domingo, 28 de mayo de 2023

Caridad política


Este año, la solemnidad de Pentecostés, con la que culminamos el tiempo de Pascua, coincide con la fecha de las elecciones municipales y autonómicas. Pido al Espíritu Santo que ilumine a los electores y a los que resulten elegidos, en la búsqueda del bien común y en la construcción de un mundo más abierto, solidario y fraterno.

Quisiera aprovechar esta coincidencia para recordar la importancia de participar en política, en los asuntos del conjunto de la ciudadanía, como la educación, la sanidad, los derechos de las personas vulnerables, la organización de la sociedad, la familia, el trabajo, la ecología… A pesar de la bronca que transmiten algunos políticos y los casos de corrupción que van apareciendo, es necesario superar la tentación de “pasar de política”; porque –como afirmara el filósofo Platón– «el precio de desentenderse en política es ser gobernados por los peores hombres».

El modo más inmediato de participar en política es el ejercicio responsable del derecho al voto. Después, en la medida que a cada uno le sea posible, hay otras formas de participación a través de los partidos y las diversas asociaciones o asumiendo responsabilidades en los asuntos comunes de la ciudad, el pueblo o el país.

Por eso, dirijo este llamamiento al laicado de nuestra Iglesia, hombres y mujeres que vivís la fe cristiana en la familia y en el ámbito profesional y social. Si no lo hacéis vosotros, queridos laicos y laicas, ¿quién hará presente el espíritu del Evangelio en el ayuntamiento, en la escuela, en vuestro lugar de trabajo, en la asociación de madres y padres, en el parlamento o en el barrio? Y ¿quién traerá al corazón de la Iglesia “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”? (GS 1).

Recordemos las palabras de san Juan Pablo II: «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política» (CL 42), y las todavía más apremiantes del papa Francisco: «Nosotros, cristianos, no podemos “jugar a Pilato”, lavarnos las manos: no podemos. Tenemos que involucrarnos en la política, porque la política es una de las formas más altas de la caridad, ya que busca el bien común. Y los laicos cristianos deben trabajar en política… La política se ha ensuciado demasiado; pero me pregunto: ¿por qué se ha ensuciado?, ¿porque los cristianos no se han involucrado en política con el espíritu evangélico? … Es fácil decir “la culpa es de ése”, pero yo, ¿qué hago?» (7 de junio de 2013).

Finalmente, deseo reconocer y agradecer el esfuerzo y el sacrificio de tantos hombres y mujeres que, con honradez y generosidad, soportando críticas, presiones e incluso amenazas, se consagran a servir a la sociedad en las responsabilidades públicas. Como dice el papa Francisco, viven una forma singular de caridad: la caridad política.

Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 21 de mayo de 2023

Para comunicar mejor


En la Iglesia andamos preocupados por comunicar mejor. A menudo hablamos de actualizar el lenguaje, utilizar las nuevas tecnologías, etc. Y no es para menos. El Señor nos confió el anuncio del Evangelio a toda la creación (cf. Mc 16,15). Esta misión nos reclama el empeño de comunicar su mensaje del mejor modo posible, para que sea escuchado y pueda calar en el ánimo de los oyentes.

