domingo, 25 de enero de 2026
Un solo Espíritu, una sola Esperanza
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:
Del 18 al 25 de enero, la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos ha convertido a la Diócesis de Málaga en un gran templo, donde fieles, pastores, sacerdotes y religiosos de diversas confesiones cristianas han hecho latir sus corazones al mismo ritmo, acogiendo la súplica del Señor en la Última Cena: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).
La división entre los cristianos sigue siendo un escándalo que resta credibilidad y fuerza a la Buena Noticia del Evangelio, tal como denunciaba el decreto Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II. No podemos resignarnos ni acostumbrarnos a una Iglesia dividida, porque no es el estado natural en el que los cristianos estamos llamados a vivir la fe. Trabajemos, por tanto, sin descanso para alcanzar una comunión cada vez más plena, que haga posible la unidad en lo esencial y el respeto escrupuloso a la legítima diversidad.
El papa Francisco habló de tres tipos de ecumenismo: el de las manos, el de la cabeza y el del corazón. Son dimensiones complementarias de una misma llamada a la unidad. El ecumenismo del corazón ha sido especialmente intenso durante este Octavario por la Unidad: católicos, ortodoxos y protestantes hemos unido nuestros corazones al de Cristo para celebrar la comunión que existe entre quienes compartimos un mismo bautismo, como se ha expresado en las numerosas oraciones ecuménicas celebradas en los templos de las distintas confesiones. El ecumenismo de la cabeza nos impulsa a profundizar en los principios y fundamentos de la unidad a la que el Señor nos convoca; en este ámbito, la teología y la formación ecuménica, accesibles en nuestros centros teológicos, desempeñan un papel fundamental. Por su parte, el ecumenismo de las manos nos invita a trabajar y colaborar en todo aquello que resulte posible. Todo cristiano que se acerque con autenticidad al Evangelio escuchará la llamada a servir a los más pobres, en cuyos rostros reconocemos al mismo Cristo sufriente.
Recién llegado a Málaga, mantuve un encuentro fraterno con representantes de todas las Iglesias cristianas. Allí pude agradecer su cálida acogida y propuse poner en marcha un proyecto social común, que nos permitiera servir juntos a nuestros hermanos y hermanas que sufren. Estoy convencido de que el servicio compartido abrirá caminos hacia la fraternidad y la comunión, porque nos acercará cada vez más a Cristo presente en los pobres. Un proyecto social común podrá hacer realidad el lema del Octavario para este año: “Un solo Espíritu, una sola Esperanza” (Ef 4, 4), en un mundo herido por la polarización, las injusticias y las guerras, que necesita signos concretos de fraternidad y solidaridad con las personas más vulnerables.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 18 de enero de 2026
Escuchar, discernir y caminar juntos
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:
La sinodalidad es una dimensión esencial de la Iglesia, que a lo largo de la historia ha adoptado diversas expresiones. Los procesos sinodales buscan, ante todo, acoger y discernir con seriedad el sentido de fe de todos los bautizados. El Santo Padre León XIV nos ha animado a perseverar en este compromiso, reafirmando en el reciente Consistorio de Cardenales que «el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio».
Como Iglesia Diocesana, acogemos con alegría y esperanza la tarea de conocer, difundir y aplicar el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad. Este texto recoge «el consenso alcanzado al final del discernimiento de los Pastores provenientes de todas las Iglesias y que, como parte del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro, compromete a todo el Pueblo de Dios». Nos invita, además, a un proceso de profundización y purificación personal, que favorezca la transformación de nuestra organización pastoral, ya que «sin cambios concretos a corto plazo, la visión de una Iglesia sinodal no será creíble, y eso alejará a aquellos miembros del Pueblo de Dios que han hallado fuerza y esperanza en este camino» (DF, n. 94).
Para ello, convoco en una primera fase a todos los responsables de pastoral de la Diócesis, para estudiar el Documento Final, utilizando la guía de lectura que estará disponible en diocesismalaga.es/sinodalidad a partir del 26 de enero. A través de la misma página podrán inscribirse en la Jornada de Formación prevista para el sábado 11 de abril. En ella profundizaremos en los fundamentos teológicos de la sinodalidad y practicaremos el método de la Conversación en el Espíritu, una dinámica que ayuda a los grupos a escuchar a Dios y a tomar decisiones comunes mediante la escucha profunda, la oración y la atención a los movimientos interiores.
En una segunda fase, a partir del 11 de abril, invitaremos a las parroquias y sus grupos, a las comunidades religiosas, a las asociaciones laicales y a las hermandades a continuar este trabajo, aplicando el método de la Conversación en el Espíritu para profundizar en el Documento Final. Este trabajo culminará con una Asamblea Diocesana que celebraremos, Dios mediante, el sábado 20 de junio. Os ruego que anotéis estas fechas en vuestro calendario pastoral.
