domingo, 27 de noviembre de 2022

Despiertos y atentos


¿Por qué a algunas personas les cuesta tanto creer en Dios? En muchos casos porque, aturdidas por el ajetreo de nuestra sociedad, no han desarrollado o han perdido la sensibilidad para percibir su presencia junto a nosotros. Hay demasiado ruido, demasiadas ocupaciones, demasiadas diversiones, demasiada prisa… y, sin darnos cuenta, se nos apaga la capacidad de ver, más allá de las apariencias, la bondad y la belleza de las personas y de las cosas, bondad y belleza que son obra de Dios.

Por eso, en este tiempo de Adviento con el que nos preparamos para la Navidad, la Iglesia nos invita a salir del aturdimiento. La liturgia del Adviento lo repite con insistencia: «ya es hora de levantaros del sueño; velad, estad preparados…» Para acoger el bien que existe a nuestro alrededor y para alentarlo dentro de nosotros hemos de estar despiertos. De lo contrario, dejaremos pasar las oportunidades que la vida nos ofrece. En efecto, también los tiempos de crisis e incertidumbre, como los actuales, pueden ayudarnos a mejorar nuestras personas y a crecer como cristianos.

Asimismo, hemos de estar despiertos para escuchar lo que late en nuestro corazón e identificar esos deseos hondos de justicia y paz que anidan en él. Hemos de estar despiertos para descubrir las necesidades de nuestros prójimos y para amarlos más y mejor. Hemos de estar despiertos para abrir las puertas de nuestro ser cuando el Señor pasa junto a nosotros. Porque Él viene y llama constantemente, como se preguntaba, del todo sorprendido, el poeta: «¿qué tengo yo que mi amistad procuras…?» El Evangelio nos recuerda que el Señor viene silencioso como un ladrón y a la hora que menos se le espera, pero no viene a robar, sino a regalar paz y alegría.

Para vivir despiertos y aprovechar la gracia del Adviento, el papa Francisco nos recomienda que evitemos dos peligros: la pereza y los vicios. La pereza nos va haciendo resbalar hacia la tristeza, porque nos quita las ganas de vivir y de hacer el bien. Los vicios nos tienen pegados al suelo e impiden que podamos levantar la cabeza. Además, el Papa nos anima a garantizar tiempos de calidad para el encuentro con Dios: «Es la oración –dice– la que mantiene encendida la lámpara del corazón. Especialmente cuando sentimos que nuestro entusiasmo se enfría, la oración lo reaviva, porque nos devuelve a Dios, al centro de las cosas. La oración despierta el alma del sueño y la centra en lo que importa, en el propósito de la existencia. Incluso en los días más ajetreados, no descuidemos la oración… “Ven, Señor Jesús, ven”. Repitamos esta oración a lo largo del día y el ánimo permanecerá vigilante. “Ven, Señor Jesús”» (cf. Ángelus del 28 de noviembre de 2021).

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Considera e imita


En la ordenación de los presbíteros, el obispo entrega al nuevo sacerdote la patena con el pan y el cáliz con el vino, diciendo: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras». Esta invitación a valorar la grandeza de la Eucaristía y a hacerla realidad en la vida se extiende a todos los bautizados; ya que, por el bautismo, el pueblo de Dios se transforma en un “pueblo sacerdotal”, formado por hombres y mujeres que participamos en la alabanza y en el sacrificio de la propia existencia de Jesucristo al Padre.

Considera y valora. La Eucaristía no es un rito en el que recordamos algo que ocurrió hace siglos; es una acción con la que la Cena del Señor se hace actual ahora y aquí, es el memorial de su muerte y resurrección. «En la Eucaristía y en todos los Sacramentos ?recordaba recientemente el papa Francisco? se nos garantiza la posibilidad de encontrarnos con el Señor Jesús y de ser alcanzados por el poder de su Pascua… El Señor Jesús, que inmolado ya no vuelve a morir, y sacrificado, vive para siempre, continúa perdonándonos, curándonos y salvándonos con el poder de los Sacramentos» (DD 11). En la Eucaristía es Cristo quien reúne y une a su pueblo, lo guía con su palabra y lo alimenta con su amor hasta el extremo, para que cumpla su misión en el mundo, mientras se encamina a la patria celestial.

