domingo, 8 de mayo de 2022
Romerías
Hay quienes dicen que la religiosidad popular se centra más en el sufrimiento de la pasión que en la alegría de la resurrección. Es evidente que la escenografía de nuestras procesiones de Semana Santa sigue los “pasos” que llevaron a Jesús a su dolorosa muerte. También es cierto que los seres humanos somos proclives a conmovernos con los que sufren más que a empatizar con los que se sienten felices. El dolor suscita compasión, mientras que el éxito provoca envidia en no pocas ocasiones.
No obstante, la religiosidad popular también se manifiesta en las romerías, que, en nuestra tierra aragonesa, suelen coincidir con el tiempo pascual. Tanto las procesiones de Semana Santa como las romerías de Pascua han arraigado profundamente en la vida de los pueblos. De hecho, atraen a muchos jóvenes y adultos que habitualmente no celebran la fe cada domingo en su parroquia.
Hemos de reconocer y promover los muchos valores que dan fuerza a estas manifestaciones de religiosidad popular. En las romerías, salimos de la comodidad de nuestras casas, para avanzar juntos hacia la ermita, que se convierte en el símbolo de una meta espiritual. La Santísima Virgen y los Santos son los acompañantes y guías de nuestro caminar. Disfrutamos de la creación, que resucita cada primavera. Nos sentimos miembros de una misma comunidad, aunque pertenezcamos a familias y pueblos diversos. Se fomenta la convivencia y la participación de todos… En este ambiente humano y espiritual, la Eucaristía tiene un lugar ideal de celebración, llega a ser el centro de la romería y se prolonga en la mesa compartida, puesto que la Comunión eucarística reclama siempre comunión de vida.
Pido al Espíritu del Señor que nos ilumine, para que seamos capaces de aprovechar las posibilidades que las romerías nos ofrecen para humanizar nuestras vidas y acercarnos más al Evangelio de Jesús. Que Él inspire en todos nosotros el deseo y el acierto para corregir las desviaciones que puedan darse en las romerías y, al mismo tiempo, sepamos introducir algunos elementos que a veces están ausentes, como la preparación espiritual previa y la solidaridad con los pobres. De este modo, quienes participamos en ellas nos daremos cuenta con más claridad de las raíces de lo que hacemos y festejamos, raíces que pueden convertirse en fuente de inspiración y de fuerza en el trabajo y la convivencia de cada día; también podremos disfrutar de una experiencia hermosa de Iglesia, que peregrina unida al encuentro con Cristo Resucitado, camino, verdad y vida.
¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Cristo Resucitado también te espera en esa ermita tan querida para ti. Él caminará a tu lado y lo reconocerás en la fracción del pan, como los discípulos que marchaban hacia Emaús.
María, te acompaña, para que puedas encontrarte con su Hijo y gozar, con ella y como ella, de su vida resucitada y resucitadora. Amén.
domingo, 1 de mayo de 2022
Trabajo y dignidad
Aunque este año en el 1 de mayo celebramos el III Domingo de Pascua y la memoria de San José Obrero queda litúrgicamente en segundo plano, no podemos ignorar, ni como cristianos ni como ciudadanos, el impacto social del Día Internacional de los Trabajadores, así como sus justas reivindicaciones.
No todas las personas son tratadas con respeto ni disfrutan de condiciones dignas de trabajo. Muchas ni tan siquiera pueden contar con un empleo estable y seguro con el que ganar el sustento diario. También hay quienes, obsesionados con su trabajo, desatienden a sus familias y ponen en riesgo su salud, o trabajan únicamente pensando en ganar cada día más, para mejorar su estatus de vida y de consumo. Y, gracias a Dios, conocemos a hombres y mujeres que trabajan responsablemente y además dedican parte de su tiempo en favor del bien común y de los desfavorecidos.