Este itinerario, diseñado conjuntamente por el Centro Superior de Estudios Teológicos CESET Málaga y la Permanente del Consejo Pastoral Diocesano, nos dispondrá para la elaboración de un Plan Pastoral para los próximos años.
No tengamos miedo. El camino sinodal ya recorrido nos anima a mirar el futuro con confianza, «con esa esperanza que no defrauda, la única capaz de sostener el compromiso de avanzar, como Iglesia sinodal, en la misión que el Señor Jesús confió a sus discípulos» (Pistas para la Fase de Implementación del Sínodo).
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 11 de enero de 2026
Empezar de nuevo
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla.
El domingo 28 de diciembre clausuramos el Año Jubilar 2025. Con tanta gracia recibida, afrontemos el desafío de comenzar de nuevo, siguiendo la tradición bíblica del Jubileo: la experiencia de la indulgencia de Dios impulsaba a tratar con indulgencia a las personas y a la creación. Por eso se cancelaban las deudas, se liberaba a los esclavos y se devolvían las tierras. Empezar de nuevo no es fruto de un esfuerzo voluntarista, sino el resultado de acoger la salvación que Dios nos ofrece, para que nadie quede prisionero para siempre de las estructuras de pecado, ni encadenado a sus acciones pasadas, ni sometido a viejos resentimientos.
Comenzar de nuevo no significa cambiar de lugar o de oficio, sino cambiar el corazón. Es cierto que lo hemos intentado muchas veces y, con frecuencia, no lo hemos logrado. Pero si profundizamos en la verdad de nuestras vidas, dedicamos tiempo al encuentro con Dios, nos dejamos conducir por su mano —aunque lo nuevo nos asuste— y aceptamos la ayuda de los hermanos, será posible sanar el corazón para amar más y mejor.
Nuestras familias y comunidades están llamadas a manifestar los frutos de este Jubileo: tiempos y espacios de gracia para sanar heridas, pedir perdón, propiciar encuentros, escucharnos de nuevo sin reproches acumulados, soñar juntos, atentos a las necesidades de tantos pobres de pan y de esperanza, y dispuestos a afrontar la urgencia misionera a la que somos llamados.
Nuestras parroquias, fortalecidas por la gracia jubilar, seguirán avanzando para ser mucho más que “un dispensario de productos religiosos”, “el territorio en el que vivo”, “la iglesia a la que voy a misa” o “el lugar donde se reúne mi grupo de fe”. Están llamadas a ser comunidades de comunidades vivas, corresponsables y misioneras, donde se respire la presencia de Dios y el amor a los más pequeños y vulnerables.
Este Jubileo nos invita también a comenzar de nuevo como Iglesia Diocesana, promoviendo en todos los bautizados, dentro de nuestras parroquias y comunidades, un profundo sentido de pertenencia a la Diócesis, que camina unida en torno al Sucesor de los Apóstoles. Necesitamos cuidar y promover la espiritualidad de comunión y las estructuras sinodales que la hacen posible. Podemos lograrlo de la mano de Dios.
Nuestra sociedad, asimismo, necesita nacer de nuevo. Muchas personas están cansadas de tanta confrontación y así lo expresan. Unámonos con decisión a esta corriente que apuesta por el respeto, la verdad, el cuidado y la fraternidad. Recordemos que la Iglesia es en Cristo «signo e instrumento… de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Soñemos y trabajemos, junto con todas las personas de buena voluntad, por una sociedad donde nadie sea descartado, la dignidad de todos sea respetada y el cuidado de la Tierra sea una prioridad.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
jueves, 1 de enero de 2026
Feliz 2026
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla.
Desde que sonaron las campanadas que dieron paso a este 2026, no hemos dejado de escuchar y de pronunciar estas palabras: ¡Feliz año nuevo!
Nos deseamos de corazón felicidad, aunque sabemos que no nos van a faltar dificultades personales y familiares, políticas, económicas y sociales. Nos deseamos felicidad, aunque no podemos prever y adivinar a ciencia cierta lo que sucederá en los próximos meses. Es más, somos conscientes de que los males de nuestra sociedad, algunos tan graves y arraigados, no van a desaparecer fácilmente, por mucho que nos deseemos un Año Nuevo próspero y feliz.
Sin embargo, a pesar de incertidumbres y problemas, creemos en Jesucristo, nos apoyamos en la certeza de que Él es el Dios-con-nosotros y seguirá fielmente a nuestro lado, en la andadura del Nuevo Año. Nos acompañará no como un simple testigo de nuestro quehacer y vivir. Él trabajará por nuestra felicidad más y mejor que nosotros mismos; nos alertará y nos defenderá de los peligros, sobre todo de aquellos que nos apartan del amor del Padre y de las personas más necesitadas; nos inspirará y animará a construir el Reino de Dios, promoviendo los valores que lo manifiestan: la verdad, la vida, la santidad, la gracia, la justicia, el amor y la paz.
