. Si reconocemos nuestros errores y somos capaces de pedir perdón, si compartimos el tiempo y el dinero con quienes nos necesitan, si rezamos un poco todos los días, si defendemos a los que se sienten frágiles, si leemos buenos libros, si pedimos ayuda con humildad y la agradecemos cuando se nos ofrece…, forjamos unos hábitos que, poco a poco, moldean nuestra personalidad en conformidad con los deseos de Dios.

La tan deseada renovación de nuestras comunidades cristianas también pasa por el cuidado de pequeños detalles: la acogida a las personas que se acercan, una llamada o una visita a quienes están enfermos o están pasando un mal momento, la preparación de peticiones sencillas para favorecer la participación en la liturgia, la consulta a los feligreses antes de emprender un nuevo proyecto, la publicación de las cuentas parroquiales, la organización de una colecta para colaborar con una buena causa, etc.

Al emprender la Cuaresma, me ha parecido oportuno recordar la importancia de los pequeños gestos, para avanzar en el camino de la conversión, tanto personal como comunitaria. Aunque parezcan insignificantes o inútiles, resultan imprescindibles para abrir nuestro corazón a Dios, apreciar su amor misericordioso y, en definitiva, transformar nuestra vida conforme a su voluntad.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 6 de marzo de 2022

Pedir perdón por amor


En nuestras conversaciones familiares, cuando estamos con los amigos y no digamos en los discursos de los parlamentos, parece que hay palabras prohibidas. Rara vez se escuchan expresiones como “Me equivoqué” o “Pido perdón”, ni siquiera cuando nos sorprenden “con las manos en la masa”. También los cristianos, que comenzamos cada Eucaristía reconociendo nuestros pecados “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, tenemos no pocas dificultades para admitirlos en la vida cotidiana.

Así es desde el origen de los tiempos. Tras el primer pecado, Dios se acercó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás, Adán?, ¿de qué gloria has caído?, ¿en qué miseria?»; buscando con ello que el hombre le dijera: «¡Perdóname!» Pero, no hubo ni humillación ni arrepentimiento, sino todo lo contrario. El hombre le respondió: “La mujer que Tú me has dado me engañó”. No dijo: «mi mujer», sino: «la mujer que Tú me has dado», como si dijera: «la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza». Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: “¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?”, como queriendo decirle: «Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia». Pero tampoco ella pidió perdón. La mujer por su parte le respondió: “La serpiente me ha engañado» (cf. Conferencia de Doroteo de Gaza, sobre el renunciamiento).

En vez de admitir nuestros pecados y poner enmienda, en demasiadas ocasiones empleamos nuestras fuerzas en justificarlos o esconderlos, como el Rey David. Cuando el Rey peca con la mujer de Urías, en vez de reconocerlo, manda a Urías a primera línea del frente, para que acaben con su vida (cf. 2 Sam 11). Reflexionando acerca de esta escena, el Papa Francisco comenta: “Os confieso que cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana, o cuando advierto el peligro de que yo mismo puedo correr de perder el sentido del pecado, hace bien pensar en los numerosos Urías de la historia, en los numerosos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad” (cf. Meditación cotidiana, 31 de enero de 2014).

En esta Cuaresma recién estrenada, necesitamos escuchar la voz de nuestra conciencia, la voz de tantos profetas que, como Natán al Rey David, nos dicen: “Tú eres ese hombre”, el que mató la única cordera del pobre en vez de sacrificar una de tus muchas reses. Tú eres ese hombre o esa mujer, que, como el hijo mayor de la parábola, ha olvidado el mucho amor que ha recibido y se dedica a pasar factura de los servicios prestados, a las personas y a Dios.

domingo, 27 de febrero de 2022

Dios confía en ti


A punto de comenzar la Cuaresma, os animo a escuchar la llamada a convertirnos, que la Iglesia hará resonar de nuevo en nuestros corazones, dentro de pocos días. Esta llamada puede chocar con la pereza y la comodidad, tan frecuentes en las personas; y también con la desesperanza o el desengaño generados por los fracasos que hemos experimentado, a lo largo de la vida, en el camino de la conversión. Sin embargo, permitidme que os recuerde que esta llamada concuerda con los deseos más profundos del ser humano. En efecto, cuando miramos hacia el interior de nosotros mismos, descubrimos cuánto nos gustaría cambiar algunas actitudes, mejorar nuestras relaciones con determinadas personas y vivir la experiencia de un encuentro más vivo con Dios.