Por ello, queridos hermanos y hermanas de esta Iglesia que peregrina en Teruel y Albarracín, además de reconocer la importancia de aprender y utilizar técnicas de comunicación, me ha parecido conveniente subrayar tres pistas sencillas, conocidas pero algunas veces descuidadas, que nos ayuden a proclamar el Evangelio como el esperanzador anuncio que es:
  1. Comunicar con humildad. No se escucha a gusto a un comunicador que provoca en los oyentes sentimientos de inferioridad. Sin embargo, tal vez sin darnos cuenta, en ocasiones damos la sensación de estar situados por encima de nuestros interlocutores. Salomón, prototipo de persona justa, pidió a Dios sabiduría porque se consideraba «hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes» (Sb 9,5). Por tanto, antes de verter opiniones rotundas sobre los comportamientos humanos, recordemos que también nosotros somos pecadores y que sólo Dios conoce la verdad de lo que hay en el corazón.
  2. Comunicar con amor. Estamos llamados a anunciar y hacer presente el amor de Dios a la humanidad. «Tanto amó Dios al mundo ?dijo Jesús a Nicodemo? que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17). En consecuencia, «la obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza… ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre» (EN 79). Es necesario cuidar especialmente esta actitud cuando debamos corregir o denunciar lo que no está bien. Aprendamos de Jesús en su conversación con la samaritana junto al pozo de Sicar, que logró que se sintiese amada y, al mismo tiempo, reconociese su camino errado.
  3. Comunicar desde la experiencia de fe vivida. Pablo VI dijo que se escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan y, si se escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio. (cf. EN 41). Nuestro mensaje calará cuando detrás de nuestras palabras haya un compromiso sincero por hacer lo que se dice.
Os animo, hermanas y hermanos, a favorecer una comunicación humilde, amable y auténtica. Recibid un cordial saludo en el Señor.

domingo, 14 de mayo de 2023

Nazaret sigue siendo un pueblo pequeño


Tres años y medio han pasado desde que los Obispos de las diócesis de Aragón escribieron una carta pastoral titulada “Nazaret era un pueblo pequeño”, que pretendía explicar cómo la Iglesia ha de continuar al servicio del mundo rural en las presentes circunstancias.

En vísperas de la fiesta de San Isidro labrador, que celebráis tantos hombres y mujeres de Aragón dedicados a cultivar la tierra que nos da el pan de cada día, una severa sequía nos preocupa y acongoja. En una sociedad acelerada como la actual, el mundo rural también está cambiando: han pasado los tiempos en los que era preciso escalonar los cerros y lomas para arrancar a la tierra unas pocas espigas. En la actualidad, nuestros agricultores tienen que vérselas con las exigencias burocráticas para acceder a las ayudas de la Política Agraria Común (PAC). Además, a la escasez de agua se añaden nuevos desafíos: la contaminación de acuíferos, el control de las emisiones de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, las macrogranjas, la implantación de energías renovables, los incendios…

Y, a pesar de los esfuerzos de las Administraciones, el mundo rural se siente marginado en muchos aspectos (sanidad, educación, servicios sociales, comunicaciones, acceso a internet…), porque sigue siendo “un pueblo pequeño”. Los agricultores se quejan de que quienes desconocen los problemas y aspiraciones de los pueblos sean los que toman las decisiones que afectan al mundo rural, y de que no pocas inversiones están inspiradas por intereses electorales más que por las necesidades de los pueblos, con la consiguiente pérdida de población, que cada día es más palpable.

Este panorama reclama un debate sincero, alejado de dudosos intereses económicos y de ideologías apartadas de la realidad, en el que se oiga la voz de los expertos (meteorólogos, geólogos, ingenieros, veterinarios, economistas, ecologistas…), pero también la de los agricultores y ganaderos. Es hora de tomar en consideración y apreciar el valor social y medioambiental que aportan los hombres y mujeres del campo.

En este debate, «es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad… Ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje» (Encíclica Laudato si’ 63). Si atendemos sólo a la economía y olvidamos los valores culturales de nuestros pueblos, no frenaremos problemas como la despoblación.

Termino esta carta con una palabra de reconocimiento a los hombres y especialmente a las mujeres del mundo rural. Además de ocuparos de vuestras casas y de diversas explotaciones familiares, muchas trabajáis por cuenta ajena y colaboráis generosamente en las parroquias y en un sinfín de iniciativas culturales, recreativas y sociales del pueblo. ¡Gracias de corazón!

