domingo, 13 de noviembre de 2022

Acuérdate de los pobres


Con una parábola memorable, Jesús afirmó: «Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me hospedasteis» (cf. Mt 25,31-46). Los cristianos de las primeras generaciones tomaron en serio estas palabras y «vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45), siguiendo las enseñanzas de los apóstoles, que les exhortaban a cuidar con amor de los pobres, como recuerda la interpelación del apóstol Santiago: «Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?» (St 2,15-16).

A lo largo de la historia de la Iglesia, el Espíritu Santo ha seguido suscitando hombres y mujeres que, con la creatividad del amor, han dado su vida en el servicio de los pobres de todo tipo y han urgido a sus hermanos a hacer lo mismo.

El diácono de nuestra tierra San Lorenzo, en el siglo III, declaró que «los pobres son los tesoros de la Iglesia». San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, predicaba: «¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres; ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”. San Francisco de Asís, en el siglo XII, decía: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor». San Vicente de Paúl, en el siglo XVII, exhortaba: «Dediquémonos con amor renovado al servicio de los pobres… ellos son nuestros señores y maestros y no somos dignos de prestarles nuestros humildes servicios». Sólo son unas perlas que manifiestan el sentir de la Iglesia.

También los últimos papas nos han impulsado a mirar a los pobres como referencia inexcusable de nuestra vida. San Juan Pablo II enseñó: «Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya [de Jesús], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos» (NMI 49). Y Benedicto XVI advirtió a toda la Iglesia: «Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio» (DCE 22).

El amor y la atención a los pobres no debería ser, pues, algo secundario, optativo o delegable para nosotros y para nuestras comunidades cristianas. Está en juego la vida digna de muchos hombres y mujeres. Está en juego nuestra humanidad y nuestra fe. Que la Jornada Mundial de los Pobres, instituida por el papa Francisco hace cinco años, nos anime a acercarnos a las personas necesitadas, a mirarles con cariño, a abrazarles, a aprender de ellas y a compartir nuestros bienes materiales y espirituales. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Gracias por tanto


Hace años, me enfadé con la Iglesia y se lo comenté a mi acompañante espiritual. Él, sin dudarlo, me recomendó leer el libro “Paradoja y misterio de la Iglesia”, del Padre Henri de Lubac, advirtiéndome que escribió este libro en un momento en el que este sabio jesuita había sido puesto en tela de juicio por algunos eclesiásticos. No pude contener la emoción al leer los pasajes que a continuación reproduzco:

“La Iglesia es nuestra madre, porque nos da a Cristo. Ella hace nacer a Cristo en nosotros. Ella nos hace nacer a la vida de Cristo. La Iglesia, hoy mismo, me está dando a Jesús. Me lo explica, me enseña a verlo, conserva para mí su presencia. Decir esto es decirlo todo. ¿Qué podría saber yo de Jesús, qué vínculos habría entre nosotros dos, sin la Iglesia? Incluso los que la desprecian, si todavía admiten a Jesús, ¿saben de quién lo reciben?

Ninguna crisis de la historia nos separará de Cristo. Pero esta seguridad nos viene precisamente de la Iglesia. Jesús está vivo para nosotros. Pero ¿en medio de qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina, sin la continuidad visible de la Iglesia?

Pues bien, esta Iglesia santa a veces también se ve abandonada de algunos que lo han recibido todo de ella y que se han vuelto ciegos a sus dones. Y a veces, en ciertas ocasiones como ahora, se mofan de ella algunos que siguen recibiendo de ella su alimento. Un viento de crítica amarga, universal y sin inteligencia, llega a veces a trastornar las cabezas y a pudrir los corazones. Un viento asolador, esterilizante, un viento destructor, hostil al soplo del Espíritu. Y entonces, cuando contemplo la faz humillada de mi madre, es cuando la amo más.

En el mismo momento en que algunos se hipnotizan ante los rasgos que les presentan un rostro envejecido, el amor me hará descubrir en ella con mucha más verdad sus fuerzas ocultas, sus actividades silenciosas, que constituyen su perenne juventud, todas las grandes cosas que nacen en su corazón y que convertirán contagiosamente a la tierra”.

