domingo, 17 de noviembre de 2024

Los pobres y las parroquias


“A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mc 14, 7). Así lo dijo el Señor y el papa Benedicto XVI nos lo recordó, en su encíclica “Deus charitas est”, al escribir: «El amor (caritas) siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. (…) Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (n. 28). También en nuestros pequeños pueblos, donde pensamos que todos tienen al menos lo necesario, hay pobrezas que hacen sufrir.

Esta advertencia no puede dejarnos indiferentes a quienes seguimos a Cristo. Él tuvo entrañas de misericordia ante los hambrientos, enfermos, desesperados, extraviados, descartados… y les ofreció pan, salud, esperanza, orientación, amor, en una palabra. Nosotros, sus discípulos, hemos sido enviados para continuar su tarea aquí y ahora, tanto personal como comunitariamente.

Por eso, el papa Benedicto afirmó que «practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a la esencia de la Iglesia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. Ella no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra» (DCE 22). De modo que, sin el ejercicio de la caridad, no hay comunidad cristiana.

Por ello, toda parroquia, tanto si es pequeña como si tiene muchos feligreses y está situada en un lugar donde el nivel de vida es más alto, debe preguntarse si es una verdadera comunidad samaritana para con las personas que sufren. No es suficiente que Cáritas diocesana u otras entidades atiendan a los pobres; es necesaria también la implicación de cada parroquia. Nos jugamos en ello nuestra fidelidad a Cristo.

Si en alguna parroquia no puede lograrse un grupo de Cáritas, nuestro Plan Pastoral prevé la creación de equipos de Cáritas en la unidad pastoral o en el arciprestazgo, «para que animen la caridad y promuevan el voluntariado». También podría asumir las funciones del grupo de Cáritas el Consejo de Pastoral o algún miembro de la comunidad, de modo que los mayores y enfermos sean acompañados, quienes vienen de lejos sean acogidos y los que tienen problemas económicos sean socorridos.

Pido al Señor que esta sensibilidad crezca cada día más en el corazón de todos los bautizados –pastores y laicos– y se plasme en iniciativas concretas.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Piedras vivas


Queridos hermanos y hermanas: Somos “piedras vivas” del templo santo de Dios, que es la Iglesia, y que Él se ha construido en esta bendita tierra de Teruel y Albarracín. Formamos parte de este templo, cuya piedra angular es Cristo (cf. 1 Pe 2, 5; He 4, 11). En el “Día de la Iglesia diocesana”, recordemos que, si el apóstol Pedro nos ha llamado “piedras vivas”, está claro que nuestra vocación es unir nuestro corazón y nuestro quehacer a Cristo, de modo que este “templo espiritual” sea “santuario de encuentro”, para quienes buscan a Dios, y “hospital de campaña”, para todas las personas heridas.

Valoremos, por consiguiente, lo que somos y vivamos nuestra vocación cristiana con ilusión, agradecimiento y compromiso. Con ilusión y agradecimiento, porque, a pesar de nuestra pequeñez, el Señor nos ha elegido para ser “piedras vivas” de su templo; como eligió a María, una joven desconocida de Nazaret, para ser la madre de su Hijo, hecho hombre por nuestra salvación. Ella respondió con disponibilidad y proclamó: «Mi espíritu se alegra en Dios, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava» (Lc 1, 47-48). También cada uno de nosotros podemos decir lo mismo cuando nos reconocemos miembros de esta Iglesia diocesana.

Y con compromiso, porque la elección no es un privilegio, sino una responsabilidad y llamada a la misión. A la misión de anunciar incansablemente a tantos hermanos y hermanas, que aún no conocen a Jesucristo, que él es nuestra salvación y nuestra vida para siempre. A la misión de hacer palpable el amor y la ternura de Dios a tantas personas que viven cansadas y agobiadas. A la misión de colaborar, cada uno desde su personal vocación, a construir con todos los que creemos en Cristo una comunidad de hermanas y hermanos que se aman y se ayudan mutuamente.