Ante estas y otras realidades que presenta el mundo del trabajo, me ha parecido oportuno subrayar algunos principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de que podamos situarnos evangélicamente en este ámbito, esencial para el desarrollo de la persona, la familia y la sociedad.
Recordemos, en primer lugar, que el trabajo humano continúa la tarea creadora de Dios; es una vocación recibida de Dios al concluir la creación del universo. Por ello, el trabajo nos hace semejantes a Dios, porque con el trabajo somos capaces de crear.
El trabajo es, además, un deber social. Somos herederos del trabajo realizado por generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido y somos artífices del futuro de quienes vivirán después de nosotros.
Por ello, el acceso a un trabajo digno es un derecho que la sociedad y sus gobernantes deben procurar a todos los ciudadanos, particularmente a los jóvenes. “Es difícil tener dignidad sin trabajar… Trabajo quiere decir llevar el pan a casa, trabajo quiere decir amar” (Francisco, 22/9/2013).
Apostar por un trabajo digno supone rechazar las tendencias materialistas y economicistas, que reducen a las personas a meros instrumentos o a piezas del engranaje de la producción, y unir nuestras voces a la del papa Francisco cuando denuncia la trata de personas, la esclavitud laboral que sufren los niños en muchos países y las condiciones de trabajo indignas en las que se debaten tantos seres humanos, sobre todo inmigrantes.
Finalmente, quisiera señalar que la Doctrina Social de la Iglesia advierte que no se debe ceder a la tentación de idolatrar el trabajo, porque el sentido último y definitivo de la vida humana está en Dios, fuente de vida, y no en el trabajo.
En este Día Internacional de los Trabajadores, uno mi oración y compromiso con el vuestro y el de tantos hombres y mujeres que se esfuerzan para conseguir que el trabajo humano recupere su dignidad para todas las personas, en nuestra tierra y más allá de nuestras fronteras.
domingo, 24 de abril de 2022
Antorchas de Pascua
Aún resuena el grito dramático de Cristo en el Viernes Santo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Aquella tarde el Padre se mantuvo en silencio, pero al tercer día, pronunció una palabra que iluminó la noche y movió la fría losa que tapaba la entrada del sepulcro: «¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!»
No hubo testigos, porque los únicos que estaban allí eran unos guardias somnolientos. Pero desde aquel domingo, el Resucitado se fue encontrando con los suyos y les transmitió el fuego de una vida nueva. Ellos, a su vez, se fueron convirtiendo, no sin vacilaciones, en antorchas que encendieron el mismo fuego en otros. Este es el doble movimiento de la Pascua: dejarse prender por el fuego del Resucitado y prenderlo en otras personas.
¿Cómo avivar el fuego de Jesús, que recibimos en el Bautismo, para que Él siga resucitando nuestra vida, tantas veces mortecina, y nos convierta en antorchas? El relato de los que se marchaban a Emaús (Lc 24, 13-35) nos brinda algunas pistas: acoger a las personas que encontramos por el camino, como ellos acogieron a aquel viajero desconocido que resultó ser Jesús; confiar al Resucitado nuestras esperanzas y decepciones, como hicieron aquellos discípulos; abrirnos a la luz de la Palabra que Jesús les recordó y explicó; compartir el techo y el pan, volver a la comunidad y contar a los hermanos que sus corazones ardían al escucharle.
En este tiempo de Pascua, también resulta muy provechoso leer las apariciones del Resucitado que narran los Evangelios, como si estuviésemos en aquel lugar y en aquel tiempo. Así podremos pasar desde la tristeza a la alegría, con María Magdalena; desde la incredulidad y el miedo a la fe y a la valentía, con los apóstoles; desde el desánimo a la esperanza, con los de Emaús; y desde la arrogancia al amor humilde, con Pedro.
¿Cómo encender en otros el fuego del Resucitado? El papa Francisco nos ofrece algunas indicaciones: «Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los demás; cuando sabemos sonreír con quien sonríe y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y corre el riesgo de perder la esperanza; cuando transmitimos nuestra experiencia de fe a quien está en búsqueda de sentido y felicidad. Con nuestra actitud, con nuestro testimonio, con nuestra vida decimos: ¡Jesús ha resucitado!» (Regina coeli, 06/04/2015).