Esta madre Iglesia, santa y a la vez pecadora, siempre necesitada de purificación y de reforma, se hace realidad concreta y cercana en nuestra Diócesis de Teruel y Albarracín. En ella hemos celebrado los momentos más importantes de nuestras vidas. A través de ella hemos recibido la formación humana y religiosa, que nos ha permitido conducirnos en la vida. Gracias a ella hemos trabajado al servicio de tantas personas necesitadas y del progreso de nuestra tierra. Ella es, en definitiva, la Madre que nos ha descubierto el tesoro escondido y la perla preciosa: Jesucristo; ella ha hecho nacer a Cristo en nosotros.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 30 de octubre de 2022

¡Cómo está el mundo!


«Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro. Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo vemos el mal, sólo parece triunfar la estupidez». Esta reflexión de José Luis Martín Descalzo parece más actual que nunca.

Así pues, nuestra mirada al mundo ha de ser lúcida, para no dejarnos engañar por las apariencias y percibir sus sombras y sus luces. No podemos ignorar las mentiras e injusticias que hacen sufrir a pueblos enteros, a muchas familias y personas concretas. Pero tampoco podemos negar que, hasta en la oscuridad más espesa, hay mucha gente desconocida, “santos de la puerta de al lado”, les ha llamado el papa Francisco, que, sin hacer ruido, iluminan, alivian y transforman las tragedias en oportunidades. No gritan, pero aman; no aparecen en la televisión ni en las redes sociales, pero sostienen el mundo. Por eso es tan necesario acercarse a la vida concreta y no quedarse con la visión simplista, polarizada e interesada de algunos medios de comunicación.

Nuestra fe cristiana nos anima, además, a mirar con ojos de fe, para descubrir la presencia de Dios en el mundo. Los seguidores de Jesús de Nazaret no sólo creemos que Dios existe, creemos que nos ama («Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho», afirma el Libro de la Sabiduría); creemos que ve lo que nos ocurre («He visto el sufrimiento de mi pueblo» dice a Moisés cuando lo envía a liberar al pueblo); creemos que se conmueve («El Señor es compasivo y misericordioso», repite tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento); creemos que está junto a nosotros («¿Dónde hay una nación que tenga unos dioses tan cercanos como nuestro Señor?», se pregunta el libro del Deuteronomio); creemos que Dios trabaja en nosotros y en favor de la humanidad, especialmente de quienes sufren («Mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo… para que tengan vida abundante», afirma Jesús en el Evangelio de San Juan). Por tanto, decir que este mundo está dejado de la mano de Dios es una blasfemia o, al menos, una falta grave de fe.

No podemos dudar de la presencia y la acción de Dios en el corazón de tantas personas que se esfuerzan sin descanso por sus familias, por el bien común y, en definitiva, por hacer realidad en esta tierra el sueño de Dios. Los cristianos y cristianas de Teruel y Albarracín queremos acercarnos a nuestros vecinos y al mundo con esta mirada lúcida, contemplativa y amorosa. Solo así podremos cumplir la misión de hacer presente la ternura de Dios en la vida de cada día.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 23 de octubre de 2022

Pantuflas o sandalias


La pandemia nos obligó a meternos en casa con pantuflas, esperando que pasara el temporal. Aunque el Covid-19 parece superado, han podido quedar efectos secundarios no deseados, particularmente para los cristianos: conformarnos con los encuentros virtuales, vivir la fe en privado, ver la Eucaristía por la televisión… La fiesta del Domund y la generosidad de tantos misioneros y misioneras nos animan a dejar las pantuflas, a calzar las sandalias y salir a la calle, para ser transparencia del amor de Dios. Para cumplir esta difícil y apasionante tarea, os recuerdo cinco actitudes profundamente interconectadas entre sí.

Primera: escucha. No podremos evangelizar a las familias, si no conocemos sus problemas, sus anhelos, sus dificultades y sus alegrías. Será difícil transmitir la fe a los jóvenes, si no sabemos qué canciones oyen y con qué series se entretienen, si ignoramos los conflictos que les atormentan y las esperanzas con las que sueñan. Todos necesitamos ser escuchados para sentirnos valorados y amados, para estar abiertos a un mensaje nuevo.

Segunda: oración. Al rezar por las personas a las que el Señor nos envía, podremos verlas con el mismo amor de Dios y descubrir su obra en sus corazones. En la lectura orante de la Biblia, el Espíritu Santo nos ilumina y fortalece para ofrecer las palabras y los gestos adecuados, para compartir lo que somos y darnos por completo, como Jesús y con Jesús.

Tercera: valentía. Si a Jesús lo persiguieron, no podemos esperar muchos aplausos al continuar su tarea. Cosechan pocos reconocimientos quienes defienden a los pequeños, denuncian las injusticias y proclaman la verdad, que casi siempre resulta incómoda. Por eso, si nos implicamos en la misión a la que Dios nos llama, necesitaremos un suplemento de esa fortaleza, que viene de la gracia de Dios y del apoyo de la comunidad.

