domingo, 15 de septiembre de 2024

Cambios de párrocos



En este mes de septiembre se llevan a cabo los cambios de algunos párrocos. Estos traslados normalmente son dolorosos tanto para los sacerdotes como para las comunidades parroquiales, ya que conllevan la separación de personas con las que se ha trabajado a gusto y se han compartido momentos vitales importantes. Sin embargo son absolutamente necesarios. Algunos párrocos se jubilan, más que merecidamente, después de muchos años de servicio a sus feligreses, y a otros les toca asumir más responsabilidades, ya que no hay suficiente relevo, aunque tengamos la valiosa ayuda de algunos hermanos que vienen de América o de África.

Esta escasez de sacerdotes nos apena, pues es evidente que un párroco no puede atender de la misma manera tres parroquias que ocho. Sin embargo, no nos dejemos atrapar por la tristeza y escuchemos lo que el Espíritu Santo quiere decirnos a través de esta situación. Cuando llevo a la oración esta realidad, percibo tres llamadas muy claras:

Primera: impulsar decididamente la pastoral vocacional. Desgraciadamente, la tasa de natalidad es muy baja en España y no pocos niños y jóvenes de nuestros pueblos y ciudades proceden de otras culturas y, en algunos casos, de otras religiones; pero creemos que Dios sigue llamando a hombres y mujeres de esta tierra, unos jóvenes y otros adultos, para que se entreguen al servicio de la Iglesia y de las personas. Todos nosotros –laicos, religiosos y pastores– hemos de abrir los oídos y ensanchar nuestra disponibilidad, y motivar para que otros hagan lo mismo, de modo que escuchemos y respondamos a las llamadas deDios, convencidos de que Él nunca se deja ganar en generosidad.

Segunda: superar, de una vez por todas, el modelo de parroquia donde el sacerdote lo hace casi todo y los feligreses se limitan a asistir. El Bautismo, que nos hizo hijos de Dios y miembros activos y corresponsables de su Pueblo, nos impulsa a preguntarnos qué podemos hacer en la comunidad cristiana. Todos podemos aportar algo, según la vocación, edad y circunstancias de cada cual:desde aquellas tareas que parecen sencillas hasta otrosservicios que requieren cierta experiencia y formación. En nuestra Iglesia podemos ser catequista o coordinador de catequistas, trabajar como voluntario de Cáritas o de Manos Unidas, participar y promover la participación en la Liturgia, rezar el Santo Rosario o animar las celebraciones en espera de presbítero, tocar la campana antes de las Eucaristías o ayudar en la limpieza, el mantenimiento o la economía… Todo es necesario para que la parroquia esté viva.

Tercera: intensificar la colaboración con otras parroquias en la Unidad Pastoral o en el Arciprestazgo. Estamos llamados a superar, sin prisa pero sin pausa, esa larga tradición de parroquias cuasi autónomas que viven de espaldas a otras comunidades, y trabajar en red con lasparroquias vecinas, de modo que podamos desarrollar mejor la misión encomendada por el Señor.

¡Feliz curso pastoral 2024-2025!

domingo, 8 de septiembre de 2024

Pequeña y amada


Este domingo celebramos el nacimiento de Santa María, fiesta grande en Albarracín y en tantos lugares de nuestra diócesis. ¿Qué nos diría esta mujer si le preguntáramos quién es? Quizá nos respondería así: “Soy una mujer pequeña y amada”. María podría definirse con estas pocas palabras, porque en la oración que brotó en su corazón, cuando se encontró con Isabel, resonó la convicción que guio toda su vida: «el Señor ha puesto sus ojos en la pequeñez de su esclava».

Dios miró amorosamente a esta mujer humilde y la eligió para acercarse a nosotros por medio de su Hijo, hecho un bebé desvalido y recostado en un pesebre de Belén, porque no hubo sitio para él en la posada. En efecto, la grandeza de Dios se muestra en la pequeñez, marcándonos así un camino, que seguimos a duras penas. Dios se abaja, pero nosotros ambicionamos estar sobre un pedestal; su Hijo pasó como uno de tantos y a nosotros nos gusta sobresalir y brillar; Él va en busca de los invisibles y nosotros intentamos hacernos notar; Jesús escogió el camino del amor y del servicio, y nosotros consumimos la vida persiguiendo el éxito. Pidamos a María, su madre, que nos alcance la gracia de ser humildes como ella y con ella.