Jesús, el Dios-con-nosotros, desea ser nuestro amigo, guía, defensor, animador... A nosotros nos toca reconocerlo y acogerlo. Si recibimos a Jesús, para que sea el centro vital de nuestra existencia, podremos hablar con toda verdad de Año Nuevo, porque caminaremos como hombres y mujeres renovados por Cristo; contemplaremos la realidad e interpretaremos la vida y los acontecimientos desde la fe y la luz de Jesús; y nos comprometeremos en su servicio, con la confianza de que construimos, con Él y como Él, un mundo nuevo.
Así, no soñaremos ingenuamente en un Año Nuevo, en el que todo dependerá de la buena o mala suerte. Las personas sabias saben que la felicidad no consiste en la falta de problemas y dificultades. Somos más felices cuando asumimos el presente con realismo y aprendemos de los éxitos y fracasos; cuando confiamos en nosotros mismos, en la fuerza del corazón, tantas veces desconocida, que nos permite afrontar los retos que la vida nos va planteando. Somos más felices cuando no nos encerramos en nosotros y nos abrimos a los demás, para apoyarles y para recibir apoyo; cuando confiamos plenamente en Dios. Él siempre nos acompaña y ayuda, aunque a menudo nos desconcierte.
Jesús, el Dios-con-nosotros, es nuestra esperanza. Por Él, podemos decirnos y decir al mundo: "Feliz Año Nuevo". Santa María, Madre de Dios, nos acompañará en esta andadura.
domingo, 21 de diciembre de 2025
Navidad. Contempla, celebra y comparte
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
No sé si sois de los que acogen la Navidad con ilusión o de los que esperan que llegue cuanto antes el día siete de enero; pero, en cualquier caso, os invito a vivirla con la intensidad que merece, conjugando tres verbos.
Contemplar. Leed el Evangelio del nacimiento de Jesús o contemplad un Belén como si estuvierais presentes en el establo donde Jesús nació: mirad a Jesús como María y José, imaginad los olores de aquel lugar, acoged con ternura al recién nacido, acariciad su piel y dejad que su manecita se agarre a la vuestra. Este ejercicio, tan propio de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y aparentemente infantil, conseguirá que el misterio de Dios se introduzca en vuestra sensibilidad y vaya moldeando vuestra vida.
Al arrodillarnos ante el pesebre de Belén, aprenderemos que los colores del verdadero amor son la compasión, la cercanía y la paciencia. Dejemos que el Niño Dios nos mire y en sus ojos veremos reflejado el ser de Dios y su amor por la humanidad. Dios se hizo pequeño y entró en la historia humana con la lógica del amor: no humilla a los que ama, sino que los eleva; no se impone, sino que se ofrece. Es el Enmanuel, “Dios-con-nosotros”, la Palabra hecha carne.
Celebrar. El Hijo de Dios nace en el seno de la familia de María y José y es reconocido por unos pobres pastores, que celebran su presencia con alegría. Hoy, el misterio de Dios encarnado se hace visible en vuestras familias y en vuestras comunidades cristianas.
Cuando nos acercamos a cada hermano y hermana con sinceridad y sin prejuicio, cuando nos escuchamos y nos perdonamos, cuando brindamos juntos por tantas cosas buenas que Dios nos regala, Jesús vuelve a nacer entre nosotros, crece la fraternidad, y la fraternidad despierta la esperanza.
Compartir. Quien se acerca a Jesús Niño aprende a estar cerca de los demás, especialmente de los pobres, los descartados y los frágiles. Él, que nació en un establo y se vio obligado a emigrar a Egipto, nos desinstala de nuestra comodidad y nos pone en camino hacia el hermano. No celebraremos la Navidad si no nos acercamos a quienes viven en la intemperie de la vida. Por eso, Cáritas nos invita a comprometernos para que tener una vida digna deje de ser una cuestión de suerte.
Al encontrarnos con los pobres, no sólo les llevamos alguna ayuda, sino que en ellos nos encontramos con Jesús. Ellos son la manifestación –la epifanía– cotidiana de su presencia en medio de nosotros. Si queréis ser amigos de Jesús, haceos amigos de los necesitados, acompañadlos con humildad, escuchad sus historias con respeto y veréis cómo Dios os salva desde ellos.
Que esta Navidad, hermanas y hermanos, nos haga más contemplativos, más fraternos y más solidarios.
domingo, 14 de diciembre de 2025
Profesar la fe y la esperanza
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En este Jubileo de la Esperanza conmemoramos que en el año 325, hace ahora 1.700 años, tuvo lugar en Nicea el primer concilio ecuménico de la historia de la Iglesia. Allí, los 318 obispos proclamaron la fe católica en la divinidad de Jesucristo con estas palabras: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza (homoousios) del Padre». Esta formulación fue enriquecida el año 381 por el concilio de Constantinopla, dando origen al Credo niceno-constantinopolitano (el llamado popularmente “credo largo”) que profesamos en la celebración de la Eucaristía.
