domingo, 22 de mayo de 2022

Enfermos que curan


Recuerdo mi visita, en el hospital, a una enferma muy querida para mí. Me contó su estado de ánimo, sus miedos, sus esperanzas, su modo de orar en la enfermedad… No he olvidado aquella conversación ni la extraña envidia que sentí, al darme cuenta de que ella, a pesar de sus limitaciones y graves problemas de salud, estaba aprovechando y disfrutando la vida más que yo.

No sé si fui capaz de animarla, pero estoy seguro de que aquel encuentro fue realmente sanador para mí. Me ayudó a caer en la cuenta de lo poco que valoro y agradezco la salud, la posibilidad de moverme, de trabajar, de encontrarme con amigos… Me hizo entender que es posible aprender a confiar, a compartir y amar en todas las situaciones de la vida, por complejas y dolorosas que sean. Y, sobre todo, me sirvió para conocer mejor a Dios, que siempre está a nuestro lado, también cuando nos resulta difícil percibirlo, ofreciéndonos su mano para rescatarnos de la soledad y de la desesperanza.

El encuentro con los enfermos, especialmente cuando padecen patologías graves y prolongadas, es doloroso. Sin embargo, en esta sociedad que muestra tan escasa tolerancia al dolor y a la frustración, hay que reivindicar el poder sanador y humanizador que tiene la cercanía de las personas enfermas.

Por ello, me atrevo a deciros una palabra de esperanza, con motivo de la Pascua del enfermo, en primer lugar a vosotros, enfermas y enfermos; para que no os encerréis a solas con vuestro dolor y os atreváis a compartir vuestros miedos, preocupaciones y anhelos, con Dios y también con la familia, con los amigos de confianza, con los sacerdotes y los agentes de pastoral de la salud. Aunque podáis sentiros una carga, no dudéis de que aportáis mucho a vuestras familias y a las personas que os rodean.

También desearía dirigirme a quienes tenéis miedo a la enfermedad y os resulta difícil visitar a los enfermos, o a quienes buscáis ansiosamente en un fármaco el alivio de cualquier sufrimiento físico o psicológico. Tratad de acercaros a quienes sufren, para experimentar su fuerza sanadora, y tened en cuenta que el dolor y la enfermedad no sólo nos hablan del final de la existencia, sino que también pueden abrirnos la puerta a una vida más humana, más esperanzada y más confiada en el amor de Dios.

Quiero, además, dar gracias a Dios por todo el personal sanitario y por los que ejercéis de buenos samaritanos con los enfermos, en las familias, los hospitales y las residencias. Aunque en muchas ocasiones os podáis sentir impotentes, sabed que hacéis mucho bien con vuestra cercanía y con vuestro acompañamiento respetuoso y cordial. Y dejaos cuidar, para que podáis vivir con dedicación y cariño ese “ministerio de consolación” que ejercéis con los hermanos enfermos.

A todos, hermanas y hermanos, os saludo muy cordialmente en el Señor.

domingo, 15 de mayo de 2022

Cosechar lo que otros sembraron


En mis visitas a las parroquias y pueblos de esta Diócesis, me encuentro con muchísimas personas buenas, generosas, religiosas, humildes, capaces de grandes sacrificios por amor. Cuando puedo conocerlas un poco, compruebo que no son así por casualidad, sino porque hubo quien sembró en ellas la semilla de la fe, de la honradez y de muchos otros valores, que Dios ha hecho fructificar. Entonces, experimento la alegría de cosechar lo que otros sembraron y doy gracias a Dios de corazón.

Estas experiencias me reafirman en la convicción de que somos lo que somos gracias a la buena gente que nos ha precedido: generaciones de hombres y mujeres que, con las limitaciones propias de lo humano, empeñaron su vida en sembrar lo mejor de sí mismas en sus hijos y nietos.