En esta línea, el papa Francisco, en su homilía de Nochebuena de 2021, señaló qué necesario es acoger lo pequeño y a los pequeños. Dios es así, mira amorosamente a nuestros pueblos pequeños y a nuestra pequeña diócesis. No tiene problemas con lo pequeño y con los pequeños, aunque el ser pequeños nos suponga algún inconveniente. Él se hace presente en la pequeñez de nuestra existencia; quiere habitar en los gestos sencillos que realizamos en casa, en la calle, en la escuela, en el trabajo… Y, como hizo con María, realiza cosas extraordinarias a través de esos gestos, que resultan insignificantes para los grandes de este mundo. Es un mensaje de esperanza que nos llega en la fiesta del nacimiento de Santa María.

Es más, cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces o fracasados, Dios nos mira con ternura y nos dice: «Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti, me convertí en tu hermano, no me tengas miedo, encuentra en mí tu grandeza. Sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón». Dios quiere que también nosotros, como María, nos sintamos amados en nuestra pequeñez.

Seguir este camino supone, además, abrazar a Jesús en los pequeños, amarlo en los últimos, servirlo en los pobres. Ellos transparentan a Jesús, que nació pobre, y a María, en cuya pequeñez Dios puso sus ojos. Es en ellos en quien Él quiere ser honrado. Que nuestra mirada y solidaridad les haga sentirse amados por Dios.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Esperanza cristiana y cuidado de la creación


Cuando el Concilio Vaticano II habló de la actividad humana en el mundo dijo algo que los cristianos tendríamos que recitar de memoria: «la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana» (Gaudium et spes, 39). Si nuestra meta es la vida eterna junto a Dios, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 1817), esta meta no es individualista, ya que incluye la armonía con la humanidad y con la Creación.

El papa Benedicto XVI, en su encíclica sobre la esperanza cristiana explicaba que «Babel, el lugar de la confusión de las lenguas y de la separación, se muestra como expresión de lo que es el pecado en su raíz. Por eso la “redención” se presenta como el restablecimiento de la unidad» (Spe salvi, 14). El papa Francisco, por su parte, nos viene urgiendo a implicarnos activamente en el cuidado de la creación cuando, refiriéndose a la “hermana-madre tierra”, escribe en su encíclica Laudato sí’: «Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que “gime y sufre dolores de parto” (Rom 8,22)». (Laudato sí’, 2).

La redención de Cristo nos lleva a contemplar con esperanza el vínculo de solidaridad entre los seres humanos y con toda la naturaleza, a la que el papa Francisco prefiere dar el nombre de “creación”, reconociendo en ella la mano de Dios. La esperanza cristiana, que nos asegura un futuro feliz en armonía con Dios, con la humanidad entera y con la creación, es activa: esperamos el cielo, pero con los pies en la tierra.

Son frecuentes los toques de atención del papa Francisco para la lucha contra el cambio climático, en los que invita «a toda la humanidad a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en sus estilos de vida, producción y consumo» (Motu proprio “Fratello sole”). La esperanza cristiana nos hace mirar al cielo, pero la conversión para alcanzarlo reclama «el paso de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza ?reducida a un objeto manipulable?, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación», como ha dicho el Santo Padre.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 28 de julio de 2024

¿Un Dios aguafiestas?


Las personas y los pueblos han inventado «dioses tan aburridos como ellos, serios y formales faraones, atrapamoscas con sus tridentes de opereta… dioses egoístas y pijoteros que imponían mandamientos de amar sin molestarse en cumplirlos», como escribió el recordado José Luis Martín Descalzo. Así, se ha presentado a Dios como un aguafiestas, un personaje serio, adusto y solitario, que se complace en nuestros sacrificios y no tanto en nuestras alegrías.

Entre tantas imágenes distorsionadas de Dios, Jesucristo nos revela el auténtico rostro del Padre, un padre con corazón de madre, que quiere que todos sus hijos e hijas tengan vida, no una vida cualquiera, sino una vida plena, la vida eterna: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Llama la atención que, según el Evangelio de San Juan (2, 1-11), Jesús comienza su ministerio público en un banquete de bodas, en el que convirtió agua en vino, para que pudiera continuar aquella fiesta. ¡Qué significativo! Alguien podría pensar que ese episodio fue una casualidad. Pero no, no fue un acto aislado. A menudo Jesús participó en fiestas y comidas con todo tipo de personas: gente mal vista, como publicanos y pecadores; hombres de buena posición, como los fariseos; y, por supuesto, con sus amigos y discípulos más cercanos.