A pesar de la sequía, que este año ha arruinado tantos cultivos, os deseo un feliz día de San Isidro.

domingo, 7 de mayo de 2023

Cultura de Paz en Aragón


Queridos hermanos y hermanas,

Las guerras destruyen la vida de muchas personas inocentes y provocan un sinfín de daños psicológicos, sociales, medioambientales, económicos… Un ejemplo palpable es la guerra en Ucrania, aunque desgraciadamente son tantos los países en guerra que el papa Francisco ha llegado a decir que estamos en una “tercera guerra mundial a pedazos”.

En España no sufrimos conflictos bélicos, pero padecemos una polarización, que amenaza la cultura de reconciliación a la que habíamos llegado con no poco esfuerzo y generosidad. Frecuentemente sucumbimos a la tentación de etiquetar a las personas en bandos antagónicos, perdiendo la capacidad para reconocer las limitaciones de “los míos” y los aciertos de “los otros”. Con estas actitudes resulta prácticamente imposible alcanzar el consenso que reclaman los temas más decisivos y sensibles para la vida social y la convivencia pacífica de los pueblos.

Estas tensiones podrían agravarse con la campaña electoral previa a los comicios autonómicos y municipales del 28 de mayo. Por ello, hemos creído oportuno advertir de este riesgo y animar a la ciudadanía a favorecer el respeto mutuo y a cuidar la convivencia. No sirve de mucho lamentarse de las guerras entre países, si en el ámbito doméstico no somos capaces de trabajar por la paz, con la mirada puesta en el bien común.

En esta línea, el 9 de marzo de 2023 recibimos una buena noticia: a propuesta del Seminario de Investigación para la Paz de Zaragoza, las Cortes de Aragón aprobaron la Ley de Cultura de Paz, que pretende promover compromisos concretos en el ámbito de la educación, la investigación, los medios de comunicación, las entidades locales, la cooperación internacional y la protección social de las víctimas de violencia.

Se habla de “cultura de paz” porque la paz no se logra sólo con un acto aislado de alto el fuego o de reconciliación, sino que requiere, para que sea estable y duradera, un modo de vivir, de relacionarse, de afrontar los conflictos renunciando a las vías violentas, buscando la justicia y la verdad. Trabajar por la paz es el arte de tender puentes una y otra vez, en cada familia, en cada pueblo o ciudad, en cada nación, aunque las orillas estén lejos o el egoísmo humano haya levantado muros de incomprensión.

La ley es para todos los ciudadanos sin distinción de creencias, pero los cristianos tenemos, además, una motivación fundada en el evangelio de Jesús para comprometernos en favor de esta cultura. Él dijo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz es un don de Dios, que hemos de pedir y ejercitar. «Paz a vosotros» fue el saludo del Resucitado y construir la paz es una de las tareas que nos encomendó. Trabajar por la paz supone colaborar con Jesucristo en su misión de reconciliarnos: con Dios, entre nosotros y con nuestra “casa común”, la hermana-madre tierra, que el Señor nos ha confiado.

Con nuestro reconocimiento y ánimo a todos los hombres y mujeres que, con la gracia de Dios, os empeñáis cada día en ser pacíficos y pacificadores, os saludamos muy cordialmente en el Señor.

+ D. Carlos Manuel Escribano Subías, Arzobispo de Zaragoza
+ D. Julián Ruiz Martorell, Obispo de Huesca y de Jaca
+ D. Ángel Javier Pérez Pueyo, Obispo de Barbastro-Monzón
+ D. José Antonio Satué Huerto, Obispo de Teruel y Albarracín
+ D. Vicente Rebollo Mozos, Obispo de Tarazona

domingo, 30 de abril de 2023

Una llamada que llena la vida


Algunas personas no tienen otro criterio para elegir trabajo que las cifras de la nómina y, aunque un salario digno es necesario para vivir, este camino antes o después provoca insatisfacción. Otras se dejan llevar por el “me apetece / no me apetece”, o cumplen sus obligaciones con desgana de lunes a viernes para poder “disfrutar” el fin de semana. También encontramos a no pocos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, incapaces de salir del pozo del aburrimiento.