Si hemos perdido la esperanza de mejorar, recordemos que Dios confía en ti y en mí más que nosotros mismos; cree más que nadie en nuestras posibilidades de cambio. No encontraremos mejor cómplice que Él para hacer realidad nuestros deseos más profundos de renovación. Tengamos presente, además, que la conversión no es un requisito previo para obtener el favor de Dios, sino la puerta que Él mismo nos abre para que disfrutemos su abrazo misericordioso y la fuerza transformadora de su amor.

La Sagrada Escritura nos ayuda a comprender que la conversión es, antes que nada y sobre todo, un regalo de Dios, que reclama ciertamente nuestra colaboración. Así, San Pablo nos recuerda que éste es un “tiempo favorable”, un “día de salvación”, y nos exhorta con vehemencia: “dejaos reconciliar con Dios”, “no echéis en saco roto la gracia de Dios” (cf. 2 Co 5–6). El profeta Isaías, por su parte, subraya la importancia de la acción de Dios en nuestra conversión, con una imagen preciosa y sugerente: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano” (Is 64,7). Estamos en las manos del mejor alfarero, que nos ama entrañablemente, y siempre está dispuesto a reconstruirnos y embellecernos, por dentro y por fuera.

Por eso, si de verdad queremos convertirnos, hemos de acercarnos a Él confiadamente, pues nos espera como el padre bueno de la parábola del hijo pródigo. Y, aunque Él está en todas partes, haremos bien en buscarlo en las experiencias, situaciones y lugares donde se hace presente de una forma más intensa: en el silencio de la oración, ante el Sagrario de una iglesia, en la grandeza de la Creación, en las personas enamoradas de Él, en quienes más sufren, en la comunidad de la Iglesia, que, a pesar de las limitaciones y pecados de sus hijos, cree en Él y quiere seguirle. Búscalo también en ese lugar, tan especial para ti, en el que lo has percibido en otros momentos.

Os animo, pues, a comenzar la Cuaresma bien dispuestos, para convertirnos y dejarnos transformar por Dios. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de febrero de 2022

Ejercicios para vivir


Somos cristianos. Jesucristo nos ha conquistado con su forma de tratar a los pobres y a los poderosos, a los que se creían santos y a los pecadores, a los marginados y a los apestados de su tiempo. Nos ha fascinado su relación con Dios: el Abbá, el papá que nos ama entrañablemente, como la madre más tierna. Nos atrae con su modo de amar y servir con todo el corazón y con toda el alma, hasta el extremo. Por eso, decidimos tomar como brújula su Evangelio y acoger la invitación a ser sus amigos. Desde entonces, hemos experimentado muchas veces la cercanía de Dios, también en los momentos más duros de nuestra vida.

Sin embargo, cuando nos descuidamos, el orgullo nos lleva a separarnos de Dios, el egoísmo nos aparta de los hermanos, la vanidad nos hace olvidar nuestra pequeñez, la prisa y el activismo recortan tiempo a la reflexión y a la oración. Así, poco a poco, nos despistamos del camino del Evangelio. Por eso, de vez en cuando necesitamos frenar la rueda del trabajo, las diversiones y el ruido, para encontrarnos con Dios y experimentar de nuevo su amor, para que Jesucristo vuelva a enamorarnos y a guiarnos, para tomar decisiones que enderecen nuestra vida hacia el mayor bien posible.

Esta es la experiencia que acabamos de vivir, a pesar de nuestras limitaciones, un grupo de sacerdotes de Teruel y Albarracín, en los Ejercicios Espirituales que concluyeron hace pocos días. En 1536, San Ignacio de Loyola escribió: «Los Ejercicios Espirituales son todo lo mejor que yo puedo en esta vida pensar, sentir y entender, para que el hombre se pueda aprovechar a sí mismo, y para poder fructificar y ayudar a otros muchos».