Imita y vive. El papa Benedicto XVI nos recordó que «la Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús» (DCE 13). De este modo, el Espíritu Santo nos impulsa a ser, como Jesús y con Jesús, pan partido y vida entregada para los hermanos, especialmente para los que sufren. En efecto, la Eucaristía, cuando la celebramos bien dispuestos, provoca la transformación íntima y total de nuestra persona, ya que nos proporciona la “forma” de Cristo, siguiendo el sentir de san León Magno: «Nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos». Asimismo, «la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega» (DCE 14). Por eso, la Eucaristía es la fuente de la comunión en la Iglesia y el fundamento de la sinodalidad, que estamos procurando desarrollar. Celebrar la Eucaristía nos impulsa a vivir nuestra existencia en actitud de alabanza y acción de gracias, a pesar de las circunstancias adversas.

Para vivir más plenamente la riqueza de la Eucaristía, apenas apuntada en esta carta, deberíamos profundizar en una auténtica formación litúrgica, mejorar la organización de las celebraciones eucarísticas en la diócesis y, sobre todo, cuidarlas con esmero, de tal manera que sean realmente fuente y culmen de la actividad misionera, catequética y caritativa de nuestras comunidades.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Acuérdate de los pobres


Con una parábola memorable, Jesús afirmó: «Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me hospedasteis» (cf. Mt 25,31-46). Los cristianos de las primeras generaciones tomaron en serio estas palabras y «vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45), siguiendo las enseñanzas de los apóstoles, que les exhortaban a cuidar con amor de los pobres, como recuerda la interpelación del apóstol Santiago: «Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?» (St 2,15-16).

A lo largo de la historia de la Iglesia, el Espíritu Santo ha seguido suscitando hombres y mujeres que, con la creatividad del amor, han dado su vida en el servicio de los pobres de todo tipo y han urgido a sus hermanos a hacer lo mismo.

El diácono de nuestra tierra San Lorenzo, en el siglo III, declaró que «los pobres son los tesoros de la Iglesia». San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, predicaba: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres; ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”. San Francisco de Asís, en el siglo XII, decía: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor». San Vicente de Paúl, en el siglo XVII, exhortaba: «Dediquémonos con amor renovado al servicio de los pobres… ellos son nuestros señores y maestros y no somos dignos de prestarles nuestros humildes servicios». Sólo son unas perlas que manifiestan el sentir de la Iglesia.

También los últimos papas nos han impulsado a mirar a los pobres como referencia inexcusable de nuestra vida. San Juan Pablo II enseñó: «Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya [de Jesús], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos» (NMI 49). Y Benedicto XVI advirtió a toda la Iglesia: «Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio» (DCE 22).

El amor y la atención a los pobres no debería ser, pues, algo secundario, optativo o delegable para nosotros y para nuestras comunidades cristianas. Está en juego la vida digna de muchos hombres y mujeres. Está en juego nuestra humanidad y nuestra fe. Que la Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el papa Francisco hace cinco años, nos anime a acercarnos a las personas necesitadas, a mirarles con cariño, a abrazarles, a aprender de ellas y a compartir nuestros bienes materiales y espirituales. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Gracias por tanto


Hace años, me enfadé con la Iglesia y se lo comenté a mi acompañante espiritual. Él, sin dudarlo, me recomendó leer el libro “Paradoja y misterio de la Iglesia”, del Padre Henri de Lubac, advirtiéndome que escribió este libro en un momento en el que este sabio jesuita había sido puesto en tela de juicio por algunos eclesiásticos. No pude contener la emoción al leer los pasajes que a continuación reproduzco:

“La Iglesia es nuestra madre, porque nos da a Cristo. Ella hace nacer a Cristo en nosotros. Ella nos hace nacer a la vida de Cristo. La Iglesia, hoy mismo, me está dando a Jesús. Me lo explica, me enseña a verlo, conserva para mí su presencia. Decir esto es decirlo todo. ¿Qué podría saber yo de Jesús, qué vínculos habría entre nosotros dos, sin la Iglesia? Incluso los que la desprecian, si todavía admiten a Jesús, ¿saben de quién lo reciben?

Ninguna crisis de la historia nos separará de Cristo. Pero esta seguridad nos viene precisamente de la Iglesia. Jesús está vivo para nosotros. Pero ¿en medio de qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina, sin la continuidad visible de la Iglesia?

Pues bien, esta Iglesia santa a veces también se ve abandonada de algunos que lo han recibido todo de ella y que se han vuelto ciegos a sus dones. Y a veces, en ciertas ocasiones como ahora, se mofan de ella algunos que siguen recibiendo de ella su alimento. Un viento de crítica amarga, universal y sin inteligencia, llega a veces a trastornar las cabezas y a pudrir los corazones. Un viento asolador, esterilizante, un viento destructor, hostil al soplo del Espíritu. Y entonces, cuando contemplo la faz humillada de mi madre, es cuando la amo más.

