jueves, 16 de julio de 2026

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año nuestra diócesis dirige su mirada y su corazón hacia la Misión Diocesana en Venezuela, una obra que forma parte de nuestra identidad eclesial y que expresa el deseo de anunciar el Evangelio más allá de nuestras fronteras. Celebramos con gratitud el Día de las Misioneras y Misioneros Malagueños, dando gracias a Dios por tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que han entregado y siguen entregando su vida al servicio del Evangelio en tantos lugares del mundo.

El lema que nos acompaña en esta jornada, «Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión», recoge con acierto el camino que la Iglesia universal y malagueña está llamada a recorrer. La misión no es una tarea reservada a unos pocos; nace del bautismo y compromete a todo el Pueblo de Dios. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que camina unida, que escucha, que discierne y que sale al encuentro de quienes esperan una palabra de esperanza y una mano tendida. Solo caminando juntos podremos responder con fidelidad al mandato del Señor: «Id y haced discípulos a todos los pueblos».

Este año queremos elevar una acción de gracias por la presencia ininterrumpida de sacerdotes de nuestra diócesis en la misión de Venezuela desde 1954. Son más de siete décadas de entrega silenciosa, de servicio generoso y de fidelidad al Evangelio. Muchos sacerdotes han dejado allí lo mejor de su ministerio, sembrando la fe con paciencia, compartiendo las alegrías y sufrimientos del pueblo y contribuyendo al crecimiento de una Iglesia que ha sabido renacer con esperanza después de tantos años de persecución y sufrimiento.

Nuestro recuerdo agradecido se dirige a todos ellos, conocidos y anónimos, que hicieron de aquella tierra su hogar y de sus habitantes su familia. Y, de manera especial, queremos manifestar nuestra cercanía y nuestro afecto al sacerdote Juan Manuel Barreiro, que actualmente continúa esta hermosa misión en nombre de toda la diócesis. En él reconocemos la continuidad de una historia de entrega que sigue escribiéndose cada día gracias a la gracia de Dios y al compromiso misionero de nuestra Iglesia.

Quiero agradecer también a la Iglesia local de Caicara, que durante tantos años nos acogió como hermanos y con la que seguimos compartiendo la misma fe y la misma misión. Damos gracias igualmente a los institutos de vida consagrada, asociaciones, movimientos eclesiales, parroquias y tantos laicos que sostienen la misión con su oración constante, su cercanía y su generosa ayuda material. Gracias a vuestra colaboración, la presencia de nuestra diócesis en Venezuela continúa siendo un signo vivo de comunión y de esperanza.

La misión nunca es obra de una sola persona. Es fruto de una Iglesia que reza, comparte y se compromete. Cada oración ofrecida, cada donativo, cada sacrificio escondido y cada gesto de solidaridad forman parte de esta hermosa cadena de amor que une a nuestra diócesis con el pueblo venezolano y con tantos rincones del mundo donde nuestros misioneros anuncian el Evangelio.

Os animo, por tanto, a seguir construyendo entre nosotros una Iglesia sinodal y misionera, donde cada bautizado descubra que tiene un lugar y una responsabilidad en la misión evangelizadora. Que nuestras parroquias sean comunidades abiertas, acogedoras y comprometidas; que nuestras familias sean escuelas de fe y de solidaridad; que nuestros jóvenes escuchen con valentía la llamada del Señor, también cuando los invite a entregar su vida en la misión.

Que la Virgen María, Madre de la Victoria y Reina de las Misiones, acompañe a nuestros misioneros, fortalezca a la Iglesia en Caicara y haga de nuestra diócesis una comunidad más misionera.

Os envío un abrazo y mi bendición.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tejer redes de amor

Alumnos y monitores del Centro de Formación Sagrada Familia de Cáritas Málaga

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Con especial afecto me dirijo a quienes dedicáis vuestro tiempo, cariño y capacidades al servicio de los más vulnerables desde Cáritas y desde tantas realidades eclesiales comprometidas con la acción social. Gracias por hacer visible, con vuestra entrega cotidiana, la ternura de Dios hacia quienes más necesitan ser escuchados, acogidos y acompañados.

Vivimos un tiempo en el que se hace imprescindible fortalecer los vínculos y promover un sentido de pertenencia integrador y dinámico. Por eso quiero proponeros una tarea profundamente evangélica, que el papa León nos ha recordado repetidamente durante su viaje a España: tejer redes. Porque las redes unen, sostienen y hacen posible que nadie quede aislado.

En primer lugar, hemos de tejer redes con Jesucristo, origen y meta de toda nuestra entrega (cf. Jn 15, 4). León XIV nos ha recordado que «la caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano». En efecto, «la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente» y nos mueve a ser «una Iglesia que anuncia a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

Como Jesús y con Jesús, hemos de tejer redes con las personas necesitadas (cf. Ga 6, 2). Nuestra cercanía no puede limitarse a resolver necesidades materiales. El Santo Padre nos invita a conocer sus «historias de dolor, de esperanza y de búsqueda», a «aprender el lenguaje de la cercanía» y a acompañar procesos que devuelvan dignidad y esperanza. Incluso nos anima a dejarnos «evangelizar por ellos», porque Dios sigue hablándonos y bendiciéndonos a través de quienes la sociedad deja en los márgenes.

Estamos llamados a tejer redes en nuestras parroquias (cf. Jn 17, 21). El grupo de Cáritas no puede ser un grupo aislado, pues la acción social, como «la acogida del migrante, no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios». La misión de Cáritas, por tanto, es también despertar la conciencia de toda la comunidad, para que cada bautizado descubra que la caridad no es una actividad añadida, sino una dimensión esencial de la fe.

Finalmente, es necesario tejer redes con quienes no comparten nuestra fe (Mt 5, 14-16). El servicio desinteresado crea espacios de encuentro donde desaparecen prejuicios y se construye el bien común. La caridad posee un lenguaje universal que todos pueden comprender y constituye «un testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad».

Que María, Madre de la Esperanza, nos enseñe a vivir una caridad humilde, valiente y perseverante. Y que el Señor nos conceda la gracia de seguir tejiendo redes de fraternidad que abran caminos de futuro a quienes más lo necesitan.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 21 de junio de 2026

Un Plan Pastoral… de primera


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

El sábado 20 de junio vivimos una jornada especialmente significativa para nuestra Iglesia particular. El colegio de los Maristas de Málaga acogió la Asamblea Diocesana, donde compartimos el trabajo realizado en los últimos meses en torno al Documento Final del Sínodo, un proceso en el que han participado más de 4.000 personas. Este esfuerzo común no termina aquí: será la base sobre la que construiremos, entre todos, el próximo Plan Pastoral Diocesano.