Tengamos en cuenta que los hombres y mujeres de hoy nos parecemos mucho a Tomás, el Mellizo, que no creyó en la resurrección hasta que se encontró con Jesús. Por tanto, anunciemos la resurrección explicando con humildad como la fuerza, la luz y la alegría del Resucitado han transformado nuestra vida; allanando así el camino para que otras personas puedan descubrirle, acogerle y experimentar su amor y su gracia.
¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Vosotros sois las antorchas del Resucitado.
domingo, 10 de abril de 2022
Semana Santa
Nos adentramos ya en la espesura de la Semana Santa. Tratemos de profundizar en un momento significativo de la pasión de Cristo, para conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo más de cerca.
Es impresionante la escena de Jesús en el huerto de Getsemaní. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas nos proporcionan algunos datos que nos ayudan a situarnos junto a Jesús en aquella “hora”. El Maestro quiso la compañía de tres amigos cercanos: Pedro, Santiago y Juan; «se arrancó de ellos», con esfuerzo y dolor, y se puso a rezar. Le invadió una profunda tristeza y el abatimiento fue creciendo en su alma. Buscó el consuelo de sus amigos y les dijo: «Triste está mi alma hasta la muerte». Tal era su angustia que «le entró un sudor que caía hasta el suelo, como si fueran gotas espesas de sangre». Y seguía rezando con intensidad: «Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Por amor, Jesús había compartido con sus amigos la belleza de sus parábolas y la fuerza de sus milagros, y ahora comparte con ellos su tristeza, su angustia y su agonía. También aquí nos muestra el camino a seguir. No podemos comunicar nuestra debilidad a cualquiera, pero ¡cuánto bien nos hace desnudar el alma ante personas que nos pueden comprender, acoger y abrazar, al estilo de Dios!
Sobrecoge, sobre todo, la lucha interior de Jesús, para no desviarse del camino de su misión. Habría podido escapar por el desierto y evitar tantos sufrimientos, pero se mantuvo fiel a Dios Padre, que lo había enviado a la humanidad, para mostrarnos su amor, un amor total, que no se echa atrás cuando llegan las dificultades, el sufrimiento y hasta la misma muerte; el único amor que puede salvarnos.
Martín Descalzo comenta esta lucha íntima diciendo: «sus labios temblaban, pero no los apartaría de este cáliz». Contemplando a Jesús rezando en medio del abatimiento, comprendemos aquellas palabras de la liturgia: «cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada». Es verdad que Jesús fue traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y condenado por los sumos sacerdotes y por Pilato; pero no diríamos toda la verdad si no afirmásemos también que él aceptó voluntariamente la pasión y la muerte, por ser fiel al Padre y por amor a la humanidad.
Esta lucha suprema de Jesús ilumina nuestras luchas diarias, cuando discernimos qué camino tomar: ¿la honradez o la corrupción?, ¿la verdad o la mentira?, ¿el bien común o los intereses personales?, ¿la solidaridad o la indiferencia?, ¿el amor o la propaganda?, ¿la fidelidad o el capricho?, ¿el Reino de Dios o mi reino?
Contemplemos a Jesús, en su pasión y muerte, como si estuviésemos presentes en aquella tierra y en aquel momento. Dejémonos impactar por sus palabras, gestos y silencios. ¡Vivamos una Semana verdaderamente Santa!
domingo, 3 de abril de 2022
“Procesionar” a Jesús
Pronto saldrán por nuestras calles los “pasos” de la Semana Santa, suscitando profundos sentimientos religiosos, en quienes los portan y en muchos de los que los contemplan. Es ahora el momento oportuno para recordar que sacar en procesión aquellos momentos de la pasión y muerte de Jesús, representados en esos “pasos”, supone enaltecer a una persona que fue condenada a muerte por la envidia de unos, el fanatismo de otros, el miedo de algunos a perder el poder, el silencio de tantos y el griterío de una masa manipulada. Esa visualización del dolor de Cristo nos recuerda hasta dónde llegan las consecuencias del pecado y la injusticia, y pone ante nuestros ojos a muchos hombres, mujeres y niños que ahora sufren, sin merecerlo, junto a nosotros, en Ucrania y en demasiados rincones del mundo.