En este momento de la historia, nuestra Iglesia necesita con urgencia jóvenes dispuestos a asumir la vocación sacerdotal, religiosa y misionera, como donación de sí mismos, para construir unas comunidades vivas, serviciales y atractivas. Esta disponibilidad no se improvisa. Es el fruto de la educación, sobre todo en el ámbito de la familia; de un modo de vivir que no tenga como meta “pasarlo bien”, sino servir a tanta gente que necesita un hálito de esperanza; de unas comunidades en las que cristianos y cristianas de toda edad y condición vivan atentos y dispuestos, para escuchar y responder a las llamadas de Dios con generosidad. Vivamos, por tanto, el “Día de la Iglesia diocesana” abriendo nuestro corazón a la llamada del Padre, para ser en Cristo y con Cristo “piedras vivas” de su templo.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Recordar a los difuntos


La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos nos mueven a visitar los cementerios y a recordar a los seres queridos que ya partieron desde esta orilla a la de la eternidad. Nos hace bien, aunque nos incomode, volver la mirada a quienes nos precedieron y a la misma muerte.

Nos hace bien recordar que, gracias al esfuerzo de nuestros antepasados, somos lo que somos y tenemos lo que tenemos: los derechos que gozamos y que deberíamos defender mejor, un nivel de vida muy superior al de nuestros padres y abuelos, un patrimonio cultural admirable y, sobre todo, los valores y la fe que dan sentido a nuestra vida e inspiran nuestras opciones y decisiones. Reconozcamos, por tanto, cuánto les debemos, aunque no fueran perfectos, como ocurre con todos los seres humanos.

Nos hace bien recordar que esta vida no es eterna, que ni siquiera vamos a vivir doscientos años; para no conformarnos con “ir tirando” o con “divertirnos a tope”. Aprovechemos el tiempo, uno de los dones más preciosos que el Creador nos ha regalado, para disfrutar y compartir la vida, crecer como personas y mejorar la sociedad en la que vivimos.

Nos hace bien pensar de vez en cuando que un día hemos de morir, para orientar nuestro camino. En este sentido, San Ignacio de Loyola, en los números 186 y 340 del libro de los Ejercicios Espirituales, invita a sus ejercitantes a decidir como si estuviesen al borde de la muerte. Puede parecernos una recomendación inquietante y, sin embargo, es provechosa y necesaria, porque a menudo escogemos lo que ahora parece conveniente, sin pensar a largo plazo.

Y nos hace bien pensar en los difuntos porque seguimos unidos a ellos por el amor y la oración, que traspasan la barrera de la muerte. Desde la cárcel, el apóstol Pablo escribió a los cristianos de Filipos: «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Fp 3, 21). En efecto, somos ciudadanos del cielo, la meta de nuestro camino no está en el cementerio, sino en Dios, en quien encontraremos paz verdadera, libertad completa, felicidad desbordante, fraternidad perfecta… Creemos en esta vida plenamente feliz, en la vida eterna, confiados en la palabra de Jesús, que nos aseguró que iba a prepararnos un lugar junto a Él en la casa del Padre (cf Jn 14,3), y porque, a pesar de nuestros fallos, cada día podemos experimentar que Dios nos tiende la mano para librarnos del miedo y la desesperanza.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 27 de octubre de 2024

No utilizar el nombre de católico en vano


Con frecuencia me preguntan por páginas webs, aplicaciones o redes sociales que se presentan como “católicas”. Algunas son verdaderamente católicas, tanto por sus postulados, fieles al Evangelio y a la doctrina de la Iglesia, como por su tono, en el que se percibe el estilo de Jesús, manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29). Pero en otras, ni el mensaje ni el talante tienen que ver con el Evangelio. En tales casos me atrevo a decir que “utilizan el nombre de católico en vano”. Gracias a Dios, muchos perciben la incoherencia entre el apellido de tales páginas y su contenido; pero hay lectores que, al ver la palabra “católico”, tienden a fiarse de cuanto leen en ellas. Por esto, me ha parecido oportuno advertir a los diocesanos de nuestra Iglesia de Teruel y Albarracín que en el internet de temática religiosa no todo lo que reluce es oro.

En algunos casos, las páginas a las que me refiero dividen el mundo en buenos sin pecado y malos sin redención posible, utilizando incluso la mentira y el insulto contra quienes no comparten sus puntos de vista. Ni el Santo Padre se salva de ataques furibundos. Y aunque en la Iglesia la crítica a la jerarquía es lícita y necesaria en algunas ocasiones, la mentira y el insulto no son un camino evangélico y, por tanto, tampoco puede ser católico (cf. Mt 5, 21-26).