Frente a tanta insatisfacción, desgana y aburrimiento, los cristianos queremos compartir una experiencia que da sentido y alegría a nuestra vida: Dios nos valora, cuenta con nosotros y nos llama. En efecto, tú eres importante para Dios. A través del profeta Isaías te declara su amor: «Así dice el Señor, el que te creó, el que te formó: No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre… Tú vales mucho para mí, eres valioso y yo te amo» (cf. Is 43).

Dios cuenta contigo y te llama, no por tu perfección o tu santidad; te llama porque te ama. Dios llamó a Pedro, con su ardor y su prepotencia; a Pablo, con su fanatismo y su inteligencia; a Tomás, con su sinceridad y su falta de fe; a Zaqueo, con sus prácticas corruptas y su deseo de cambiar; a María Magdalena, con sus demonios y su amor fiel. Dios te llama a ti ahora, con tus capacidades y tus limitaciones.

La vida es gris cuando el principal objetivo de la jornada es sobrevivir y, si es posible, pasarlo bien. En cambio, la vida se llena de colores cuando sabemos que Dios nos valora y nos llama, cuando empezamos cada mañana recordando la misión que Él nos confía en favor de personas concretas a las que nos envía: en la familia y entre las amistades, en el barrio o en el pueblo, en el puesto de trabajo y en la comunidad.

Dios cuenta con nosotros y nos llama, pero no siempre sabemos escucharle. A veces esperamos ver una aparición y oír una voz que truene desde el cielo, sin embargo la llamada de Dios resuena en el alma cuando afinamos el oído en la oración y abrimos los ojos al sufrimiento y a las esperanzas de las personas.

Ojalá todos los bautizados y bautizadas –sacerdotes, religiosos y laicos– vivamos en una actitud permanente de escucha atenta y de respuesta generosa a las llamadas de Dios, promoviendo así una nueva cultura vocacional que contagie a los jóvenes y niños el gozo de buscar y cumplir la voluntad de Dios, en la vida religiosa, sacerdotal, laical, matrimonial, misionera…

Ponte en camino, no esperes más, Dios te llama hoy, para darte una alegría que nadie podrá arrebatarte, una alegría que crecerá en la medida que la compartas. Recibe un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 23 de abril de 2023

San Jorge y el dragón


Cuenta la leyenda que San Jorge, patrón de nuestra tierra, venció a un terrible dragón, que había devorado a mucha gente en una ciudad. ¿Hay ahora algún dragón que campe por sus respetos, cobrándose la vida de muchas personas sin que nadie se atreva a hacerle frente? Tiempo atrás planteé esta pregunta, a través de las redes sociales, y recibí muchas respuestas: ahora el dragón es la indiferencia, la desmotivación, el machismo, el miedo, la inseguridad, la soledad, el ansia de poder, la corrupción, la mentira, la violencia…

Después de leer estas aportaciones, se afianzó en mí la convicción de que uno de los dragones más temibles de nuestra sociedad es el vacío existencial: no encontrar sentido a la vida. El fundador de la logoterapia, el psicólogo Viktor Frankl, escribió ya hace cincuenta años: «El problema de nuestro tiempo es que la gente se encuentra atrapada en una penetrante sensación de falta de sentido… Puede que la gente tenga lo suficiente para vivir, pero no tiene suficientemente claro para qué vivir». Personalmente, tengo la impresión de que este problema va en aumento.

Puede que a algunos les parezca un dragón inofensivo, pero los datos que se publican cada día ponen de manifiesto su fuerza destructiva. Ahí está, por ejemplo, el aumento del número de suicidios: en el año 2021, España superó por primera vez la barrera de los cuatro mil. Otro indicador significativo es la salud mental de los niños y jóvenes: según Unicef, más del 20% de la población entre los 10 y los 19 años sufre algún problema de salud mental diagnosticado. Y a pesar de estos datos, no parece que el sinsentido existencial figure entre los asuntos prioritarios en la agenda de los gobernantes o en los temarios de las universidades.