Cuarta: humildad. Quien se cree más sabio y santo que los demás piensa que nada tiene que aprender e, inevitablemente, produce rechazo. Pero cuando uno es consciente de haber sido llamado por amor y no por sus méritos, se produce el milagro del encuentro, que lleva a compartir los dones espirituales y materiales que Dios nos ha dado.

Quinta: alegría. El Papa Francisco nos recuerda que el amor y el perdón de Dios pueden quitarnos la cara de funeral y devolvernos la alegría. Así, el mundo actual podrá “recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).

Es la hora de la misión, aquí en Teruel y en cada rincón del mundo, donde trabajan nuestros misioneros y misioneras. Dios confía y cuenta con cada uno de nosotros. Calcémonos las sandalias para llevar su palabra y su amor a todos los ambientes.

domingo, 9 de octubre de 2022

Mirar a los ojos


Se está tramitando la reforma de la ley que regula el aborto en España y observo que muchas personas no se manifiestan y otras lo hacen, a favor o en contra, sin mostrar un ápice de empatía hacia las madres que se encuentran en la encrucijada de abortar y hacia los hijos que crecen en sus cuerpos. Tengo la impresión de que el aborto se ha convertido en un tema más de confrontación ideológica.

Por ello, quiero invitar a mirar a los ojos de esas mujeres que están decidiendo sobre su embarazo. Hemos de hacernos cargo del miedo, la angustia y el dolor de unas madres, a menudo abandonadas por el padre de la criatura, por sus propias familias y por las instituciones públicas que, en muchas ocasiones, recortan las ayudas que necesitarían para que el hijo nazca. Es necesario también caer en la cuenta de lo que puede suponer para una mujer gestar y traer al mundo a un hijo no deseado.

Asimismo, os animo a contemplar la mirada de esas criaturas que tal vez nunca lleguen a ver la luz del sol y la hermosura de la tierra. Aunque sean invisibles para muchas personas y para un sector mayoritario de la opinión publicada, aunque algunos se refieran a ellos –sin rigor científico alguno– como una parte del cuerpo de la madre, no deberíamos hablar o decidir sobre el aborto sin escuchar los latidos de esos pequeños, que ya han comenzado la aventura fascinante de ser humanos.

Desde esta mirada empática, los embarazos no deseados difícilmente pueden verse como un “problema” que se resuelve con la eliminación de una vida humana, que además marca profundamente la existencia de las madres. El aborto es sobre todo una tragedia, no debería considerarse un derecho.

Para evitar esta tragedia, es necesario trabajar con empeño para prevenir embarazos no deseados, para que la educación de los jóvenes les ayude a desarrollar su afectividad y a valorar la sexualidad como un don responsable y no como un juego insignificante, para apoyar decididamente a las madres que no saben qué hacer a la hora de traer a sus hijos al mundo, y para acompañar y curar las heridas de las que han llegado a abortar. En este sentido, quisiera reconocer el trabajo que realizan organizaciones como Red Madre en Teruel.

Hay otras tragedias en nuestro mundo que también deberíamos mirar con empatía y con esa verdadera compasión que nos lleva a padecer-con-quienes-sufren; por ejemplo, las personas que huyen de sus países en busca de una vida mejor, las familias que atraviesan problemas graves, las mujeres que padecen violencia, los menores abusados… Antes de hablar, juzgar o decidir, miremos a los ojos de las personas que sufren o pueden sufrir las consecuencias de nuestras acciones y palabras.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Pagar impuestos con alegría


Hace ya unos años, tuve la ocasión de escuchar el testimonio de una mujer migrante, venida de un país del este de Europa a Aragón. Resumo sus emocionadas palabras: “Vinimos recién casados, sin dinero y con una deuda de 1.000 euros, que gastamos para llegar a esta tierra… Yo estaba embarazada. Hasta que encontramos empleo y vivienda, dormíamos a la intemperie. Trabajamos mucho, nuestros hijos crecieron y pudimos comprar una casa modesta. Desde hace años, tenemos la satisfacción de pagar impuestos en España”. Nunca hasta entonces había oído a una persona decir que tenía la satisfacción de pagar impuestos.