También hay publicaciones que se dicen católicas y no presentan la doctrina católica en su integridad, pues dan más relevancia a supuestas revelaciones de la Santísima Virgen que a la Palabra de Dios; o insisten con razón en la importancia de la sana doctrina y de la oración asidua, pero pasan de puntillas por el capítulo 25 del evangelio de san Mateo, donde Jesús dice con toda claridad «tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». Olvidan que, como dijo el papa san Juan Pablo II, «sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia» (NMI, 29).

Finalmente, me refiero a los sitios web que presentan la oración como una suerte de conjuro con el que conseguir que Dios complazca nuestros deseos y no como lo que es: una relación amorosa entre Dios y nosotros. ¡Cuántas frustraciones puede provocar ese modo de entender la oración! Incluso puede empujar al ateísmo.

Deberíamos evitar este tipo de publicaciones. Nos quitan la paz, rompen la comunión entre los cristianos y no nos ayudan a cumplir la misión de «fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y de bello hay en la comunidad humana» (GS 76).

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 20 de octubre de 2024

Una Iglesia excéntrica


Cuando pregunto a personas bautizadas cuál es su compromiso, casi todas las respuestas tienen que ver con la liturgia, la catequesis y el voluntariado; muy pocas se plantean su misión fuera de la comunidad cristiana y menos aún en las llamadas “tierras de misión”.

En la vida cotidiana de las parroquias sucede algo similar: la mayor parte de las actividades están dirigidas a quienes acuden al templo: se celebra la Eucaristía y otros actos de culto, se imparte catequesis a niños y jóvenes, algunas impulsan grupos de acción social y unas pocas tienen grupos de cristianas y cristianos que se plantean su misión en el lugar de trabajo, en la familia, en el pueblo o en el barrio, con las personas que no participan en la vida de la Iglesia o entre aquellas que sufren por cualquier causa.

Esta tendencia a olvidar nuestra misión en el mundo se explica por la escasez de sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos, que con dificultad damos abasto para atender las muchas tareas que tenemos dentro de la comunidad cristiana. Es explicable, pero no deja de ser una tentación que debemos rechazar.

La Iglesia tiene en su ADN el ser “excéntrica”, que no “extravagante”, porque el centro de su vida no es ella. Por deseo de su fundador ha de estar abierta a ir más allá de sus fronteras. El papa san Pablo VI lo afirmó con palabras claras y contundentes, en su encíclica sobre la evangelización del mundo moderno: «Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (EN 14). Y el papa Francisco, con su conocida llamada a ser «Iglesia en salida», ha reafirmado esta naturaleza misionera de la Iglesia.

La celebración del DOMUND nos impulsa a ser misioneros en nuestros ambientes y allá donde el Señor nos envíe. En su mensaje para esta Jornada, el Papa nos invita a escuchar la palabra del Señor: «Id e invitad a todos al banquete» (cf. Mt 22,9) y nos recuerda que «somos enviados a anunciar el Evangelio a todos, y no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable».

En esta jornada resuena también la llamada a escuchar a los misioneros y misioneras, a dejarnos interpelar por su testimonio y estilo de vida, a apoyarles con la oración y colaboración económica, a fin de que puedan seguir desarrollando su labor en los lugares más empobrecidos del mundo.

Mi saludo en el Señor a todos, sobre todo a los hombres y mujeres que, habiendo salido de las familias y parroquias de nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín, compartís y anunciáis cada día, en tantos países del mundo, la alegría de creer y amar como Jesús y con Jesús.

domingo, 13 de octubre de 2024

Pilar y pilares


En nuestras casas, las columnas o pilares, aunque muchas veces no están a la vista, dan solidez al entramado de la construcción. La Virgen María fue el “pilar” en el que descansó su prima Isabel, ya embarazada de Juan, dando fe de que Dios cumple cuanto promete. Fue el “pilar” en el que se apoyó José, su esposo, cuando la incertidumbre lo agobiaba. Fue el “pilar” en el que Jesús encontró descanso, porque nadie como ella escuchó la Palabra de Dios y supo cumplirla. María fue el “pilar” que sostuvo la fe todavía vacilante de los discípulos mientras esperaban la fortaleza del Espíritu Santo. La Madre de Jesús es el sólido pilar sobre el que se ha apoyado y se apoya la fe del pueblo cristiano, en Aragón, en España y allí donde ha arraigado la Iglesia.