¿Qué podemos hacer? Apunto tres pistas, que animo a completar y concretar por parte de nuestras familias, grupos y comunidades:

  1. Fomentar la dimensión espiritual de la persona. Por encima del credo y de la ideología de cada cual, es preciso cultivar esa dimensión interior o espiritual, que es la fuente de la que brota en nosotros el sentido y la alegría de vivir.
  2. Favorecer el encuentro y la solidaridad. El individualismo y la indiferencia hacia los demás favorecen las injusticias y empobrecen la vida, mientras que el encuentro y la solidaridad activan nuestra capacidad para hacer el bien y nos llevan a ser más felices.
  3. Potenciar una moral sana frente a la aireada convicción de que “todo está bien mientras no hagas mal a nadie”, porque este principio moral, que no tiene en cuenta la verdad del ser humano, nos arrastra hacia un plano inclinado de frustraciones que resulta difícil de remontar.
El dragón del sinsentido, como el de San Jorge, es peligroso, pero no imbatible. ¡Unamos fuerzas para vencerlo!

domingo, 9 de abril de 2023

Buena noticia


Aunque deseamos escuchar buenas noticias, normalmente nos cuesta creerlas. También la buena noticia de la resurrección de Jesús encontró serias resistencias. María Magdalena estaba tan cerrada a la posibilidad de que Jesús volviera a la vida que, cuando se encontró con Él, lo confundió con el hortelano (cf. Jn 20,15). Los apóstoles no creen a las mujeres que les anuncian la resurrección del Maestro y tomaron sus palabras por un delirio (cf. Lc 24,11). A pesar de que Jesús les anunció su resurrección, a todos sus seguidores les costó creer.

Quizá el más testarudo fue el apóstol Tomás, quien se atrevió a pedir una prueba inequívoca: «Si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20,25). Estas exigencias son –sin duda– excesivas. Sin embargo, en su terquedad se esconden al menos dos intuiciones muy sabias. Primera: no basta creer en la resurrección por el testimonio de otros; es necesario encontrarse con el Resucitado y experimentar cómo nos contagia su vida nueva. Segunda: las llagas del mundo y nuestras propias llagas son el mejor espacio para este encuentro.

Sí, realmente podemos encontrarnos con el Resucitado, cuando vivimos la misericordia y la solidaridad con las personas llagadas por el sufrimiento, la enfermedad o la desesperanza; cuando vivimos con fe la celebración de los sacramentos y percibimos su fuerza salvadora; cuando intuimos su presencia en la comunidad de los creyentes que comparten su fe y sus bienes; cuando le confiamos nuestros miedos, sufrimientos y preocupaciones y Él nos contagia su amor, su consuelo y su paz.

Muchos hombres y mujeres han narrado como Jesús Resucitado se ha hecho el encontradizo y ha transformado sus llagas en fuente de vida. El testimonio de la filósofa y activista Simone Weil es impresionante: «En un momento de intenso dolor físico, mientras me esforzaba en amar, pero sin creerme con derecho a dar un nombre a ese amor, sentí… una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que se transparentaría a través de la más tierna sonrisa de un ser amado. Desde ese instante, el nombre de Dios y el de Cristo se han mezclado de forma cada vez más irresistible en mis pensamientos». Otras personas cuentan cómo han percibido la presencia del Resucitado en la fuerza que han sentido para afrontar un problema, perdonar una traición, encajar la muerte de un ser querido o luchar por un mundo más justo.

Cuando experimentamos que Dios es capaz de convertir nuestras llagas y las llagas del mundo en manantiales de vida, podemos afrontar con esperanza cualquier dificultad e incluso la misma muerte. ¡Cree, vive y comunica la Buena Noticia! ¡Jesús ha resucitado y quiere compartir con la humanidad su vida nueva! ¡Feliz Pascua!

Misión Diocesana: una Iglesia sinodal en misión

Juan Manuel Barreiro, misionero malagueño en Venezuela, bautizando a un niño Queridos hermanos y hermanas: Cada año nuestra diócesis dirig...