domingo, 14 de julio de 2024

Tener a Dios propicio y escaso el pan


Algunas personas aconsejan a otras que recen ésta o aquélla novena, para conseguir que todo les vaya bien o que alguien cercano recobre la salud. Estos consejos conectan con la angustia de quienes harían cualquier cosa para solucionar un problema grave. Sin embargo, estos mensajes, sin duda bienintencionados, no ayudan a descubrir el sentido y la finalidad de la oración cristiana, porque tienden a confundirla con una negociación con Dios, en la que, si le ofrecemos sacrificios y oraciones, Él, a cambio, nos da salud o éxito en la vida. Además, este tipo de prácticas pueden conducir a la frustración e incluso a la increencia, cuando se comprueba que no se alcanza lo que se pretende.

Santa Teresa de Jesús, que tenía una profunda experiencia de oración, la entendía de una manera bien diversa. Ella decía a sus monjas que orar es «tratar de amistad estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama». En esos momentos de intimidad con el Señor, podemos expresarle con confianza nuestras preocupaciones y deseos. Hemos de rezar, pues, no para que Dios nos ame y nos bendiga, sino porque, como escribió el apóstol San Juan a sus comunidades, «Dios nos amó primero» (1 Jn 4, 19), antes de que pudiéramos ofrecerle oraciones o compromisos para merecer su amor. Él conoce nuestras necesidades y siempre está dispuesto a favorecernos, sin condiciones.

Dios nos ama siempre, pero su amor no nos soluciona todos los problemas. Jesús advirtió con claridad que sus seguidores tendríamos que soportar tristezas, luchas, persecuciones (Jn 16,20.33; Mc 10,30). En efecto, es posible “tener a Dios propicio y escaso el pan”, como reza un himno de la solemnidad de San José. Sí, queridos hermanos y hermanas, es posible tener a Dios propicio y andar escasos de pan, de salud o de reconocimientos; es posible tener a Dios propicio y viajar en una patera, estar en la cárcel o no encontrar un empleo digno. Miremos a Jesús, que era “el Hijo predilecto del Padre” y nació en un establo, no tuvo donde reclinar la cabeza y murió en una cruz.

Si al leer esta carta alguno se pregunta: «¿Entonces para qué sirve rezar?», le responderé con palabras de San Agustín cuando dijo: «Nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. Su don es muy grande y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo (…). En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz, pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo» (Carta a Proba y Tratado sobre el sermón de la montaña).

Recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 7 de julio de 2024

Vacaciones, ¿para qué?


Con el título de esta carta no pretendo transmitir la idea de que las vacaciones son un capricho superfluo, pues las necesitamos para el descanso del cuerpo y del alma. También el buen Dios descansó el séptimo día de la creación, como nos recuerda el libro del Génesis (2, 2-3).

No obstante, quizá sea bueno que nos planteemos cómo organizamos las vacaciones, y si realmente nos descansan; porque a veces las programamos como un maratón de actividades que produce agotamiento o, por el contrario, se dedican a no hacer nada, lo que suele provocar una sensación de insatisfacción. Por eso, me ha parecido útil ofrecer algunas sugerencias para vivir las vacaciones gozosa y provechosamente.

Si durante el año el trabajo o el estudio nos dejan poco tiempo para disfrutar de la familia y de las amistades, dediquemos algo de nuestras vacaciones a “perder el tiempo” con esas personas que llevamos en el corazón y que apenas vemos. Y digo “perder el tiempo” con la intención de subrayar que estas relaciones son gratuitas y están libres de otros intereses. Llevan simplemente a encontrarnos, a compartir una comida o un rato de conversación, a interesarnos unos por otros, a sentirnos queridos y a manifestar nuestro mutuo aprecio.

Las vacaciones también son una ocasión propicia para profundizar en nuestra relación con Dios, utilizando ese tiempo libre de tareas y obligaciones para la lectura espiritual y la oración. ¡Cuántas veces quisiéramos que nuestras conversaciones con Dios fueran más intensas, pero no encontramos tiempo! Las vacaciones nos ofrecen la oportunidad de leer ese libro de teología o de hacer esos Ejercicios Espirituales de varios días. Es la mejor inversión de nuestro tiempo, si hacemos caso a las palabras del salmo 61: “Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación. Sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré”. No olvidemos que Dios es el más hermoso manantial del que brota el descanso y la paz.