Ese mismo día, por la noche, muchos vibramos con el emocionante partido entre la UD Almería y el Málaga CF, cuyo final de infarto culminó con el ascenso de nuestro equipo a Primera División. Una alegría para los malagueños y malagueñas, sin duda. Pero también una imagen sugerente que nos invita a superarnos: nuestros pueblos, ciudades y familias pueden “ascender” en humanidad, cohesión y solidaridad.

Nuestras parroquias y comunidades también aspiran a “subir de categoría”. No para ser más que nadie, sino para poner en juego –juntos– todos los talentos que Dios nos ha dado. El Plan Pastoral que elaboraremos en los próximos dos años quiere ayudarnos precisamente a eso: a que nuestras comunidades cristianas de Málaga y Melilla crezcan en espiritualidad, comunión y misión. Tres dimensiones que, como en un buen equipo, se refuerzan mutuamente.

Espiritualidad. La Iglesia tiene su origen, su fundamento y su fin en Dios. No es solo una institución humana: Dios actúa en ella y a través de ella para ofrecer su salvación a toda la humanidad. Esa salvación, que esperamos con confianza mientras caminamos por la vida (cf. Rm 8,24), se concreta en la llamada universal a la santidad (cf. 1 Pe 1,15-16). Y la santidad no es otra cosa que vivir unidos a Cristo, dejándonos transformar por Él. Si queremos “ascender”, este es siempre el punto de partida.

Comunión. Ningún equipo funciona sin unidad. En la Iglesia, esa unidad se expresa en el estilo sinodal, que impulsa la participación de todos los bautizados y bautizadas. Cada uno, desde su vocación y carisma, comparte la responsabilidad de la misión común. La comunión es un don, pero también una tarea. Y una de sus actitudes fundamentales es el diálogo: escucharnos, escuchar a otras personas, discernir juntos, caminar al mismo paso.

Misión. La Iglesia es “comunión misionera” (CL 32). Su razón de ser es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo (cf. EN 14). Hoy, más que nunca, estamos llamados a vivir una nueva etapa evangelizadora (cf. EG 1), siendo una Iglesia en salida, que no se encierra en sí misma, sino que va al encuentro de todos (cf. EG 20-24). Jesús nos envía para que el Evangelio llegue a cada persona, a cada realidad, a cada periferia (cf. EG 31). En este punto, es importante hablar de los jóvenes. Al igual que el joven equipo del Málaga, la Diócesis quiere contar con su cantera y hacerla protagonista de la evangelización.

Que este proceso pastoral, con la fuerza del Espíritu, nos ayude a “ascender a primera” en espiritualidad, comunión y misión.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 14 de junio de 2026

Que brille nuestra “magnífica humanidad”


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Quisiera animaros a profundizar en la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), dedicada a la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial» (IA). Este documento, fruto de años de escucha, actualiza la tradición de las grandes encíclicas sociales iniciada por León XIII con Rerum Novarum (1891), que abordó los desafíos de la «revolución industrial», y continuada recientemente por Francisco con Laudato Si’ (2015), centrada en la «cuestión ecológica».

La Iglesia no es experta en cuestiones técnicas, pero aporta «una sabiduría sobre lo humano que nuestro tiempo necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común». Con hondura teológica y realismo histórico, el Papa defiende la inviolable dignidad de la persona, el valor sagrado del trabajo y la urgencia de una justicia que proteja la libertad frente al poder de los algoritmos y los datos.

Lejos de rechazar el progreso técnico, la encíclica —inspirada en la rica tradición patrística y, de modo especial, en san Agustín— se presenta como una guía lúcida para orientar el debate sobre la IA con racionalidad, seriedad ética y esperanza. Su propósito es evitar que esta tecnología dé lugar a una nueva torre de Babel, que «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios», y promover, en cambio, una «civilización del amor» más humana y fraterna.

El Papa insiste en que el progreso tecnológico solo será auténticamente humano si permanece al servicio de la persona y del bien común. Por ello, lanza un llamamiento universal: «La IA requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte, y puesta al servicio del bien común». Pero no basta con desarmar: es necesario «reparar los lazos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo».

León XIV, citando a Gandalf, el mago de El Señor de los Anillos, nos invita a todos a aportar nuestro granito de arena para hacer crecer la civilización del amor: desarmar las palabras, practicar la justicia para encontrar la paz, asumir la mirada de las víctimas, discernir con realismo qué es posible lograr y qué pasos podemos dar, y ejercitar el diálogo en todos los niveles, desde las relaciones personales hasta las internacionales. Incluso propone una espiritualidad eucarística arraigada en la vida de los pobres.

Que esta encíclica y los discursos del Santo Padre en su visita a España nos ayuden a comprender el desafío de la IA, y a trabajar unidos para que siga resplandeciendo en el porvenir nuestra “magnífica humanidad”.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

sábado, 13 de junio de 2026

Pontífice, constructor de puentes


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.

Madrid fue el escenario de ese gran puente hacia la sociedad civil. En sus encuentros con representantes del mundo de la cultura, la economía, el arte y el deporte, León XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue. Escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».

En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».

El Encuentro con la Comunidad Diocesana fue la ocasión propicia para hacer una llamada clara a tender puentes entre diversas realidades eclesiales. Nos invitó a aprender «el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», a apostar por los consejos parroquiales y diocesanos: «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad».

Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su apelación a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras».

Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos “piedras vivas”, llamadas a unirse unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto».

En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.

Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás —especialmente los más vulnerables— y hacia Dios.

Termino esta carta con una pregunta: ¿qué sucedería si tú y yo, y nuestra parroquia y nuestro grupo de fe, cada cual con sus matices particulares, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?

domingo, 7 de junio de 2026

Elige amar, elige comunidad, para ser “cuerpo” de Cristo


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

La Iglesia nos invita a venerar el Santísimo Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, que es el misterio de un Dios que se hace pan partido, presencia que abraza, acompaña y sostiene, sobre todo a los que sufren. En este “Día de la Caridad”, Cáritas nos urge con el lema: “Elige amar. Elige comunidad”.

1. Elige amar. El amor no es un sentimiento pasajero, sino la decisión de entregarme al otro como consecuencia de haberme encontrado con Cristo, que se entregó por mí.

Como nos dijo el papa Francisco, y León XIV ha seguido recordando, «los pobres son, ante todo, personas, y en sus rostros se oculta el de Cristo mismo». Amar es ver en cada persona su dignidad y mirarla con ternura; amar es negarse a resignarnos ante las injusticias; amar es no acostumbrarse a que tantos hermanos vivan precariamente, solos y excluidos.