Cuando caemos en la cuenta de esta realidad, nos alejamos tanto del orgullo como de la desesperanza. Si el orgullo nos hace pensar que las cosas buenas que hacemos se deben exclusivamente a nuestro esfuerzo, la vida y la Palabra nos recuerdan: «¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué viene tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? » (1 Cor 4, 7). Y cuando no nos faltan motivos para la desesperanza, la presencia de tantas personas buenas es un signo elocuente del amor de Dios, que nos acompaña y sostiene continuamente, tal como Jesús nos prometió: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

También nosotros hemos de sembrar semillas de fe, de ternura, de esfuerzo, de solidaridad en la familia, en la comunidad cristiana y en las personas con las que convivimos, para que no se rompa la cadena de bondad que hace posible la vida humana en la tierra, sabiendo que otros cosecharán lo que ahora nosotros sembramos. Hemos de sembrar con realismo y paciencia, pues hasta que el grano de trigo no se pudre en el corazón de la tierra, no brota la espiga. Sembremos con esperanza, ya que la muerte y resurrección del Señor Jesús, en quien creemos, nos convencen de que el amor siempre es fecundo y, como ha dicho el papa Francisco, «tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida» (Evangelii Gaudium, 279).

Os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

domingo, 8 de mayo de 2022

Romerías


Hay quienes dicen que la religiosidad popular se centra más en el sufrimiento de la pasión que en la alegría de la resurrección. Es evidente que la escenografía de nuestras procesiones de Semana Santa sigue los “pasos” que llevaron a Jesús a su dolorosa muerte. También es cierto que los seres humanos somos proclives a conmovernos con los que sufren más que a empatizar con los que se sienten felices. El dolor suscita compasión, mientras que el éxito provoca envidia en no pocas ocasiones.

No obstante, la religiosidad popular también se manifiesta en las romerías, que, en nuestra tierra aragonesa, suelen coincidir con el tiempo pascual. Tanto las procesiones de Semana Santa como las romerías de Pascua han arraigado profundamente en la vida de los pueblos. De hecho, atraen a muchos jóvenes y adultos que habitualmente no celebran la fe cada domingo en su parroquia.

Hemos de reconocer y promover los muchos valores que dan fuerza a estas manifestaciones de religiosidad popular. En las romerías, salimos de la comodidad de nuestras casas, para avanzar juntos hacia la ermita, que se convierte en el símbolo de una meta espiritual. La Santísima Virgen y los Santos son los acompañantes y guías de nuestro caminar. Disfrutamos de la creación, que resucita cada primavera. Nos sentimos miembros de una misma comunidad, aunque pertenezcamos a familias y pueblos diversos. Se fomenta la convivencia y la participación de todos… En este ambiente humano y espiritual, la Eucaristía tiene un lugar ideal de celebración, llega a ser el centro de la romería y se prolonga en la mesa compartida, puesto que la Comunión eucarística reclama siempre comunión de vida.

Pido al Espíritu del Señor que nos ilumine, para que seamos capaces de aprovechar las posibilidades que las romerías nos ofrecen para humanizar nuestras vidas y acercarnos más al Evangelio de Jesús. Que Él inspire en todos nosotros el deseo y el acierto para corregir las desviaciones que puedan darse en las romerías y, al mismo tiempo, sepamos introducir algunos elementos que a veces están ausentes, como la preparación espiritual previa y la solidaridad con los pobres. De este modo, quienes participamos en ellas nos daremos cuenta con más claridad de las raíces de lo que hacemos y festejamos, raíces que pueden convertirse en fuente de inspiración y de fuerza en el trabajo y la convivencia de cada día; también podremos disfrutar de una experiencia hermosa de Iglesia, que peregrina unida al encuentro con Cristo Resucitado, camino, verdad y vida.

¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Cristo Resucitado también te espera en esa ermita tan querida para ti. Él caminará a tu lado y lo reconocerás en la fracción del pan, como los discípulos que marchaban hacia Emaús.