Las vacaciones, por otra parte, nos ofrecen la posibilidad de cuidar nuestro cuerpo, gracias al cual nos relacionamos y hacemos tantas cosas preciosas, pero que apenas escuchamos y cuidamos. Muchas veces no respetamos sus ritmos, no lo alimentamos bien o lo forzamos innecesariamente con estimulantes y relajantes. Ojalá utilicemos también las vacaciones para tratar el cuerpo como se merece, proporcionándole las necesarias dosis de descanso y de deporte.

Por último, os animo a dedicar una parte de las vacaciones al voluntariado, en los lugares de residencia habitual o en algún país más pobre, colaborando en proyectos misioneros o con alguna organización solidaria solvente.

Recibid mi cordial saludo tanto los que vais a disfrutar de vacaciones como los que, por diversos motivos, no tengáis esta oportunidad. Que el Señor os bendiga y acompañe.

domingo, 30 de junio de 2024

Nuestra “VIP”


En la cultura actual parece que no están de moda los héroes y los santos, que en otro tiempo se presentaban como dignos de ser imitados. Sin embargo, también esta época tiene sus “VIP” (personas muy importantes), que marcan tendencia con sus opiniones y sus comportamientos: periodistas, políticos, deportistas líderes religiosos, youtubers, etc. Algunos de ellos son buena gente y otros populistas; pero unos y otros han logrado conectar con las emociones del pueblo.

En esta Diócesis de Teruel y Albarracín, nuestros antepasados consideraron “VIP” a Santa Emerenciana. Esta mujer murió mártir en el siglo IV siendo muy joven. Se jugó la vida por Jesucristo y por honrar a su hermana Inés, y es nuestra patrona. Llama la atención que la mayor parte de los patronos y patronas de nuestras parroquias sean mártires, y me pregunto si los cristianos de hoy podríamos fijar la atención y ponernos bajo el patrocinio de personas capaces de entregar su tiempo y su vida por la fe, la verdad, la justicia, la solidaridad, la libertad…

Tengo la impresión de que hoy predominan otras tendencias. ¿No os parece que se ha ido contagiando una alergia a darlo todo y a poner toda la carne en el asador por algo que merezca la pena de verdad? ¿No os parece que cada día nos cuesta más superar esa etapa adolescente, en la que, como el Narciso del mito, vivimos enamorados de nuestra propia imagen, pero remoloneamos demasiado para asumir la condición de adultos, de madres y padres pendientes de sus hijos, que se dejan la piel por ellos, olvidándose de sí mismos?

Es evidente que el cuidado de sí mismo no sólo es un valor, sino condición imprescindible para poder comprometernos generosa y eficazmente en el servicio al prójimo, a la sociedad y a la Iglesia, pero también hay que recordar que la tendencia al narcisismo, a pensar sobre todo en uno mismo, está muy presente en nuestra cultura y nos afecta.

¿A dónde nos conduce este camino? ¿Son más felices los que lo siguen o quienes, por el bien de los suyos y de la sociedad, son capaces de renunciar y entregarse? ¿Qué alegría es más duradera, la del que se da a fondo por los otros o la de quien solo se interesa por alcanzar sus objetivos personales?

Hagamos silencio en nuestro corazón y tratemos de descubrir los anhelos que tantas veces quedan escondidos bajo el manto del ruido y la superficialidad. Seguramente escucharemos una llamada a amar como queremos ser amados. Entremos en nuestro interior y encontraremos la fortaleza del Espíritu que nos impulsa a abandonar la senda de las medias tintas y, como nuestra patrona, nuestra “VIP” Santa Emerenciana, elijamos la del amor y la entrega sin reservas ni condiciones.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 23 de junio de 2024

Valores de ahora y de siempre


Vengo observando que, en los discursos que se pronuncian en no pocos actos públicos, predominan valores que tienen que ver con la ecología y la sostenibilidad, con la violencia de género y la igualdad de la mujer, con el respeto a la diversidad y con los derechos de las personas más desfavorecidas, y no puedo menos de congratularme porque estos valores han sido destendidos en demasiados momentos de la historia. Considero que es un bien para el conjunto de la población tomar conciencia de las carencias que nuestra cultura ha tenido en las pasadas décadas y ponerles remedio. Aún con todas las imperfecciones que siempre lleva a cuestas la vida humana, es justo reconocer que estos nuevos valores entroncan con el Evangelio de Jesús y que en ellos está presente su Espíritu, que actúa en las entrañas de la historia humana y en el corazón de las personas de buena voluntad.