Los datos que Cáritas ha puesto de relieve en su memoria son un grito que interpela nuestra fe, ya que miles de personas, en Málaga y Melilla, están atrapadas por la imposibilidad de conseguir una vivienda o un trabajo mínimamente dignos. Ante esta situación no podemos ignorar que amar significa proteger la vida y defender la dignidad de los seres humanos, trabajando para que nuestro mundo sea más justo, porque el amor cristiano no se queda en palabras, sino que impulsa a escuchar y acompañar a los que sufren, a ponernos al lado de los débiles y dejarnos tocar por su sufrimiento.

2. Elige comunidad. El amor construye comunidad. La Iglesia está llamada a ser el “hogar” en el que todos encuentran un lugar. Cáritas nos recuerda que nuestras comunidades han de ser espacios de encuentro y apoyo mutuo, en los que la diversidad se convierte en riqueza y donde nadie permanece a la intemperie.

Frente a lo que el papa León ha llamado “el síndrome de Babel”, que busca “asegurarse estabilidad y poder”, propone a Nehemías, que convocó a las familias de aquella Jerusalén derruida confiando a cada una un tramo de la muralla destruida y logró así que la ciudad renaciera, «no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo». La comunidad cristiana debe ser signo del abrazo de Dios, y su fuerza nace de la caridad vivida, compartida y organizada.

Hoy, más que nunca, necesitamos comunidades que sean luz y esperanza por estar arraigadas en Dios y comprometidas con los pobres, comunidades que generen redes y sostengan a quienes no pueden sostenerse solos.

En el Corpus Christi, el Señor nos invita a amar, dándonos a quien nos necesita como Él y con Él, y a formar comunidad, como granos que hacen un mismo pan. Así seremos “cuerpo” de Cristo para el mundo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

miércoles, 27 de mayo de 2026

El cuidado (urgente) de la creación


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Cuando las consecuencias de nuestros actos no son inmediatas, tendemos a actuar con menor responsabilidad. A simple vista, no parece ocurrir nada por comer en exceso, descuidar el mantenimiento de una casa o no limpiar los cauces de los barrancos… Nada sucede, hasta que la salud se resiente, la vivienda se deteriora y las aguas se desbordan. Con el cuidado de la creación ocurre algo similar, pero de forma aún más acentuada: los efectos de nuestros excesos y omisiones no se perciben a corto plazo o avanzan con tanta lentitud que no terminamos de reaccionar con la urgencia que deberíamos.

Por eso, al celebrarse el XI aniversario de la encíclica Laudato si’, me parece oportuno recordar la llamada inaplazable del papa Francisco a cuidar de nuestra “hermana y madre tierra”. En este documento escribía: «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (n. 2).

Su sucesor, el papa León, también ha subrayado la necesidad de situar esta problemática en el centro de nuestra vida de fe. En su mensaje para la Jornada de Oración por la Creación de 2025 afirmaba que la justicia ambiental es, para los creyentes, «una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada de Oración).

En este contexto, la Plataforma Ecosocial Laudato si’ de Málaga realiza el jueves 28 de mayo un gesto simbólico en el Bosque Urbano de nuestra ciudad, en el espacio que dicha plataforma cuida. El gesto consistirá en apadrinar un árbol y asumir el compromiso de cuidarlo. Desde allí, los participantes podrán dirigirse a la parroquia de San Andrés y Virgen del Camino, donde la comunidad cristiana elevará su Acción de Gracias por la Creación y por el compromiso de tantas personas y comunidades que trabajan por la justicia social y climática en todo el planeta.

Que este aniversario y este gesto nos impulsen a «tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en nuestros estilos de vida, producción y consumo» (Carta apostólica “Fratello Sole”); a «pasar de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza, reducida a objeto manipulable, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación» (Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación de 2024); en definitiva, a expresar nuestra humanidad y nuestra fe en el cuidado de la Casa Común.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 24 de mayo de 2026

"Compartiendo caminos, acompañando esperanzas"




Con este lema, nuestra diócesis acogerá el “Encuentro de Laicos de Parroquia” que la Acción Católica General va a celebrar en Málaga del 24 al 26 de julio. Hombres y mujeres; niños, jóvenes y adultos de todas las diócesis de España se darán cita en esta tierra para vivir una hermosa experiencia de Iglesia, compartiendo los caminos que nos han conducido a Jesucristo y acompañándonos en “la esperanza que no defrauda” (Rm 5,5).

La llamada a acompañarnos mutuamente está inscrita en nuestro ser más profundo. El Señor nos ha creado a su imagen y semejanza. En la Trinidad nos da a entender cuál es el modelo de relación que debe primar entre los seres humanos: cada persona divina tiene la misma dignidad que las otras y vive para las otras. De igual modo, cada uno de nosotros ha de vivir para los otros y reconocer en ellos la común dignidad de ser hijos de Dios, sean cuales fueren las circunstancias concretas de su vida.

Desterremos, pues, toda tentación de aislarnos en nosotros mismos o de someter al otro a nuestra voluntad. Estamos llamados a acompañarnos, a escucharnos y a sostenernos recíprocamente, ya que éste es el estilo de vida de Jesucristo, que se refleja en su nombre: “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”.

El acompañamiento mutuo es más necesario que nunca y adquiere un valor especial, pues vivimos tiempos marcados por el individualismo, la soledad y la confusión. Estar disponible para el otro llega a ser la manera de cuidarnos, imitando el modo de ser de Dios, que ha querido entrar en la historia humana alentando procesos de crecimiento con ternura y paciencia.

Siguiendo el modelo divino, la Iglesia desea hacer suyos “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (GS 1), tal como proclamó el Concilio Vaticano II, y quiere ser taller y escuela de acompañamiento en los procesos de conversión, de iniciación cristiana, de desarrollo comunitario y de compromiso en los diversos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo profesional, la cultura y la sociedad.

Como se deduce del Documento Final del Proceso Sinodal, el acompañamiento es un reto para cada una de nuestras parroquias y realidades eclesiales. En la fase de implementación del Sínodo, que estamos viviendo, hemos de poner manos a la obra y conseguir que acompañar sea la gran tarea que nos implique a todos.

Aprovecho la solemnidad de Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para invitaros a participar en este Encuentro de Laicos de Parroquia. No perdamos la oportunidad de vivir una experiencia que no nos dejará indiferentes y de poner en práctica el valor de la hospitalidad como diócesis acogedora, para que cuantos vengan puedan disfrutar el alma abierta y hospitalaria de este pueblo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 17 de mayo de 2026

Comunicar en cristiano


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Vivimos en una época donde la comunicación ocupa gran parte de nuestra vida. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil reconocernos de verdad. Las palabras circulan con rapidez, las opiniones se multiplican y, con frecuencia, el barullo termina imponiéndose a la reflexión serena. Para ayudarnos a comunicar desde el espíritu del Evangelio, quisiera proponer tres actitudes fundamentales: verdad, humildad y caridad.