Esta forma de actuar llamó mucho la atención, pues la mayor parte de los maestros y predicadores se mantenían alejados del pueblo. Algunos incluso vivían en el desierto, como Juan Bautista. Los fariseos criticaron a Jesús y se quejaron a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?» (Mc 2,16). El mismo Jesús fue bien consciente de estas acusaciones; por eso dijo: «Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19).

La vida de Jesucristo, el Hijo de Dios, lo deja bien claro: Dios no es un aguafiestas, sino todo lo contrario. Él instituyó el séptimo día para que pudiéramos descansar y disfrutar. A través del profeta Isaías, nos promete que nuestro destino final es la alegría de una fiesta eterna: «Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados» (Is 25,6).

Bienvenidas, por tanto, las fiestas, cuando nos hacen más humanos y nos arriman con alegría y gratitud al amigo de siempre y al que viene de lejos, cuando nos permiten descansar del esfuerzo diario, brindar por las cosas bellas de la vida y acercarnos al Dios que nos ofrece el vino bueno de la felicidad, la fraternidad y la esperanza.

Con mis mejores deseos para quienes celebráis las fiestas patronales en estas fechas, recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 21 de julio de 2024

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias


No podríamos reconocer en qué Iglesia estamos viviendo si no se hubiese debatido, aprobado y, en alguna medida, asimilado la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II, conocida por sus primeras palabras: Gaudium et spes. «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 1). Este primer párrafo, tan inspirador para nuestra vida personal y comunitaria, nos sumerge en una constitución que abordó el diálogo de la Iglesia con el mundo, un tema trascendental que movió a Juan XXIII a convocar el Concilio y que Pablo VI impulsó con decisión. Para él, esta constitución debía ser «la corona de la obra del Concilio».

Como ocurre con los verdaderos procesos sinodales, su redacción supuso un admirable y prolongado ejercicio de escucha, interpelación mutua y discernimiento. Su esquema se abrió paso en el aula conciliar al final del primer período de sesiones (diciembre de 1962) y el texto definitivo fue aprobado el 7 de diciembre de 1965, un día antes de la conclusión del Concilio.

La nueva actitud ante el mundo que impulsa esta constitución tiene su fundamento en el marco de la teología de la caridad: la Iglesia no es un fin en sí misma, sino que está al servicio de la sociedad, como Pablo VI proclamó públicamente el 4 de octubre de 1965, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, manifestando la decidida voluntad de la Iglesia de colaborar en la construcción de un mundo más justo y más humano. En tal sentido, este documento recuerda a los creyentes que la esperanza en la vida eterna, «no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra donde crece el cuerpo de la nueva familia humana» (GS 39).

La escucha de la palabra de Dios revelada en Cristo y la atención a las condiciones reales del mundo, a través del discernimiento de los “signos de los tiempos”, constituyen las condiciones fundamentales del diálogo que la Iglesia pretende entablar con los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Las eternas preguntas sobre la existencia humana, la dignidad de la persona humana y su promoción debe ser la clave para abordar los problemas concretos de la libertad religiosa, del matrimonio y la familia, de la cultura, del orden social, del hambre en el mundo, de la solidaridad internacional y de la paz, que la constitución afronta en sus páginas.

En el ajustado espacio de una carta dominical no puedo decir más; sólo animaros a leer y valorar estos documentos conciliares, que siguen siendo indispensables para nuestra vida eclesial. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 14 de julio de 2024

Tener a Dios propicio y escaso el pan


Algunas personas aconsejan a otras que recen ésta o aquélla novena, para conseguir que todo les vaya bien o que alguien cercano recobre la salud. Estos consejos conectan con la angustia de quienes harían cualquier cosa para solucionar un problema grave. Sin embargo, estos mensajes, sin duda bienintencionados, no ayudan a descubrir el sentido y la finalidad de la oración cristiana, porque tienden a confundirla con una negociación con Dios, en la que, si le ofrecemos sacrificios y oraciones, Él, a cambio, nos da salud o éxito en la vida. Además, este tipo de prácticas pueden conducir a la frustración e incluso a la increencia, cuando se comprueba que no se alcanza lo que se pretende.

Santa Teresa de Jesús, que tenía una profunda experiencia de oración, la entendía de una manera bien diversa. Ella decía a sus monjas que orar es «tratar de amistad estando a solas muchas veces con quien sabemos nos ama». En esos momentos de intimidad con el Señor, podemos expresarle con confianza nuestras preocupaciones y deseos. Hemos de rezar, pues, no para que Dios nos ame y nos bendiga, sino porque, como escribió el apóstol San Juan a sus comunidades, «Dios nos amó primero» (1 Jn 4, 19), antes de que pudiéramos ofrecerle oraciones o compromisos para merecer su amor. Él conoce nuestras necesidades y siempre está dispuesto a favorecernos, sin condiciones.