En el mismo momento en que algunos se hipnotizan ante los rasgos que les presentan un rostro envejecido, el amor me hará descubrir en ella con mucha más verdad sus fuerzas ocultas, sus actividades silenciosas, que constituyen su perenne juventud, todas las grandes cosas que nacen en su corazón y que convertirán contagiosamente a la tierra”.

Esta madre Iglesia, santa y a la vez pecadora, siempre necesitada de purificación y de reforma, se hace realidad concreta y cercana en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín. En ella hemos celebrado los momentos más importantes de nuestras vidas. A través de ella hemos recibido la formación humana y religiosa, que nos ha permitido conducirnos en la vida. Gracias a ella hemos trabajado al servicio de tantas personas necesitadas y del progreso de nuestra tierra. Ella es, en definitiva, la Madre que nos ha descubierto el tesoro escondido y la perla preciosa: Jesucristo; ella ha hecho nacer a Cristo en nosotros.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 30 de octubre de 2022

¡Cómo está el mundo!


«Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro. Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo vemos el mal, sólo parece triunfar la estupidez». Esta reflexión de José Luis Martín Descalzo parece más actual que nunca.

Así pues, nuestra mirada al mundo ha de ser lúcida, para no dejarnos engañar por las apariencias y percibir sus sombras y sus luces. No podemos ignorar las mentiras e injusticias que hacen sufrir a pueblos enteros, a muchas familias y personas concretas. Pero tampoco podemos negar que, hasta en la oscuridad más espesa, hay mucha gente desconocida, “santos de la puerta de al lado”, les ha llamado el papa Francisco, que, sin hacer ruido, iluminan, alivian y transforman las tragedias en oportunidades. No gritan, pero aman; no aparecen en la televisión ni en las redes sociales, pero sostienen el mundo. Por eso es tan necesario acercarse a la vida concreta y no quedarse con la visión simplista, polarizada e interesada de algunos medios de comunicación.

Nuestra fe cristiana nos anima, además, a mirar con ojos de fe, para descubrir la presencia de Dios en el mundo. Los seguidores de Jesús de Nazaret no sólo creemos que Dios existe, creemos que nos ama («Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho», afirma el Libro de la Sabiduría); creemos que ve lo que nos ocurre («He visto el sufrimiento de mi pueblo» dice a Moisés cuando lo envía a liberar al pueblo); creemos que se conmueve («El Señor es compasivo y misericordioso», repite tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento); creemos que está junto a nosotros («¿Dónde hay una nación que tenga unos dioses tan cercanos como nuestro Señor?», se pregunta el libro del Deuteronomio); creemos que Dios trabaja en nosotros y en favor de la humanidad, especialmente de quienes sufren («Mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo… para que tengan vida abundante», afirma Jesús en el Evangelio de San Juan). Por tanto, decir que este mundo está dejado de la mano de Dios es una blasfemia o, al menos, una falta grave de fe.

No podemos dudar de la presencia y la acción de Dios en el corazón de tantas personas que se esfuerzan sin descanso por sus familias, por el bien común y, en definitiva, por hacer realidad en esta tierra el sueño de Dios. Los cristianos y cristianas de Teruel y Albarracín queremos acercarnos a nuestros vecinos y al mundo con esta mirada lúcida, contemplativa y amorosa. Solo así podremos cumplir la misión de hacer presente la ternura de Dios en la vida de cada día.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 23 de octubre de 2022

Pantuflas o sandalias


La pandemia nos obligó a meternos en casa con pantuflas, esperando que pasara el temporal. Aunque el Covid-19 parece superado, han podido quedar efectos secundarios no deseados, particularmente para los cristianos: conformarnos con los encuentros virtuales, vivir la fe en privado, ver la Eucaristía por la televisión… La fiesta del Domund y la generosidad de tantos misioneros y misioneras nos animan a dejar las pantuflas, a calzar las sandalias y salir a la calle, para ser transparencia del amor de Dios. Para cumplir esta difícil y apasionante tarea, os recuerdo cinco actitudes profundamente interconectadas entre sí.

Primera: escucha. No podremos evangelizar a las familias, si no conocemos sus problemas, sus anhelos, sus dificultades y sus alegrías. Será difícil transmitir la fe a los jóvenes, si no sabemos qué canciones oyen y con qué series se entretienen, si ignoramos los conflictos que les atormentan y las esperanzas con las que sueñan. Todos necesitamos ser escuchados para sentirnos valorados y amados, para estar abiertos a un mensaje nuevo.