Verdad. En el actual clima de crispación podemos acostumbrarnos, casi sin darnos cuenta, a la manipulación y la descalificación de personas. Si recurrimos a la mentira para defender a la Iglesia, a nuestro grupo de fe o al partido político preferido, quizá ganemos alguna batalla, pero nos alejaremos de Cristo, pues Él es la Verdad con mayúscula. Mientras que «quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios», como señaló con tanta lucidez santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Cristo no nos pidió ganar debates, sino permanecer en la verdad. La mentira, incluso cuando parece útil, destruye. La verdad, aunque resulte incómoda, libera y abre caminos de crecimiento. Por eso, comunicar en cristiano exige contención para no difundir mensajes inciertos y honestidad para no exagerar una parte de la información, ocultando aspectos relevantes. Comunicar en cristiano exige, en definitiva, el coraje de buscar y transmitir la verdad.

Humildad. No somos propietarios de la verdad, sino sus servidores. La humildad nos enseña a escuchar antes de responder, a comprender antes de juzgar y a reconocer que nadie posee una mirada completa sobre la realidad, porque la verdad de Dios, del mundo y de nosotros mismos no cabe en nuestra pequeña cabeza.

Además, el papa León XIV ha insistido recientemente en la importancia de custodiar “las voces y los rostros humanos” en medio de una comunicación cada vez más acelerada y tecnológica. En este contexto, los creyentes estamos llamados a encontrarnos y dialogar desde la serenidad y la humildad.

Caridad. Parafraseando a san Pablo, podemos decir que, aunque tuviéramos la mejor información y la más brillante estrategia comunicativa, si no tenemos amor, de nada nos sirve. Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos recordó la necesidad de unir verdad y caridad: «No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad». También la verdad, cuando la usamos como un arma arrojadiza, puede herir a nuestro interlocutor e incluso dañar la convivencia.

Por eso, conviene preguntarnos si nuestras palabras fortalecen realmente la esperanza de quienes sufren y la fraternidad entre personas y pueblos. No olvidemos que el lenguaje es un don sagrado para tender puentes que unan, no para levantar muros que dividan.

Con el deseo de que el Señor resucitado renueve nuestro modo de escuchar y de manifestarnos, y nos ayude a crecer en verdad, humildad y caridad, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 10 de mayo de 2026

La vida nueva que brota de la enfermedad


La fragilidad humana, el deterioro producido por el paso de los años y las enfermedades han llevado a algún pensador de nuestro tiempo a afirmar que somos “seres-para-la muerte”; pero la fe en Jesucristo resucitado nos impulsa a proclamar que somos “seres-para-la-vida”. De hecho, los relatos evangélicos nos presentan a Jesús curando a muchos enfermos, como signo de que el Reino de Dios está llegando.

Es normal, por tanto, que deseemos estar sanos y tratemos de alejar los sufrimientos. Bienvenidos sean, pues, los avances médicos que nos ayudan a superar las enfermedades y a sobrellevarlas con la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, también hemos de reconocer que la realidad de la enfermedad y de los enfermos nos ofrece una oportunidad preciosa de crecimiento humano y espiritual, cuando nos situamos adecuadamente.

La actitud básica es acercarnos a las personas enfermas. El primer paso no es “hacer” algo con ellas, sino “estar” con ellas. La enfermedad suele llevar consigo un incómodo acompañante, que es la soledad. A menudo nos alejamos de los enfermos porque, aún sin pretenderlo, nos recuerdan nuestra propia fragilidad. Cuando vencemos esta tentación y nos acercamos a ellos, descubrimos que la vulnerabilidad nos une y nos permite ayudarnos con verdad. Además, con nuestra cercanía les estamos diciendo que son valiosos para nosotros, no por su productividad, sino por ellos mismos.

La segunda actitud es hablarles con verdad, si así lo quieren. Existe una tendencia natural a rodear al enfermo de un “silencio piadoso” o de falsos optimismos que terminan aislándolo en su propia realidad. Pero la verdad no daña, sino que ilumina. Cuando el enfermo pide claridad sobre su estado, ocultársela supone restarle autonomía. Una comunicación honesta, envuelta en caridad, permite que la persona integre su proceso y le encuentre sentido en medio de la incertidumbre. Así pues, es necesario crear espacios de confianza en los que el enfermo pueda expresar sus miedos, esperanzas y deseos, sus dudas y sus convicciones de fe.

Y, finalmente, abrir los ojos para descubrir la acción de Dios en los enfermos y a través de ellos. A menudo pensamos que Dios sólo actúa por medio de la curación, pero su presencia es más honda y eficaz. Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor. A través de su fragilidad, Dios nos vuelve más compasivos y nos enseña a dar prioridad al amor sobre las prisas del mundo. Los enfermos “evangelizan” a quienes los cuidan; por eso, podemos celebrar la “Pascua del Enfermo”, es decir: el “paso” de la enfermedad a una nueva vida.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

viernes, 1 de mayo de 2026

Primero de mayo


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

En los últimos años, se ha producido en nuestra tierra un notable dinamismo económico, impulsado principalmente por el turismo, los servicios, la construcción, la logística y el sector tecnológico. Este impulso ha permitido que la provincia de Málaga cerrara 2025 con cerca de 739.000 afiliados, alcanzando cifras históricas de ocupación. Asimismo, el desempleo se ha reducido hasta situarse en torno a las 110.000 personas, una mejora significativa respecto a años anteriores. Sin embargo, estos datos conviven con problemas estructurales del mercado laboral que afectan especialmente a jóvenes, mujeres, migrantes y personas con baja cualificación, consolidando situaciones de desigualdad y vulnerabilidad.

En este contexto, deseo recordar algunas consideraciones que pueden alentar el compromiso de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en este ámbito, tan decisivo para el desarrollo integral de las personas y las familias, tanto en sus necesidades materiales como espirituales:

1. En un tiempo en el que algunos sufren condiciones de trabajo inhumanas, otros aspiran a vivir sin trabajar y no faltan quienes dedican su vida exclusivamente al trabajo, conviene subrayar su valor, como derecho fundamental ligado al bien común y a la justicia social, y como obligación para quienes están en condiciones de realizarlo, pues así crecemos personalmente y mejoramos la sociedad. El trabajo no es una mercancía, sino que debe estar al servicio de la persona; tampoco puede convertirse en un ídolo que haga descuidar nuestras necesidades espirituales y relacionales.