Ciertamente, los Ejercicios Espirituales pueden cambiarte la vida. Tras unos días de oración, la mirada se agudiza y descubres hasta dónde llega tu fragilidad, adviertes la facilidad con la que te engañas o te dejas engañar, sientes la punzada de dolor que producen tus pecados y acoges con más profundidad y gratitud el perdón de Dios. En esos días de retiro, Jesús te contagia el deseo de recorrer el camino de las bienaventuranzas, del amor y de la entrega hasta el extremo. En este proceso, el Señor transforma tu sensibilidad y la vida entera, de modo que tu mayor deseo no es otro que amar a Dios y a los hermanos, con Él y como Él.

Nuestra Iglesia diocesana ofrece todos los años Ejercicios Espirituales para sacerdotes y, a través de la Acción Católica, también los laicos tienen la oportunidad de retirarse varios días. Sé que muchos querríais practicarlos y no podéis, por vuestros compromisos familiares y laborales. La Diócesis pretende poner a vuestra disposición otras modalidades, para que todos tengáis la oportunidad de disfrutar las gracias que Dios derrama a través de los Ejercicios.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 13 de febrero de 2022

La indiferencia nos condena


Un amigo apoyó económicamente a varias instituciones sociales durante años, pero todo cambió cuando se compró un piso. Tenía que pagar el apartamento y cortó su ayuda a aquellas instituciones. Poco a poco, sus preocupaciones y su dinero se volcaron más con el piso que con los necesitados; ya no veía ni sentía ni vivía más allá de los muros de su casa. Unos meses después, al darse cuenta de que esta actitud estaba ahogando su alegría y su libertad, volvió a compartir una parte de su dinero. “En cuanto lo hice ?me confesó?, tuve la sensación de que volvía a vivir en libertad”.

El lema de la Campaña contra el hambre ?«Nuestra indiferencia los condena al olvido»? me ha recordado lo que le pasó a mi amigo. Frecuentemente, vivimos tan centrados en nuestros problemas, en nuestras metas personales, en la defensa de lo que consideramos nuestros legítimos derechos, que olvidamos que, en este siglo XXI, millones de seres humanos pasan hambre cada día. Y si pensamos en los servicios de salud y educación de que disponen, nuestro olvido produce más sonrojo todavía. Nuestra indiferencia condena a pueblos enteros al olvido, a la injusticia y a la muerte.

Pero esta indiferencia también nos condena a nosotros. Como le ocurrió a mi amigo, cuando vivimos y trabajamos solo para nosotros mismos, vamos estrangulando progresivamente nuestra alegría y nuestra libertad. No es por casualidad, ya que hemos sido creados para vivir juntos. Tenemos un Padre común, que ama a todos y nos anima a encontrarnos y a lograr una fraternidad que incluya a todos.

“Manos Unidas” y muchas otras instituciones solidarias nos dan mucho más de lo que piden, porque nos brindan la oportunidad de tender puentes que nos liberen de una vida cómoda y cegata. Cuando atravesamos esos puentes, llegamos a ver la cautivadora sonrisa de Flor María, una niña que vive en un asentamiento peruano, sin acceso a la sanidad y a la educación, donde los niños que tienen algún problema físico sufren especialmente, y alcanzamos a compartir la alegría de Flor María, de sus amigos y de su familia, que, gracias a la solidaridad de mucha gente sencilla, pueden disfrutar de un proyecto de desarrollo que mejora sustancialmente sus condiciones de vida.

Es preciso que nos atrevamos a mirar más allá de nuestros propios problemas y tengamos el coraje de llorar con los que sufren, de compartir con ellos nuestro dinero y nuestros talentos, y de exigir a nuestros gobernantes que se ocupen de las personas y pueblos más empobrecidos. El papa Francisco nos ha recordado que “los pobres no pueden esperar. Su calamitosa situación no lo permite”. Y nosotros tampoco debemos esperar para caminar decididamente hacia una fraternidad que abraza, ama y comparte de verdad.

Con mi sincera gratitud a las mujeres que trabajan en Manos Unidas desde sus inicios, recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...