Pero también observo que se van arrinconando otros valores “de toda la vida”. Así, apenas se habla de la disciplina y de la necesidad de aprender a renunciar y a sacrificarse para conseguir que la sociedad mejore; con el auge de un relativismo muchas veces interesado, no se promueve la búsqueda y la defensa de la verdad; la obsesión por la inmediatez no deja espacio para la paciencia y la perseverancia; la lealtad y el compromiso de por vida no están de moda, con consecuencias en ámbitos tan diversos como la participación en la vida social o la natalidad; en nombre de una igualdad mal entendida, no se respeta la autoridad de padres, profesores, gobernantes, etc.

Con estas pinceladas, sólo pretendo llamar la atención de los miembros de nuestra Iglesia diocesana y de todos los que quieran escucharme sobre un fenómeno preocupante: unos valores están en auge entre nosotros, pero otros van cayendo en desuso, sin darnos cuenta de las consecuencias, positivas y negativas, que esta situación propicia, especialmente en las nuevas generaciones.

A este respecto, vienen a mi memoria dos enseñanzas que Jesús nos dejó. En unas advertencias que hizo a los escribas y fariseos les dijo: «Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello» (Mt 23, 23), y, después de exponer a todos algunas parábolas sobre el Reino de los Cielos, concluyó: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo» (Mt 13,52). De este modo nos invitó a no desdeñar lo nuevo porque sea nuevo, ni lo viejo porque sea antiguo; a conservar los valores que nos han ayudado a desarrollarnos como personas y como pueblo, impulsando al mismo tiempo aquellos nuevos valores que engrandecen el patrimonio moral de nuestra sociedad.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 16 de junio de 2024

400 años de silencio, oración y trabajo


En el año 1624, un grupo de monjas caminó por las calles de Rubielos de Mora hasta llegar al templo que había sido la iglesia parroquial. Allí instalaron un convento de vida contemplativa, siguiendo la inspiración de San Agustín, uno de los grandes padres de la espiritualidad cristiana, y allí han continuado viviendo ininterrumpidamente en silencio, oración y trabajo.

Durante cuatro siglos, el incienso de la oración y de la vida entregada a Dios de estas mujeres se ha elevado desde el convento hasta el cielo y han descendido las bendiciones divinas sobre el pueblo, en un movimiento circular impulsado por la vida de unas monjas que decidieron entregar a Dios los días de sus vidas. Hermanos y hermanas, os invito a considerar el regalo que supone tener en esta querida Diócesis un monasterio de monjas contemplativas. El monasterio es tierra sagrada en la que se hace palpable la presencia y cercanía de Dios.

Agradezcamos especialmente este regalo cuando el Papa nos anima a hacer de este año un año de oración como preparación para el Jubileo de 2025. Este deseo del papa Francisco entronca con la memoria de aquel gran creyente del siglo V, que fue Aurelio Agustín, venerado por la Iglesia como San Agustín. Su insaciable sed de felicidad le llevó a buscarla en las muchas fuentes del mundo que pretenden calmarla, pero sólo la encontró en la eterna Verdad de Dios, única fuente que la sacia definitivamente, tal como el propio Agustín confesó: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Quienes han seguido la espiritualidad de San Agustín han descubierto en la oración cuan «¡tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo, pero me llamaste y quebraste mi sordera».

Esta efeméride y este año dedicado a la oración son un reclamo para acercarnos al único monasterio de vida contemplativa que tenemos en la Diócesis, para renovar nuestra vida interior y para pedir la gracia de acrecentarla, una vida espiritual que es imprescindible para el creyente siempre y más en el siglo XXI.

Felicito a la comunidad de Madres Agustinas en el cuarto centenario de su presencia entre nosotros e invito a todos los diocesanos y diocesanas a unirse en la Eucaristía que celebraremos el próximo domingo 23 de junio en la iglesia conventual, para dar gracias a Dios porque estas religiosas viven entre nosotros y por su generosa y prolongada entrega. Que San Agustín las siga bendiciendo y renueve en ellas el carisma que el Espíritu Santo le inspiró, para regalarlo a nuestra Iglesia de Teruel y Albarracín. ¡Muchas felicidades!

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 9 de junio de 2024

La liturgia, mucho más que ceremonias


Retomamos las cartas dedicadas a los principales documentos del Concilio Vaticano II. Me refiero hoy a la constitución “Sacrosanctum Concilium”, con la que la Iglesia se propuso «proveer a la reforma y fomento de la liturgia» a fin de «acrecentar entre los fieles la vida cristiana, adaptarla a las necesidades de nuestro tiempo, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (SC 1).