2. Ante la creciente realidad de trabajadores y trabajadoras cuyos salarios resultan insuficientes para afrontar el coste de la vida, dificultando llegar a fin de mes y, más aún, acceder a una vivienda; es necesario recordar la importancia de favorecer políticas sociales que posibiliten y garanticen un salario justo que cubra al menos las necesidades vitales del empleado y su familia, tal como señala la Doctrina Social de la Iglesia desde el S. XIX (cf. Rerum Novarum 32).

3. No debemos bajar la guardia en la protección de la seguridad, velando por condiciones que favorezcan el bienestar físico y psicológico de las personas trabajadoras, pues «la falta de salud laboral tiene que ver mucho con la calidad del puesto de trabajo» (Nota de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, 28 de abril de 2023).

4. Finalmente, deseo llamar la atención sobre la situación de muchos inmigrantes, para evitar toda forma de explotación. «Para la Iglesia, el emigrante, independientemente de la situación legal, económica o laboral en la que se halle, es una persona con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás» (Conferencia Episcopal Española, La Iglesia en España y los Inmigrantes, n. 5).

Concluyo esta carta agradeciendo el esfuerzo de quienes son responsables y solidarios en su puesto de trabajo; de los empresarios que se empeñan en mantener y crear empleos dignos; y de los gobernantes y sindicalistas que promueven un trabajo de calidad también a los más débiles.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 26 de abril de 2026

Dr. Gálvez Ginachero, siempre actual


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Al acercarnos al 29 de abril, fecha en la que se cumple el 74 aniversario del fallecimiento del Dr. José Gálvez Ginachero, nuestro corazón se llena de gratitud por la huella que dejó en nuestra tierra. Este médico malagueño, nacido el 29 de septiembre de 1866 y actualmente en proceso de beatificación, continúa iluminando nuestro presente y ofreciéndonos un testimonio vivo de fe, esperanza y caridad.

Fe. Se sabe que el Dr. Gálvez, antes de entrar en quirófano, dedicaba siempre un breve momento a la oración. No lo hacía para ser visto, sino como un acto íntimo de confianza en Dios. En su fe reconocemos una luz que sostiene, unifica y orienta hacia lo esencial. Su vida estuvo marcada por una profunda rectitud interior y por una coherencia que se transparentaba en cada decisión. La fe no lo apartó del mundo; al contrario, lo llevó a implicarse más en él, desde un modo de servir que, aun teniendo notoriedad pública, nunca buscó el protagonismo. Su ejemplo nos recuerda que la fe auténtica no se exhibe, sino que se encarna en gestos concretos de entrega.

Esperanza. Durante los brotes de enfermedades infecciosas que afectaron a Málaga, el Dr. Gálvez se convirtió en un verdadero referente de esperanza. Mientras otros se dejaban llevar por el miedo, él organizaba recursos, atendía a los enfermos y animaba a sus colaboradores. Supo mirar de frente la realidad, con sus heridas y desafíos, y se comprometió activamente en transformarla. Afrontó tiempos difíciles con la seguridad de que Dios no nos deja de su mano y actúa siempre en nuestro favor. Su ejemplo nos invita a no dejarnos vencer por el desánimo, a cultivar una mirada capaz de descubrir posibilidades donde otros solo ven límites y a trabajar con perseverancia por un futuro más humano y fraterno.

Caridad. Nunca cobró a quien no podía pagar y, además, en muchas ocasiones costeó personalmente medicinas, alimentos o ropa para los más necesitados. Lo hacía con discreción, evitando que nadie se sintiera humillado. Tras largas jornadas de trabajo, salía por la noche a visitar enfermos en casas humildes. La caridad, virtud que impregnó toda su existencia, lo impulsó al trabajo bien hecho y al servicio perseverante y discreto. Es la caridad de los “santos de la puerta de al lado”, de los que hablaba el papa Francisco: personas que, sin estridencias, hacen de lo ordinario un lugar de fidelidad y entrega. En el Dr. Gálvez vemos cómo la santidad se encarna en lo cotidiano y se transparenta en gestos, pequeños y grandes, que nutren la esperanza y alivian el sufrimiento de los demás.

Pidamos al Señor que esta memoria del Dr. Gálvez siga dando fruto en nuestra Iglesia diocesana, especialmente entre los cristianos y cristianas laicos.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

lunes, 20 de abril de 2026

Las "manías" de Francisco


Al cumplirse el primer aniversario de la muerte del papa Francisco, quisiera recordar con inmensa gratitud algunas de sus “manías”.

Un rasgo significativo de su pontificado ha sido su empeño para que todos los hombres y mujeres, “cada uno con su vida a cuestas”, pudieran encontrarse en la Iglesia como en su casa y no como ante una aduana, en la que debían exhibir sus méritos para traspasar la puerta. ¡Cuántas veces repitió “todos, todos, todos”! y confirmó este deseo con decisiones y gestos, como la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad, el nombramiento de mujeres para cargos de responsabilidad en la Iglesia y la posibilidad de bendecir a parejas en situaciones irregulares. Esta “manía” del papa Francisco despertó un rechazo semejante al que sufrió Jesús hace 2000 años por parte de quienes, considerándose justos, despreciaban a los demás (cf. Lc 18,9).

Otra “manía” de Francisco han sido los pobres, especialmente los que se ven obligados a salir de su tierra para huir del hambre o de la guerra. Su solidaridad con estas personas ha sido una constante desde su primer viaje a Lampedusa hasta su última carta a los obispos de los Estados Unidos, condenando cualquier medida que identifique la condición ilegal de algunos migrantes con la criminalidad. Esta “manía” ha estado presente en sus palabras y actitudes, a pesar de la incomodidad manifestada por algunos. No hacía otra cosa que seguir la estela del Maestro de Nazaret, cuando puso como ejemplo a personas consideradas extranjeras: alabó la fe de una mujer cananea (cf. Mt 15) y la solidaridad del samaritano que se compadeció de un moribundo tirado al borde del camino (cf. Lc 10); y advirtió que serían bienaventurados quienes lo hospedaron siendo forastero (cf. Mt 25).

También señalo su “manía” por la normalidad. Renunció a los zapatos rojos, tradicionalmente usados por sus predecesores. Siempre que pudo “pasó como uno de tantos” (Fil 2) y la gente lo percibía. Recuerdo a una mujer romana que me dijo: «Me gusta este Papa porque dice “buenos días” cuando saluda y “buen provecho” al terminar de rezar el “Ángelus”. Es una persona como nosotros». En efecto, utilizaba un lenguaje coloquial, comprensible por todos, se manifestaba con naturalidad y espontaneidad, corriendo el riesgo de ser poco preciso o cometer algún error, por los cuales no dudaba en pedir perdón.