De este modo proclamamos que Jesucristo es nuestra Esperanza, pues al compartir el ser de Dios y también nuestra naturaleza humana, no hay ninguna situación de pobreza o violencia en la que no se haga presente la fuerza salvadora del amor de Dios.
El Credo niceno-constantinopolitano es común para católicos, ortodoxos, luteranos, reformados, bautistas, anglicanos, metodistas, evangélicos… La diócesis de Málaga ha sido pionera en el camino de la reconciliación entre las Iglesias cristianas y todos nosotros –laicos, religiosos, sacerdotes y obispo– hemos de seguir avanzando. No se trata solo de orar juntos en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, sino de aprender a trabajar unidos al servicio del Reino y de ser instrumentos de reconciliación y concordia en un mundo polarizado y dividido.
El papa León XIV ha conmemorado el concilio de Nicea peregrinando a Turquía y participando en la oración ecuménica que tuvo lugar en la antigua Nicea, actual Iznik, frente a los restos de la basílica donde se celebró el concilio. Y en su carta apostólica “In unitate fidei” ha dado un renovado impulso a esa profesión de fe. En ella nos invita a volver a la pregunta que hizo Jesús a los Doce: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 15, 15).
En los tiempos del concilio de Nicea, el presbítero Arrio había afirmado que Jesucristo era una criatura especial, superior a todas las demás, pero que no era Dios. El concilio corrigió a Arrio, afirmando que Jesús de Nazaret es de la misma sustancia (homoousios) del Padre. No se trataba de una disputa sobre palabras, sino de una cuestión fundamental: si Jesús fue un personaje carismático, un revolucionario social o alguien que amó como nadie lo había hecho hasta entonces, es un hombre digno de admiración, pero si además es de la misma sustancia del Padre, entonces es el Hijo de Dios, que sigue vivo y presente entre nosotros y nos salva de caer en el vacío. La pregunta “¿Quién es Jesús para ti?” no es ociosa, como no lo fue la respuesta que dio, en su día, el concilio de Nicea.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 7 de diciembre de 2025
Violencia contra la mujer
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En una semana han sido asesinadas dos mujeres en la provincia de Málaga, víctimas de la violencia de género; seis en lo que va de año. Como Iglesia, no podemos permanecer indiferentes ante este drama.
San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988), analiza los textos del libro del Génesis, que desgraciadamente se han utilizado para justificar la subordinación de la mujer al varón, y concluye: «la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina». Benedicto XVI denunció con claridad que «aún persiste una mentalidad machista, que ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre». El papa Francisco señaló que «las distintas formas de malos tratos que sufren muchas mujeres son una cobardía y una degradación para toda la humanidad… No podemos mirar para otro lado». Y León XIV, en la homilía del pasado Pentecostés, se refirió «con mucho dolor» a «los numerosos y recientes casos de feminicidio».
Ante esta dura realidad y a la luz del Magisterio de los últimos papas, surge de manera espontánea la pregunta: ¿qué estamos haciendo y qué más podemos hacer? Los proyectos de casas de acogida de Cáritas, organizados en dos arciprestazgos de la diócesis, se han consolidado como un recurso esencial para mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad, algunas víctimas de violencia. Las religiosas Adoratrices en la ciudad de Málaga ofrecen un hogar de protección y atención educativa, socio-laboral, psicológica, jurídica y sanitaria a mujeres, también a las que han sufrido algún tipo de violencia, favoreciendo que puedan reconstruir sus vidas y, desde su experiencia, contribuir a la construcción de un mundo más justo. El Cotolengo y el Centro de Orientación Familiar, igualmente, han acogido a mujeres maltratadas y, en coordinación con los servicios sociales, se ha buscado una respuesta adecuada en centros especializados.
Debemos celebrar los avances innegables en el reconocimiento de la igual dignidad de hombres y mujeres, así como en la lucha contra la violencia machista. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer, tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Por ello, animo a nuestras parroquias, movimientos y comunidades a superar la tentación de silenciar este gravísimo problema; a acoger y acompañar a las víctimas; a promover programas de formación sobre la dignidad de la mujer y la igualdad en Cristo; a respaldar iniciativas que protejan a las mujeres en situación de riesgo; a promover, en suma, el Evangelio de la vida.
Invito también a la sociedad en su conjunto a evaluar y mejorar las estrategias necesarias para erradicar con eficacia esta lacra, y a promover la formación humana que reciben nuestros jóvenes, de modo que los fortalezca interiormente para reconocer, prevenir y enfrentar la violencia contra la mujer.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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