Sacar en procesión la pasión de Cristo nos descubre que Dios lucha, con un realismo e intensidad inimaginables, contra el mal que habita en el mundo. El papa Francisco ha dicho: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón” (29 de marzo de 2013). Por ello, los discípulos de Jesús debemos implicarnos decididamente en la lucha contra la injusticia, utilizando las mismas armas que el Señor: la verdad, el bien, el amor, el servicio y la entrega hasta el extremo; y rechazando, por tanto, la tentación de recurrir a la violencia, que engendra todavía más sufrimiento.
Sacar en procesión a Cristo lleva consigo la llamada a descubrir que Dios ama a la humanidad y a cada uno de nosotros, pues envió a su Hijo al mundo para mostrarnos su amor entrañable y enseñarnos un nuevo modo de vida. Por amor, Jesús predicó, curó y rezó al Padre; por amor no se escondió cuando su vida corrió peligro y aceptó voluntariamente la cruz; y por amor murió y resucitó, para que compartamos con él una vida nueva, plena y eterna.
Lo mismo que para sacar un “paso” en procesión necesitamos unir fuerzas y arrimar nuestro hombro al de otros hermanos, en esta lucha contra el mal y en el trabajo por el Reino de Dios, hemos de colaborar de igual modo, dejando a un lado protagonismos estériles. A veces, nos parece que solos avanzamos más deprisa, hasta que caemos en la cuenta de que necesitamos a los otros. Del mismo modo, en la familia y en la comunidad cristiana, caminando y trabajando juntos logramos deshacer las dificultades y multiplicar los éxitos y las alegrías.
Con mi deseo de que los “pasos” de la pasión de Jesucristo, que saldrán por nuestras calles, nos ayuden a contemplarlo y a implicarnos para mejorar nuestro mundo, como Él y con Él, os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
domingo, 27 de marzo de 2022
Somos comunidad, somos Iglesia
Hace algún tiempo, en un viaje, un joven, al ver mi distintivo sacerdotal, me dijo que él era católico. Le pregunté cuál era su comunidad o su parroquia. Respondió: “No tengo comunidad, creo en Dios y, cuando puedo, hago el bien y voy a Misa”. Mi interlocutor vivía su fe al margen de una comunidad concreta. Aunque esto no es lo habitual, lo cierto es que muchos cristianos van a su parroquia regularmente, sin considerarla su comunidad.
Esta realidad, a la que quizá nos hemos acostumbrado, contrasta con la vivencia de los primeros cristianos. Aunque sus comunidades no eran perfectas, no perdieron de vista el ideal descrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos… El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (He 2,44-47; 4,32).
Así, el Papa Francisco recuerda frecuentemente la necesidad de vivir la fe en comunidad: “Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es «soy cristiano», el apellido es «pertenezco a la Iglesia»… Nadie llega a ser cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos rezar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si lo sentimos cercano y lo reconocemos en los hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido… Este camino lo podemos vivir no sólo gracias a otras personas, sino junto a otras personas… No podemos ser buenos cristianos si no es junto a todos aquellos que buscan seguir al Señor Jesús, como un único pueblo, un único cuerpo, y esto es la Iglesia” (25 de junio de 2014).