Por último, me ha impresionado su “manía” por el buen humor y la esperanza. Muchas veces, después de tratar temas delicados, añadía con su acento porteño: «no perdás el sentido del humor». En su buen humor y su esperanza se pone de manifiesto el hombre de profunda fe, que percibía, en medio de las tormentas, el amor y la acción de Dios en su corazón, en la vida de la Iglesia y en las entrañas del mundo (cf. Mt 28).

¡Benditas las “manías” de Francisco, que nos han acercado y nos siguen acercando al Evangelio de Jesucristo y a los hombres y mujeres de hoy!

domingo, 19 de abril de 2026

La Pascua, comienzo de una nueva andadura


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

La Pascua es la culminación del camino iniciado el Miércoles de Ceniza. Tras la experiencia penitencial de la Cuaresma y la intensidad espiritual del Triduo Pascual, corremos el riesgo de refugiarnos en la rutina como si el Domingo de Resurrección fuese el término del camino y no el comienzo de una nueva andadura. Pero la Iglesia nos ofrece una cincuentena de días para seguir saboreando que “Hoy es el día en que actuó el Señor”, mientras esperamos la irrupción del Espíritu prometido por Jesús. Para acogerlo con el corazón dispuesto os propongo tres tareas:

1ª. Contemplar las apariciones del Resucitado “como si presente me hallase”. Los Evangelios narran que el Resucitado se hizo el encontradizo con sus discípulos en varias circunstancias: en el huerto, con María Magdalena; en el camino de Emaús, con dos discípulos; en la casa donde estaban refugiados por miedo a los judíos, con Tomás el Mellizo; junto al lago, con Pedro y otros discípulos… Os invito a orar con estos relatos según propone san Ignacio en los Ejercicios, contemplándolos “como si presente me hallase”, y preguntándonos: ¿Qué me dice Jesús cuando pronuncia mi nombre como pronunció el de la Magdalena? ¿Qué heridas quiero tocar como Tomás? ¿Qué fracasos quiere aliviar en mí como en Pedro y sus compañeros después de bregar toda la noche en vano? Contemplar así la Palabra nos lleva a experimentar que Cristo no es un recuerdo, sino una presencia viva.

2ª. Releer nuestros momentos de “muerte” a la luz del Resucitado. Todos llevamos en el corazón heridas, fracasos, pérdidas, oscuridades que a veces preferimos no ver. La Pascua nos invita a mirar nuestras heridas con esperanza. Presentemos al Señor esos momentos que nos han marcado y pidámosle luz para descubrir que Él estaba allí, aunque no lo veíamos. La Pascua no elimina nuestro dolor, pero nos asegura que ninguna noche es definitiva, pues donde parecía que todo había terminado, el Padre sembraba las semillas de una nueva vida. Cuando el Resucitado ilumina nuestra historia se produce una profunda sanación.

3ª. Compartir la esperanza y la paz del Resucitado en la vida cotidiana. La Pascua no se vive sólo en nuestro interior, sino que se desborda hacia el exterior. El Resucitado no nos deja instalarnos, nos pone en camino hacia las personas, especialmente cuando necesitan gestos de esperanza, aunque sean sencillos: una palabra de ánimo, una escucha paciente, una reconciliación buscada con ahínco, una ayuda ofrecida generosamente… Cada vez que sembramos algo de paz, hacemos presente al Resucitado, que nos dice: “No tengáis miedo; id y anunciad”.

Hermanos y hermanas, vivamos con corazón agradecido. Que el Resucitado nos encuentre, nos ilumine, nos envíe, y María, Madre de la Pascua, nos acompañe.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de abril de 2026

Pascua y sinodalidad


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Pensando en el tiempo pascual en el que estamos sumergidos y en la jornada de formación sinodal de este sábado 11 de abril, he caído en la cuenta de la profunda relación entre Pascua y Sinodalidad.

Si consideramos lo que les ocurrió a los discípulos de Emaús, nos daremos cuenta de que la cruz los dispersó por los caminos de la tristeza y la desesperanza, pero el Resucitado salió a su encuentro para devolverles la alegría y reunirlos de nuevo en la comunidad.

Del mismo modo, hoy el Señor nos busca y encuentra, incluso cuando nos dejamos llevar por el individualismo, la inercia o el “siempre se ha hecho así”, para resucitarnos a un estilo de vida más comunitario, en el que nos atrevamos a discernir lo que el Espíritu pide ahora a nuestra Iglesia. Os animo a acoger el don del Espíritu en cada parroquia, delegación, hermandad y grupo que constituye el tejido eclesial de nuestra Diócesis, como una oportunidad para renovar nuestra vida cristiana.

Comprendo que el proceso sinodal despierte dudas y recelos en algunas personas, como suele ocurrir ante toda novedad. Tampoco ayuda el que algunos defensores de la sinodalidad la presenten como una mera democratización de la Iglesia o como una ruptura con la Tradición eclesial. A quienes experimentan estas prevenciones les invito a integrarse en una verdadera dinámica sinodal, que tanto bien puede hacer a nuestras comunidades.

La sinodalidad pertenece a la esencia de la Iglesia y tuvo su primera expresión en el denominado “Concilio de Jerusalén” (cf. Hch 15; Ga 2, 1-10), cuando aquella incipiente comunidad cristiana se reunió para examinar una cuestión disputada, escuchando a los testigos, interpretando los hechos a la luz de la Palabra de Dios y buscando criterios de actuación. Toda la comunidad participó en aquel proceso, aunque no todos con la misma responsabilidad. No quedó anulada la autoridad de los Apóstoles ni el “sensus fidei” de los bautizados.

Los procesos sinodales no pretenden cambiar el Evangelio ni la Tradición de la Iglesia, sino ayudarnos a comprender mejor la Palabra de Dios, mediante la escucha mutua y del Espíritu, en clima de oración, con el fin de anunciarla a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con lenguajes y modos adecuados, para que pueda ser reconocida y acogida como “buena noticia”.

Por eso, animo a que todas las parroquias y grupos eclesiales de la diócesis de Málaga, desde ahora y hasta la Asamblea Diocesana del próximo 20 de junio, estudien el Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad con los recursos pastorales disponibles en www.diocesismalaga.es/sinodalidad. Esta Asamblea estará abierta a todos los diocesanos y diocesanas. ¡Apuntad la fecha, os esperamos! Sigamos avanzando juntos. El Señor está vivo y camina con nosotros. Dejémonos resucitar a una vida más esperanzada, más sinodal y más misionera.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 29 de marzo de 2026

Semana Santa: Amor, Cruz y Vida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Durante la Semana Santa, la Iglesia nos invita a compartir los sentimientos del corazón de Cristo en aquellos intensos días de su Pascua o “paso” de este mundo al Padre. En ellos se revela el misterio del Hijo de Dios en un dinamismo que podríamos describir con las palabras “amor”, “cruz” y “vida”.