María, te acompaña, para que puedas encontrarte con su Hijo y gozar, con ella y como ella, de su vida resucitada y resucitadora. Amén.

domingo, 1 de mayo de 2022

Trabajo y dignidad


Aunque este año en el 1 de mayo celebramos el III Domingo de Pascua y la memoria de San José Obrero queda litúrgicamente en segundo plano, no podemos ignorar, ni como cristianos ni como ciudadanos, el impacto social del Día Internacional de los Trabajadores, así como sus justas reivindicaciones.

No todas las personas son tratadas con respeto ni disfrutan de condiciones dignas de trabajo. Muchas ni tan siquiera pueden contar con un empleo estable y seguro con el que ganar el sustento diario. También hay quienes, obsesionados con su trabajo, desatienden a sus familias y ponen en riesgo su salud, o trabajan únicamente pensando en ganar cada día más, para mejorar su estatus de vida y de consumo. Y, gracias a Dios, conocemos a hombres y mujeres que trabajan responsablemente y además dedican parte de su tiempo en favor del bien común y de los desfavorecidos.

Ante estas y otras realidades que presenta el mundo del trabajo, me ha parecido oportuno subrayar algunos principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, con el fin de que podamos situarnos evangélicamente en este ámbito, esencial para el desarrollo de la persona, la familia y la sociedad.

Recordemos, en primer lugar, que el trabajo humano continúa la tarea creadora de Dios; es una vocación recibida de Dios al concluir la creación del universo. Por ello, el trabajo nos hace semejantes a Dios, porque con el trabajo somos capaces de crear.

El trabajo es, además, un deber social. Somos herederos del trabajo realizado por generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido y somos artífices del futuro de quienes vivirán después de nosotros.

Por ello, el acceso a un trabajo digno es un derecho que la sociedad y sus gobernantes deben procurar a todos los ciudadanos, particularmente a los jóvenes. “Es difícil tener dignidad sin trabajar… Trabajo quiere decir llevar el pan a casa, trabajo quiere decir amar” (Francisco, 22/9/2013).

Apostar por un trabajo digno supone rechazar las tendencias materialistas y economicistas, que reducen a las personas a meros instrumentos o a piezas del engranaje de la producción, y unir nuestras voces a la del papa Francisco cuando denuncia la trata de personas, la esclavitud laboral que sufren los niños en muchos países y las condiciones de trabajo indignas en las que se debaten tantos seres humanos, sobre todo inmigrantes.

Finalmente, quisiera señalar que la Doctrina Social de la Iglesia advierte que no se debe ceder a la tentación de idolatrar el trabajo, porque el sentido último y definitivo de la vida humana está en Dios, fuente de vida, y no en el trabajo.

En este Día Internacional de los Trabajadores, uno mi oración y compromiso con el vuestro y el de tantos hombres y mujeres que se esfuerzan para conseguir que el trabajo humano recupere su dignidad para todas las personas, en nuestra tierra y más allá de nuestras fronteras.

domingo, 24 de abril de 2022

Antorchas de Pascua


Aún resuena el grito dramático de Cristo en el Viernes Santo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Aquella tarde el Padre se mantuvo en silencio, pero al tercer día, pronunció una palabra que iluminó la noche y movió la fría losa que tapaba la entrada del sepulcro: «¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!»

No hubo testigos, porque los únicos que estaban allí eran unos guardias somnolientos. Pero desde aquel domingo, el Resucitado se fue encontrando con los suyos y les transmitió el fuego de una vida nueva. Ellos, a su vez, se fueron convirtiendo, no sin vacilaciones, en antorchas que encendieron el mismo fuego en otros. Este es el doble movimiento de la Pascua: dejarse prender por el fuego del Resucitado y prenderlo en otras personas.