Demos gracias a Dios por haber puesto en nuestro camino a María y a tantas personas que han sido, y siguen siendo, pilares en los que nos apoyamos, especialmente en los momentos de dificultad. Os invito a recordar con agradecimiento a la abuela que calladamente reúne a la familia y lima las asperezas entre los hijos; a la religiosa que, colaborando con el párroco, es el alma de la comunidad cristiana; al sacerdote siempre dispuesto a escuchar penas y a sostener la esperanza; al compañero de trabajo que no “echa leña al fuego” entre los amigos enfrentados y sabe tener gestos de cercanía hacia quienes están sufriendo…

También nosotros somos pilares cuando nos descentramos de nosotros mismos, de nuestras preocupaciones e intereses; cuando abrimos los ojos del corazón, para ver más allá de las apariencias, y desplegamos las manos del servicio, cada cual desde sus capacidades y circunstancias. Ya sé que esta propuesta es contracultural, pues en el ambiente en el que vivimos prima la publicidad sobre la discreción, y el crecimiento económico sobre la capacidad de servicio.

Sin embargo, María nos descubre que poder servir es un privilegio, un regalo que Dios nos hace; servir engrandece los “talentos” que hemos recibido; servir nos da la posibilidad de ser enriquecidos por las personas servidas y por quienes realizan la misma tarea; el servicio nos da razones para sostener la esperanza (¿o no es verdad que las personas que menos sirven son normalmente las que más se lamentan?). El servicio nos diviniza, porque, si de algo presumió el Señor Jesús, fue de estar entre nosotros “como el que sirve”. Éste es el tiempo de servir, de ser “pilares” donde pueda apoyarse tanta gente que se tambalea; éste es el momento, aunque nos asalten las dudas o el miedo.

Que la Virgen del Pilar nos inspire y acompañe.

domingo, 6 de octubre de 2024

El catequista, signo de esperanza


El pasado 4 de septiembre, en su viaje apostólico a Indonesia, el Papa Francisco reconoció la labor de los catequistas, situándolos al frente de la Iglesia con estas palabras: “La Iglesia —debemos pensar en esto—, a la Iglesia la llevan adelante los catequistas. Los catequistas son aquellos que van al frente, que siempre van al frente. Luego vienen las religiosas —inmediatamente después de los catequistas—; le siguen los sacerdotes y el obispo. Sin embargo, son los catequistas los que van “siempre al frente”, son la fuerza de la Iglesia”.

Nosotros, los pastores de la Iglesia que peregrina en Aragón, queremos hacer nuestras las palabras del Santo Padre y agradecer, en este Día de la Educación en la fe, la labor de todos los agentes de pastoral, la de los padres y abuelos y especialmente la de los catequistas en la transmisión y educación en la fe.

En un territorio desigual, pero con necesidades similares, los catequistas seguís siendo los pilares de nuestras comunidades, ya sea en la ciudad, ya sea en el pueblo más escondido. Los catequistas, colaborando con vuestros sacerdotes y donde sea posible con otros muchos agentes de pastoral, sois signo de esperanza para muchas personas, sois presencia de la Iglesia que desea estar y vivir en medio de sus gentes.

El catequista, en nombre de la comunidad, al compartir su fe y acompañar a niños, jóvenes, adultos y familias, va construyendo una nueva humanidad, centrada en la fe en Cristo, nuestra única y verdadera esperanza. Vosotros, catequistas, sois por vuestra presencia y buen hacer signo de credibilidad en una sociedad en donde la labor de la Iglesia es cuestionada. Vosotros sois el rostro de una Iglesia en salida, propositiva, alegre, paciente…

El Directorio para la catequesis, al señalar las características del catequista, nos recuerda que sois por vuestro testimonio de vida un signo de transparencia, gestando con vuestra labor la memoria de Dios: “El testimonio de vida es necesario para la credibilidad de la misión. Reconociendo su propia fragilidad ante la misericordia de Dios, el catequista nunca deja de ser un signo de esperanza para sus hermanos” (DC 113).

De la misma manera el Directorio, al señalar las tareas de la catequesis, nos exhorta a todos a formar para la vida en Cristo (Cf. DC 83-84), educando desde una mirada serena a la sociedad, invitando a todos los creyentes a ser parte activa de la transformación de la realidad. El catequista, siendo fiel a su vocación, hace posible, por tanto, que la esperanza sea el “ancla del alma, segura y firme” (Heb. 6, 19)

Con nuestro afecto y bendición

+ D. Carlos-Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ D. Vicente Jiménez, Arzobispo Emérito de Zaragoza y Ad-
ministrador Apostólico de Huesca y de Jaca
+ D. Ángel-Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+D. José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ D. Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...