“Amor”. El Jueves Santo nos hace revivir el amor en su forma más pura y desbordante. Jesús, el Maestro y Señor, se ciñe una toalla y se arrodilla delante de cada discípulo para lavarle los pies. Con este gesto, nos da a entender que el amor no es un sentimiento pasajero, sino un estilo de vida que se concreta en hechos de humilde servicialidad. En la Última Cena se entregó a sus discípulos como alimento, y en cada Eucaristía sigue entregándonos su Cuerpo y su Sangre, como el alimento y la bebida que sostienen y fortalecen nuestro espíritu para ser capaces de amar como Él y con Él.

“Cruz”. En el Viernes Santo contemplamos a Cristo abrazando el sufrimiento y la muerte por amor al Padre y a la humanidad. La Cruz no es el símbolo de una vida derrotada, sino de una fidelidad llevada hasta el extremo. En la Cruz, Jesús carga con el dolor de los seres humanos, nos abre un camino hacia la esperanza e instaura el reinado de Dios: el sueño del Padre de una fraternidad efectiva entre todos sus hijos e hijas. Abrazar la cruz como Jesús y con Jesús implica asumir nuestras heridas y limitaciones. Significa también aceptar el sufrimiento que comporta el compromiso de vivir con los que sufren, de defender la verdad y de construir un mundo más justo y en paz.

“Vida”. La Pascua es un canto a la Vida. Cristo resucitado nos muestra que el “amor” entregado hasta el extremo y la “cruz” que se abraza como él la abrazó no terminan en la oscuridad, sino en la luz. La Resurrección de Jesús no es sólo un hecho que tuvo lugar en un momento preciso de la historia humana, sino que también es fuerza transformadora del presente. La Pascua invita a vivir como hombres y mujeres nuevos, testigos de la esperanza que no defrauda, portadores de la alegría que produce el encuentro con el Resucitado, constructores de fraternidad y paz en un mundo atemorizado por las guerras.

Amar y morir con Cristo para resucitar con Él es el dinamismo de la Semana Santa y de la vida cristiana. Dejemos que el ritmo de la liturgia, de las procesiones y de la oración personal, vivido con devoción, abrase nuestro corazón, sane nuestras heridas y renueve nuestra vida con el “amor”, la “cruz” y la “vida” de Cristo.

Un saludo muy cordial en el Señor.


domingo, 22 de marzo de 2026

Merece la pena ser cura hoy


Queridos seminaristas, jóvenes que os estáis planteando entrar en el Seminario, sacerdotes y familias:

Sí, también en este momento concreto de la historia, merece la pena ser sacerdote. Tal vez no sea tan sencillo como en otros tiempos, pero sin duda es apasionante. Así lo he experimentado a lo largo de más de treinta años de ministerio.

Los sacerdotes somos testigos privilegiados del paso de Dios por la vida de las personas, cuando nos acercamos a ellas con delicadeza y disponibilidad para acompañarlas y escucharlas. Entonces, descubrimos en sus corazones el poder salvador de los sacramentos que presidimos; y reconocemos, con asombro, cómo Dios se sirve de nuestras pobres palabras y de nuestra frágil humanidad para iluminar y fortalecer a muchos hijos suyos. Por eso, nuestra mayor alegría no es tanto que nos quieran cuanto que nuestros feligreses se encuentren con Dios y se dejen transformar por Él.

Además, nuestro trabajo es valorado por una multitud de personas que trabajan generosamente en nuestras parroquias, en todo tipo de celebraciones, actividades formativas, caritativas y solidarias. Son mujeres y hombres, niños, jóvenes y mayores que agradecen lo que hacemos y lo que representamos, incluso con nuestras limitaciones. Nos quieren, nos perdonan y nos sostienen, a poco que seamos humildes, cercanos, sinceros y entregados a la misión recibida.

Es cierto que hoy el sacerdote ya no recibe los honores ni los privilegios de antaño. Pero lejos de ser un inconveniente, esta circunstancia es una oportunidad. Cuanto menos reconocimiento externo tenemos, más libres somos para vivir con autenticidad nuestra fe y nuestra vocación; más fácilmente podremos configurarnos con Cristo Siervo y Pastor, que da la vida por su rebaño. Nuestro mayor privilegio es acercarnos a los privilegiados del Señor: los que tienen hambre de pan y de esperanza; los enfermos, los jóvenes y las familias que necesitan nuestro tiempo y dedicación para sentirse acompañados en sus crisis, búsquedas y proyectos.

Incluso en esta Iglesia herida por el terrible escándalo de los abusos, merece la pena ser sacerdote. Unos pocos han causado un sufrimiento inmenso a las víctimas. Ahora es el momento de que todos ofrezcamos lo mejor de nosotros para que las heridas puedan cicatrizar, para desterrar de la Iglesia relaciones de dependencia enfermizas que nos dañan a todos, y para promover vínculos verdaderamente fraternos, como Dios quiere para sus hijos e hijas.

El Señor sigue llamando a ser buenos pastores como Él y con Él. Es un regalo precioso estar con Él y compartir su misión con confianza y generosidad. A su lado, hasta cuando la cruz se hace más pesada, crece una alegría profunda en nuestro corazón que nadie puede arrebatarnos. Además, Él nos promete el ciento por uno y la vida eterna.

Oremos con san Manuel González para que el Señor nos dé –y haga de todos los sacerdotes– «buenos pastores, dispuestos a dar la vida por las ovejas».

Recibid un saludo muy cordial en el Señor

domingo, 15 de marzo de 2026

Paz en la tierra


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Nos duelen profundamente las noticias que llegan de la guerra en Irán y Oriente Medio. Tampoco podemos olvidar el sufrimiento que persiste en Ucrania o en Gaza, ni las guerras olvidadas que desangran a tantos pueblos africanos. En muchos de estos lugares, la riqueza de la tierra —codiciada por intereses poderosos— se convierte en causa de violencia y guerra, en vez de ser fuente de vida y desarrollo para sus habitantes.

No solo nos inquietan las repercusiones que podemos padecer al llenar el depósito del coche o al pagar la cesta de la compra. Lo que verdaderamente nos hiere es la pérdida de vidas inocentes, el dolor de tantas familias, el clima de odio, inseguridad y desamparo que sufren millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos. Ante esta dolorosa realidad, ¿qué podemos hacer?

Rezar por la paz. La oración es la primera respuesta del creyente ante el sufrimiento del mundo. Con León XIV, «elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos». El Papa nos invita a confiar esta intención a María, «para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza».