Segunda: oración. Al rezar por las personas a las que el Señor nos envía, podremos verlas con el mismo amor de Dios y descubrir su obra en sus corazones. En la lectura orante de la Biblia, el Espíritu Santo nos ilumina y fortalece para ofrecer las palabras y los gestos adecuados, para compartir lo que somos y darnos por completo, como Jesús y con Jesús.

Tercera: valentía. Si a Jesús lo persiguieron, no podemos esperar muchos aplausos al continuar su tarea. Cosechan pocos reconocimientos quienes defienden a los pequeños, denuncian las injusticias y proclaman la verdad, que casi siempre resulta incómoda. Por eso, si nos implicamos en la misión a la que Dios nos llama, necesitaremos un suplemento de esa fortaleza, que viene de la gracia de Dios y del apoyo de la comunidad.

Cuarta: humildad. Quien se cree más sabio y santo que los demás piensa que nada tiene que aprender e, inevitablemente, produce rechazo. Pero cuando uno es consciente de haber sido llamado por amor y no por sus méritos, se produce el milagro del encuentro, que lleva a compartir los dones espirituales y materiales que Dios nos ha dado.

Quinta: alegría. El Papa Francisco nos recuerda que el amor y el perdón de Dios pueden quitarnos la cara de funeral y devolvernos la alegría. Así, el mundo actual podrá “recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).

Es la hora de la misión, aquí en Teruel y en cada rincón del mundo, donde trabajan nuestros misioneros y misioneras. Dios confía y cuenta con cada uno de nosotros. Calcémonos las sandalias para llevar su palabra y su amor a todos los ambientes.

domingo, 9 de octubre de 2022

Mirar a los ojos


Se está tramitando la reforma de la ley que regula el aborto en España y observo que muchas personas no se manifiestan y otras lo hacen, a favor o en contra, sin mostrar un ápice de empatía hacia las madres que se encuentran en la encrucijada de abortar y hacia los hijos que crecen en sus cuerpos. Tengo la impresión de que el aborto se ha convertido en un tema más de confrontación ideológica.

Por ello, quiero invitar a mirar a los ojos de esas mujeres que están decidiendo sobre su embarazo. Hemos de hacernos cargo del miedo, la angustia y el dolor de unas madres, a menudo abandonadas por el padre de la criatura, por sus propias familias y por las instituciones públicas que, en muchas ocasiones, recortan las ayudas que necesitarían para que el hijo nazca. Es necesario también caer en la cuenta de lo que puede suponer para una mujer gestar y traer al mundo a un hijo no deseado.

Asimismo, os animo a contemplar la mirada de esas criaturas que tal vez nunca lleguen a ver la luz del sol y la hermosura de la tierra. Aunque sean invisibles para muchas personas y para un sector mayoritario de la opinión publicada, aunque algunos se refieran a ellos –sin rigor científico alguno– como una parte del cuerpo de la madre, no deberíamos hablar o decidir sobre el aborto sin escuchar los latidos de esos pequeños, que ya han comenzado la aventura fascinante de ser humanos.

Desde esta mirada empática, los embarazos no deseados difícilmente pueden verse como un “problema” que se resuelve con la eliminación de una vida humana, que además marca profundamente la existencia de las madres. El aborto es sobre todo una tragedia, no debería considerarse un derecho.

Para evitar esta tragedia, es necesario trabajar con empeño para prevenir embarazos no deseados, para que la educación de los jóvenes les ayude a desarrollar su afectividad y a valorar la sexualidad como un don responsable y no como un juego insignificante, para apoyar decididamente a las madres que no saben qué hacer a la hora de traer a sus hijos al mundo, y para acompañar y curar las heridas de las que han llegado a abortar. En este sentido, quisiera reconocer el trabajo que realizan organizaciones como Red Madre en Teruel.

Hay otras tragedias en nuestro mundo que también deberíamos mirar con empatía y con esa verdadera compasión que nos lleva a padecer-con-quienes-sufren; por ejemplo, las personas que huyen de sus países en busca de una vida mejor, las familias que atraviesan problemas graves, las mujeres que padecen violencia, los menores abusados… Antes de hablar, juzgar o decidir, miremos a los ojos de las personas que sufren o pueden sufrir las consecuencias de nuestras acciones y palabras.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...