El 5 de diciembre de 1963 el papa Pablo VI promulgó esta constitución “una cum patribus”, es decir, en unión con los padres conciliares, conforme a la novedosa y preciosa fórmula en la que ya apuntaba la doctrina sobre la colegialidad episcopal, conforme a la renovada eclesiología católica. La profunda renovación de la liturgia impulsada por esta constitución abrió una oportunidad a las culturas no occidentales para celebrar el único misterio cristiano. Durante el debate previo, muchos padres conciliares habían insistido en que la reforma litúrgica no podía separarse de la renovación catequética y moral, de la participación del laicado en la liturgia y de la adaptación de su estructura y lenguaje al sentir del pueblo cristiano.

Estos aspectos, que ahora parecen irrelevantes, porque en gran medida están conseguidos, supusieron un vuelco substancial en la vida de los cristianos, al pasar de unas celebraciones en latín a la lengua con la que habitualmente nos comunicamos, y de unos ritos barrocos y de difícil comprensión a unos signos sacramentales que manifiestan con sencillez el misterio cristiano, pues no en vano esta constitución proclama que «en la liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio; y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (SC 33). En consecuencia, recuerda a los pastores que velen para que «los fieles participen en ella de forma consciente, activa y fructuosa», pues «toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7) y, si es cierto que no constituye la única acción de la Iglesia, no puede olvidarse que «es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10).

Transcurridos sesenta años desde su promulgación, tal vez ha llegado el momento de revisar y actualizar las celebraciones según la actual sensibilidad de jóvenes y adultos, tal como se ha puesto de manifiesto en el proceso sinodal, siguiendo los principios señalados por el Concilio y la reciente Carta apostólica “Desiderio desideravi” del papa Francisco, sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 2 de junio de 2024

El arte de la oración


«Me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo». Desde la Iglesia particular de Teruel y Albarracín acogemos con alegría esta llamada del papa Francisco. Me satisface comprobar que nuestro Plan Pastoral Diocesano 2023-2028 concuerda con esta convocatoria del Santo Padre. En este Plan nos comprometimos a «ayudar a todos los bautizados a crecer en la relación con Dios, a purificarla y a hacerla madurar, siguiendo el modelo de Jesucristo y dejándonos conducir por su Espíritu».

Somos conscientes de que necesitamos cultivar la relación amorosa con Dios, “estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama”, como Santa Teresa de Jesús recomendaba a sus monjas. Sin embargo, reconocemos las dificultades que encontramos en algunas ocasiones: nos faltan tiempos de calidad, nos falla la humildad para acoger el regalo inmerecido de la amistad con Dios, vivimos la oración más como una tarea pesada que una relación gozosa, nos aburrimos, realizamos nuestras prácticas piadosas pero no acabamos de encontrarnos con Dios. Y así poco a poco nuestra fe pierde vitalidad y corre el riesgo de convertirse en ideología.

Cuando con la ayuda del Espíritu vamos superando las dificultades y creciendo en la auténtica oración cristiana, la relación con Dios produce un impacto directo sobre nuestra vida, ya que nos configura progresivamente con Jesús, hace que nos vayamos pareciendo a Él, sobre todo en la confianza, la alegría, la misericordia y el compromiso con los menos afortunados. Cáritas nos lo recuerda con motivo de la Solemnidad del Corpus Christi.

A pesar de experimentar con gozo la cercanía de Dios, no nos resulta fácil transmitir el gusto y el arte de la oración a las jóvenes generaciones. Bombardeadas por un sinfín de impactos sonoros y visuales encuentran no pocos problemas para apreciar el silencio, fijar sus ojos en Jesucristo y abrirse al paso de Dios por su vida y por el mundo en el que viven.

Por estas y por tantas otras razones, quiero invitaros, hermanos y hermanas de nuestras parroquias y comunidades, así como a todas las personas que queráis iniciaros o avanzar en vuestra relación con Dios, a participar en la Asamblea Diocesana que tendrá lugar en el Colegio Diocesano “Las Viñas” el próximo sábado 15 de junio. Además de escuchar una reflexión general acerca de la relación con Dios, tendremos ocasión de participar en varios talleres en los que se practicarán diversos modos de oración, cada uno con su propio acento: el sufrimiento, la belleza, el silencio, el goldy play, la música, Taizé, la Palabra, la vida, la adoración al Santísimo, los niños y el cuerpo. Podéis inscribiros en la página web de la diócesis y en las parroquias, antes del 10 de junio.

Recibid un cordial saludo en el Señor.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...