Acoger la paz en el corazón. La paz verdadera comienza con una transformación interior que nos hace renunciar al odio, al rencor y a la indiferencia. Acoger la paz en el corazón significa dejar que Dios cure nuestras heridas, purifique nuestros miedos y nos enseñe a mirar al otro como hermano. Es un camino de conversión que nos invita a buscar la justicia y la verdad, a reconocer la propia agresividad y a dejarnos reconciliar. Solo un corazón pacificado puede convertirse en fuente de paz para los demás.

Vivir la paz en la vida cotidiana. La paz se construye día a día, en lo pequeño y en lo cercano: en la familia, en el puesto de trabajo, en la parroquia, en la hermandad, en el barrio o en el pueblo. Vivir la paz implica elegir palabras que no hieran, gestos que unan, actitudes que favorezcan el encuentro. Es aprender a escuchar antes de juzgar, a resolver los conflictos sin recurrir a la violencia, a tender puentes donde otros levantan muros. Como recordábamos los obispos de Aragón en 2023, «no sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz». Como ciudadanos responsables, también estamos llamados a exigir a las autoridades de las naciones decisiones valientes, que prioricen la vida de los pueblos por encima de intereses económicos, estratégicos o ideológicos.

Que la Paz del Señor habite en vuestros corazones y se extienda al mundo entero.

domingo, 8 de marzo de 2026

Con la “p” de Pedro, no de política


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

Hemos recibido con alegría la noticia del viaje de León XIV a España el próximo mes de junio. Algunos la presentan como un movimiento estratégico, tratando de alinear al Papa con algunos partidos políticos y de enfrentarlo con otros. Pero los hijos de la Iglesia no podemos desenfocar su verdadero sentido. La llegada del sucesor del apóstol Pedro, aunque tenga una amplia repercusión social y mediática, es ante todo un acontecimiento eclesial, una experiencia de gracia.

Fue Jesús quien dijo a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). El ministerio petrino nace de la llamada del Señor, que quiso que su apóstol fuera signo visible de la unidad eclesial y el principio y fundamento perpetuo de su comunión, como recordó el Concilio Vaticano II (LG 23). San Juan Pablo II recordó que el sucesor de Pedro es «servidor de la unidad en la verdad y en la caridad». Benedicto XVI insistió en que el Papa no es un soberano de este mundo, sino el que garantiza el seguimiento fiel a Jesucristo, cuyo señorío no se impone con estrategias humanas, sino por la fuerza transformadora del amor.

En esta línea, el viaje apostólico del papa León, como los de sus predecesores, expresa la solicitud del Pastor que, “con olor a oveja”, desea compartir los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de España, especialmente de los pobres y de quienes sufren (cf. GS 1). Viene a custodiar la fe apostólica, fortalecer nuestra fraternidad y animar la misión evangelizadora. No viene a negociar espacios de poder, sino a iluminar las conciencias y a movilizar cristianos que sean levadura de Evangelio en el mundo.

Prepararnos para su visita con espíritu cristiano requiere ante todo nuestra oración: orar por el Papa y con el Papa; orar para que su palabra encuentre corazones humildes y dispuestos, tanto para recibir su aliento, que nos da fuerza para seguir adelante en los caminos emprendidos, como para acoger sus llamadas a la conversión personal y comunitaria, en nuestras diócesis, parroquias, movimientos y asociaciones. Junto a la oración, dediquemos tiempo a conocer sus exhortaciones, mensajes y homilías.

Dispongámonos, pues, para que la próxima visita del papa a España abra caminos de esperanza en nuestras comunidades y nuestra sociedad. Renunciemos a todo tipo de competición mundana para ver qué diócesis o que movimiento eclesial tiene mayor participación o visibilidad. No nos dejemos robar la alegría de vivir este acontecimiento como Iglesia que espera a su Pastor, no nos dejemos arrastrar por la polarización ni permitamos que el ruido apague la voz del Espíritu.

Que María, Madre de la Iglesia, disponga nuestros corazones para que el Papa encuentre una comunidad deseosa de caminar fielmente tras las huellas de Jesús.

Un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 1 de marzo de 2026

El pecado, ni más ni menos


Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.

En este camino cuaresmal deseo compartir una reflexión serena sobre el pecado. El poeta Charles Baudelaire escribió que «la más bella de las artimañas del Diablo es persuadiros de que no existe». Más allá del contexto literario de la frase, su intuición resulta profundamente actual. En nuestra cultura, hablar de pecado y de culpa parece improcedente, incómodo o incluso dañino. Así, casi sin advertirlo, el pecado ha ido desapareciendo de nuestro horizonte espiritual.

Sin embargo, restar importancia al pecado es tan empobrecedor como colocarlo en el centro obsesivo de la experiencia religiosa, algo que ocurrió con demasiada frecuencia en otros tiempos. Aquellas miradas exageradas, que veían pecado casi en cualquier cosa —sobre todo en lo relacionado con el sexto mandamiento—, generaron heridas, miedos y escrúpulos. Hoy estamos llamados a aprender de esos errores y a recuperar una comprensión más bíblica del pecado y del perdón de Dios.

La Escritura nos enseña a entender el pecado, ante todo, como un desamor: una falta de gratitud y de correspondencia al amor que Dios nos regala. No es simplemente una mancha que afea, ni una limitación que nos condiciona, ni una mera transgresión de normas. El pecado nos remite al drama más hondo de la condición humana: creados para la comunión con Dios y para la fraternidad, experimentamos una herida interior, una inclinación que nos encierra en nosotros mismos. Somos criaturas valiosas, creadas por Dios a su imagen, y, al mismo tiempo, estamos marcados por la fragilidad. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ignorar esta paradoja conduce a una visión excesivamente optimista del ser humano o a un pesimismo estéril, pero nunca a la verdad que nos hace libres.

Hoy, en nuestra sociedad, el pecado se presenta a menudo como algo apetecible e incluso recomendable, mientras que el pecador es rápidamente señalado y condenado. Frente a esa tendencia, Jesús nos enseña a combatir el pecado y a acoger al pecador. También trivializamos el pecado cuando valoramos nuestras acciones únicamente por la satisfacción inmediata que nos proporcionan, erigiéndonos en medida suprema de lo justo y olvidando el daño real que podemos causar a los hermanos, a la madre tierra o a nuestra relación con Dios. Esta actitud, que en el fondo repite la tentación originaria, nos encierra en nuestro egoísmo, nos impide amar con madurez, debilita el compromiso con el bien común y termina por fracturar la convivencia.

Finalmente, dejadme recordar algo esencial: Dios no nos abandona cuando pecamos; es más, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Pero cuando desaparece el sentido del pecado, nos privamos de experimentar con hondura el perdón de Dios, y el sacramento de la penitencia deja de ser un encuentro transformador para convertirse en algo prescindible. Y, sin embargo, es precisamente allí donde la gracia restaura, fortalece y abre caminos nuevos.

Un saludo muy cordial en el Señor.

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...