¿Cómo avivar el fuego de Jesús, que recibimos en el Bautismo, para que Él siga resucitando nuestra vida, tantas veces mortecina, y nos convierta en antorchas? El relato de los que se marchaban a Emaús (Lc 24, 13-35) nos brinda algunas pistas: acoger a las personas que encontramos por el camino, como ellos acogieron a aquel viajero desconocido que resultó ser Jesús; confiar al Resucitado nuestras esperanzas y decepciones, como hicieron aquellos discípulos; abrirnos a la luz de la Palabra que Jesús les recordó y explicó; compartir el techo y el pan, volver a la comunidad y contar a los hermanos que sus corazones ardían al escucharle.

En este tiempo de Pascua, también resulta muy provechoso leer las apariciones del Resucitado que narran los Evangelios, como si estuviésemos en aquel lugar y en aquel tiempo. Así podremos pasar desde la tristeza a la alegría, con María Magdalena; desde la incredulidad y el miedo a la fe y a la valentía, con los apóstoles; desde el desánimo a la esperanza, con los de Emaús; y desde la arrogancia al amor humilde, con Pedro.

¿Cómo encender en otros el fuego del Resucitado? El papa Francisco nos ofrece algunas indicaciones: «Nosotros anunciamos la resurrección de Cristo cuando su luz ilumina los momentos oscuros de nuestra existencia y podemos compartirla con los demás; cuando sabemos sonreír con quien sonríe y llorar con quien llora; cuando caminamos junto a quien está triste y corre el riesgo de perder la esperanza; cuando transmitimos nuestra experiencia de fe a quien está en búsqueda de sentido y felicidad. Con nuestra actitud, con nuestro testimonio, con nuestra vida decimos: ¡Jesús ha resucitado!» (Regina coeli, 06/04/2015).

Tengamos en cuenta que los hombres y mujeres de hoy nos parecemos mucho a Tomás, el Mellizo, que no creyó en la resurrección hasta que se encontró con Jesús. Por tanto, anunciemos la resurrección explicando con humildad como la fuerza, la luz y la alegría del Resucitado han transformado nuestra vida; allanando así el camino para que otras personas puedan descubrirle, acogerle y experimentar su amor y su gracia.

¡Feliz Pascua, hermanas y hermanos! Vosotros sois las antorchas del Resucitado.

domingo, 10 de abril de 2022

Semana Santa


Nos adentramos ya en la espesura de la Semana Santa. Tratemos de profundizar en un momento significativo de la pasión de Cristo, para conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo más de cerca.

Es impresionante la escena de Jesús en el huerto de Getsemaní. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas nos proporcionan algunos datos que nos ayudan a situarnos junto a Jesús en aquella “hora”. El Maestro quiso la compañía de tres amigos cercanos: Pedro, Santiago y Juan; «se arrancó de ellos», con esfuerzo y dolor, y se puso a rezar. Le invadió una profunda tristeza y el abatimiento fue creciendo en su alma. Buscó el consuelo de sus amigos y les dijo: «Triste está mi alma hasta la muerte». Tal era su angustia que «le entró un sudor que caía hasta el suelo, como si fueran gotas espesas de sangre». Y seguía rezando con intensidad: «Padre mío, si no es posible que pase este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Por amor, Jesús había compartido con sus amigos la belleza de sus parábolas y la fuerza de sus milagros, y ahora comparte con ellos su tristeza, su angustia y su agonía. También aquí nos muestra el camino a seguir. No podemos comunicar nuestra debilidad a cualquiera, pero ¡cuánto bien nos hace desnudar el alma ante personas que nos pueden comprender, acoger y abrazar, al estilo de Dios!

Sobrecoge, sobre todo, la lucha interior de Jesús, para no desviarse del camino de su misión. Habría podido escapar por el desierto y evitar tantos sufrimientos, pero se mantuvo fiel a Dios Padre, que lo había enviado a la humanidad, para mostrarnos su amor, un amor total, que no se echa atrás cuando llegan las dificultades, el sufrimiento y hasta la misma muerte; el único amor que puede salvarnos.