Comparto esta experiencia con motivo de la Jornada mundial del Migrante y del Refugiado, en la que el Papa Francisco nos invita a mirar al futuro con esperanza: “A la luz de lo que hemos aprendido en las tribulaciones de los últimos tiempos, estamos llamados a renovar nuestro compromiso para la construcción de un futuro más acorde con el plan de Dios, de un mundo donde todos podamos vivir dignamente en paz”.

El Santo Padre recuerda que “nadie debe ser excluido”, ya que el Reino de Dios “es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata. Es con ellos que Dios quiere edificar su Reino, porque sin ellos no sería el Reino que Dios quiere. La inclusión de las personas más vulnerables es una condición necesaria para obtener la plena ciudadanía”.

No se trata sólo de acogerles y ayudarles: “Construir el futuro con los migrantes y los refugiados significa también reconocer y valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de edificación… De hecho –dice el Papa– la historia nos enseña que la aportación de los migrantes y refugiados ha sido fundamental para el crecimiento social y económico de nuestras sociedades. Y lo sigue siendo también hoy. Su trabajo, su capacidad de sacrificio, su juventud y su entusiasmo enriquecen a las comunidades que los acogen… En esta perspectiva, la llegada de migrantes y refugiados católicos ofrece energía nueva a la vida eclesial de las comunidades que los acogen”.

Es verdad que nos cuesta abrirnos a personas desconocidas, cuya cultura y costumbres ignoramos, y que en ocasiones la diversidad genera conflictos. Pero no podemos dejar de reconocer la contribución de los hombres y mujeres migrantes que, como la familia a la que me he referido al principio de esta carta, no solo han construido un futuro para ellos; también están colaborando –no solo con sus impuestos– al crecimiento de nuestra sociedad, a que “el proyecto de Dios sobre el mundo pueda realizarse y venga su Reino de justicia, de fraternidad y de paz”.

A los que habéis nacido y vivís en estas tierras turolenses y a quienes habéis venido de lejos, os saludo muy cordialmente en el Señor.

domingo, 18 de septiembre de 2022

365 gracias


Hace un año comencé mi andadura como obispo de esta querida Diócesis. A veces tengo la sensación de que fue ayer y que ha pasado el tiempo muy rápido. En otros momentos, crece la impresión de que esta es mi casa desde hace muchos años. Por eso, quisiera aprovechar este primer aniversario para dar gracias a Dios y a todos vosotros, amigas y amigos de Teruel y Albarracín, por vuestra acogida y por vuestro cariño.

Deseo agradecer sobre todo la rica experiencia espiritual y eclesial de los laicos, los consagrados y los sacerdotes de esta tierra. A menudo me emociono cuando me contáis vuestro recorrido de fe, vuestro encuentro con Dios en la oración y en la vida cotidiana, vuestros trabajos apostólicos de ayer y hoy, vuestros proyectos para llevar amor y esperanza a quienes más lo necesitan, vuestro esfuerzo por adquirir una formación que os permita responder a las llamadas de Dios y servir más y mejor en esta Iglesia y en esta tierra. Gracias porque puedo disfrutar la alegría de cosechar lo que otros sembraron y lo que vosotros mismos habéis sembrado. Al final de este primer año, puedo afirmar que Teruel y Albarracín está siendo para mí la esposa más bella.

En estos meses habréis podido conocerme un poco mejor. Seguramente habréis intuido, conocido o sufrido mis no pocos límites. Quizá ya se haya hecho realidad lo que os anuncié en la celebración de mi ordenación: “este obispo os fallará tarde o temprano”. Gracias por vuestra comprensión y por vuestro perdón, que os pido lleno de confianza.

Apoyados en la promesa de Dios, que nunca defrauda, os animo a seguir amando y trabajando por esta Iglesia Diocesana de Teruel y Albarracín, que está inmersa en un profundo proceso de renovación, urgida por la realidad cambiante del mundo en el que vivimos y por la llamada de Dios a anunciar la buena noticia de su amor y su verdad en esta hora. Es verdad que no sabemos con certeza cómo será esta Diócesis dentro de veinte años, pero estamos seguros de que la luz de la fe nos iluminará y guiará.

Tal como enseña Francisco en la carta encíclica Lumen Fidei, “la fe «ve» en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios. Esta Palabra encierra además una promesa: tu descendencia será numerosa, serás padre de un gran pueblo”. No esperemos, por tanto, a estar seguros de cómo será el final de nuestro camino; avancemos atentos a las señales que Dios indefectiblemente nos mostrará, en la escucha de la Sagrada Escritura, de los hermanos y hermanas que comparten con nosotros su fe, de las personas empobrecidas y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...