Necesitamos avanzar por este camino comunitario (sinodal) en la Iglesia y, en particular, en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín. Es vital para fortalecer nuestra fe y para hacer más eficaz la misión que el Señor nos ha confiado. Si nuestras comunidades progresan en fraternidad, hacia dentro, y en solidaridad, hacia fuera; otras personas podrán decir: “Mirad como se aman” y nuestra Iglesia crecerá “no por proselitismo, sino por atracción”, tal como señaló Benedicto XVI. En cambio, si en nuestros grupos y parroquias no se percibe más claramente la alegría de vivir como hermanos y hermanas, de poco servirán los esfuerzos por cuidar más las celebraciones, la catequesis y el servicio a los pobres.
El próximo sábado 2 de abril tendremos la ocasión de sentirnos Iglesia, en la Asamblea Diocesana, abierta a todos, que acogerá el Colegio Las Viñas. Juntos daremos un paso adelante en nuestro proceso sinodal, compartiendo reflexión, oración, experiencias, diversión y una buena paella. ¡Inscríbete en cualquier parroquia, cuanto antes! ¡Te esperamos!
domingo, 20 de marzo de 2022
Sacerdotes
Los sacerdotes tenemos un estilo de vida poco común: no vivimos en pareja, ganamos poco dinero, hemos perdido prestigio social y no nos faltan dificultades para llevar a puerto la misión que se nos ha encomendado. Aparentemente, tenemos pocos motivos para ser felices. Sin embargo y a pesar de todo ello, la mayor parte de nosotros damos gracias a Dios por nuestra vocación.
¿De qué fuente brota nuestra alegría? Como todos los bautizados, nos sabemos amados, perdonados, elegidos y enviados por Dios. Además, en el ejercicio de nuestro sacerdocio, tenemos la oportunidad de “tocar a Dios”, en la Eucaristía y en los corazones de muchas personas, que nos confían sus sufrimientos y sus esperanzas, sus fracasos y sus logros. En esa verdad desnuda, de tantos hombres y mujeres, descubrimos como Dios los acompaña, anima, consuela, cura y salva.
Percibimos que, a pesar de nuestra pobreza, somos colaboradores e instrumentos de Dios, que ha querido tener “necesidad” de nosotros, para acercarse a otros seres humanos y realizar su obra en muchos corazones que, confiadamente, se abren a su amor. Experimentamos que Dios se manifiesta a través de nuestro humilde servicio, dejando una huella preciosa en los hermanos que vienen a nosotros, buscando el consuelo divino. Así, estas vivencias producen en nosotros un gozo profundo y verdadero.
Gracias a Dios, nunca nos falta el cariño de las comunidades a las que servimos. A veces, incluso gozamos del aprecio de personas ajenas a la Iglesia, que valoran nuestra contribución a la sociedad. ¡Cuánta buena gente hay en nuestras Parroquias, que, sin dejarse vencer por los intereses egoístas que predominan en el ambiente, se compromete en favor de la Iglesia y de la humanidad! ¡Cuántas personas nos motivan con su profunda experiencia de Dios! Esta buena gente comprende nuestra fragilidad, perdona nuestros errores y nos anima a ser mejores pastores. Sus detalles de cariño nos demuestran que Dios jamás se deja ganar en generosidad.
Por estos y otros muchos motivos, aliento a los jóvenes a plantearse que tal vez Dios los está llamando a ser sacerdotes, y animo a las familias a valorar esta vocación como un camino que puede engrandecer la vida de sus hijos. Asimismo, quisiera recordar que Dios sigue llamando, también ahora y en esta tierra, y que la pastoral juvenil y vocacional es tarea de todos. Entre todos hemos de anunciar a los jóvenes que “Dios no quita nada y lo da todo” (Benedicto XVI). Con el testimonio de una vida gozosamente entregada, podemos transmitir que responder a la llamada de Dios es fuente de alegría, de libertad, de amor y de esperanza.
Con sincero afecto, doy gracias a Dios por los sacerdotes y los seminaristas de esta Diócesis de Teruel y Albarracín, pido para ellos la protección de San José y os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.
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