Martín Descalzo comenta esta lucha íntima diciendo: «sus labios temblaban, pero no los apartaría de este cáliz». Contemplando a Jesús rezando en medio del abatimiento, comprendemos aquellas palabras de la liturgia: «cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada». Es verdad que Jesús fue traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos y condenado por los sumos sacerdotes y por Pilato; pero no diríamos toda la verdad si no afirmásemos también que él aceptó voluntariamente la pasión y la muerte, por ser fiel al Padre y por amor a la humanidad.

Esta lucha suprema de Jesús ilumina nuestras luchas diarias, cuando discernimos qué camino tomar: ¿la honradez o la corrupción?, ¿la verdad o la mentira?, ¿el bien común o los intereses personales?, ¿la solidaridad o la indiferencia?, ¿el amor o la propaganda?, ¿la fidelidad o el capricho?, ¿el Reino de Dios o mi reino?

Contemplemos a Jesús, en su pasión y muerte, como si estuviésemos presentes en aquella tierra y en aquel momento. Dejémonos impactar por sus palabras, gestos y silencios. ¡Vivamos una Semana verdaderamente Santa!

domingo, 3 de abril de 2022

“Procesionar” a Jesús


Pronto saldrán por nuestras calles los “pasos” de la Semana Santa, suscitando profundos sentimientos religiosos, en quienes los portan y en muchos de los que los contemplan. Es ahora el momento oportuno para recordar que sacar en procesión aquellos momentos de la pasión y muerte de Jesús, representados en esos “pasos”, supone enaltecer a una persona que fue condenada a muerte por la envidia de unos, el fanatismo de otros, el miedo de algunos a perder el poder, el silencio de tantos y el griterío de una masa manipulada. Esa visualización del dolor de Cristo nos recuerda hasta dónde llegan las consecuencias del pecado y la injusticia, y pone ante nuestros ojos a muchos hombres, mujeres y niños que ahora sufren, sin merecerlo, junto a nosotros, en Ucrania y en demasiados rincones del mundo.

Sacar en procesión la pasión de Cristo nos descubre que Dios lucha, con un realismo e intensidad inimaginables, contra el mal que habita en el mundo. El papa Francisco ha dicho: “A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad, Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón” (29 de marzo de 2013). Por ello, los discípulos de Jesús debemos implicarnos decididamente en la lucha contra la injusticia, utilizando las mismas armas que el Señor: la verdad, el bien, el amor, el servicio y la entrega hasta el extremo; y rechazando, por tanto, la tentación de recurrir a la violencia, que engendra todavía más sufrimiento.

Sacar en procesión a Cristo lleva consigo la llamada a descubrir que Dios ama a la humanidad y a cada uno de nosotros, pues envió a su Hijo al mundo para mostrarnos su amor entrañable y enseñarnos un nuevo modo de vida. Por amor, Jesús predicó, curó y rezó al Padre; por amor no se escondió cuando su vida corrió peligro y aceptó voluntariamente la cruz; y por amor murió y resucitó, para que compartamos con él una vida nueva, plena y eterna.

Lo mismo que para sacar un “paso” en procesión necesitamos unir fuerzas y arrimar nuestro hombro al de otros hermanos, en esta lucha contra el mal y en el trabajo por el Reino de Dios, hemos de colaborar de igual modo, dejando a un lado protagonismos estériles. A veces, nos parece que solos avanzamos más deprisa, hasta que caemos en la cuenta de que necesitamos a los otros. Del mismo modo, en la familia y en la comunidad cristiana, caminando y trabajando juntos logramos deshacer las dificultades y multiplicar los éxitos y las alegrías.

Con mi deseo de que los “pasos” de la pasión de Jesucristo, que saldrán por nuestras calles, nos ayuden a contemplarlo y a implicarnos para mejorar nuestro mundo, como Él y con Él, os saludo a todos, hermanas y hermanos, muy cordialmente en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...