Dios nos ama siempre, pero su amor no nos soluciona todos los problemas. Jesús advirtió con claridad que sus seguidores tendríamos que soportar tristezas, luchas, persecuciones (Jn 16,20.33; Mc 10,30). En efecto, es posible “tener a Dios propicio y escaso el pan”, como reza un himno de la solemnidad de San José. Sí, queridos hermanos y hermanas, es posible tener a Dios propicio y andar escasos de pan, de salud o de reconocimientos; es posible tener a Dios propicio y viajar en una patera, estar en la cárcel o no encontrar un empleo digno. Miremos a Jesús, que era “el Hijo predilecto del Padre” y nació en un establo, no tuvo donde reclinar la cabeza y murió en una cruz.

Si al leer esta carta alguno se pregunta: «¿Entonces para qué sirve rezar?», le responderé con palabras de San Agustín cuando dijo: «Nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. Su don es muy grande y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo (…). En efecto, Dios no nos oye porque ambicione nuestras plegarias, pues siempre está pronto para darnos su luz, pero nosotros no siempre estamos dispuestos a recibirla, porque estamos inclinados a otras cosas. En la oración acontece la conversión de nuestro corazón a Dios, que está siempre dispuesto a darse a sí mismo» (Carta a Proba y Tratado sobre el sermón de la montaña).

Recibid mi cordial saludo en el Señor.

domingo, 7 de julio de 2024

Vacaciones, ¿para qué?


Con el título de esta carta no pretendo transmitir la idea de que las vacaciones son un capricho superfluo, pues las necesitamos para el descanso del cuerpo y del alma. También el buen Dios descansó el séptimo día de la creación, como nos recuerda el libro del Génesis (2, 2-3).

No obstante, quizá sea bueno que nos planteemos cómo organizamos las vacaciones, y si realmente nos descansan; porque a veces las programamos como un maratón de actividades que produce agotamiento o, por el contrario, se dedican a no hacer nada, lo que suele provocar una sensación de insatisfacción. Por eso, me ha parecido útil ofrecer algunas sugerencias para vivir las vacaciones gozosa y provechosamente.

Si durante el año el trabajo o el estudio nos dejan poco tiempo para disfrutar de la familia y de las amistades, dediquemos algo de nuestras vacaciones a “perder el tiempo” con esas personas que llevamos en el corazón y que apenas vemos. Y digo “perder el tiempo” con la intención de subrayar que estas relaciones son gratuitas y están libres de otros intereses. Llevan simplemente a encontrarnos, a compartir una comida o un rato de conversación, a interesarnos unos por otros, a sentirnos queridos y a manifestar nuestro mutuo aprecio.

Las vacaciones también son una ocasión propicia para profundizar en nuestra relación con Dios, utilizando ese tiempo libre de tareas y obligaciones para la lectura espiritual y la oración. ¡Cuántas veces quisiéramos que nuestras conversaciones con Dios fueran más intensas, pero no encontramos tiempo! Las vacaciones nos ofrecen la oportunidad de leer ese libro de teología o de hacer esos Ejercicios Espirituales de varios días. Es la mejor inversión de nuestro tiempo, si hacemos caso a las palabras del salmo 61: “Sólo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación. Sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar, no vacilaré”. No olvidemos que Dios es el más hermoso manantial del que brota el descanso y la paz.

Las vacaciones, por otra parte, nos ofrecen la posibilidad de cuidar nuestro cuerpo, gracias al cual nos relacionamos y hacemos tantas cosas preciosas, pero que apenas escuchamos y cuidamos. Muchas veces no respetamos sus ritmos, no lo alimentamos bien o lo forzamos innecesariamente con estimulantes y relajantes. Ojalá utilicemos también las vacaciones para tratar el cuerpo como se merece, proporcionándole las necesarias dosis de descanso y de deporte.

Por último, os animo a dedicar una parte de las vacaciones al voluntariado, en los lugares de residencia habitual o en algún país más pobre, colaborando en proyectos misioneros o con alguna organización solidaria solvente.

Recibid mi cordial saludo tanto los que vais a disfrutar de vacaciones como los que, por diversos motivos, no tengáis esta oportunidad. Que el Señor os bendiga y acompañe.

Afinar el oído

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escu...