sábado, 13 de junio de 2026
Pontífice, constructor de puentes
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.
Madrid fue el escenario de ese gran puente hacia la sociedad civil. En sus encuentros con representantes del mundo de la cultura, la economía, el arte y el deporte, León XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue. Escuchó más de lo que habló y propuso un diálogo sereno capaz de llamar al corazón de quienes buscan respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo: «Os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».
En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».
El Encuentro con la Comunidad Diocesana fue la ocasión propicia para hacer una llamada clara a tender puentes entre diversas realidades eclesiales. Nos invitó a aprender «el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad», a apostar por los consejos parroquiales y diocesanos: «son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad».
Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su apelación a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras».
Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos “piedras vivas”, llamadas a unirse unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto».
En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.
Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás —especialmente los más vulnerables— y hacia Dios.
Termino esta carta con una pregunta: ¿qué sucedería si tú y yo, y nuestra parroquia y nuestro grupo de fe, cada cual con sus matices particulares, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?
domingo, 7 de junio de 2026
Elige amar, elige comunidad, para ser “cuerpo” de Cristo
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
La Iglesia nos invita a venerar el Santísimo Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, que es el misterio de un Dios que se hace pan partido, presencia que abraza, acompaña y sostiene, sobre todo a los que sufren. En este “Día de la Caridad”, Cáritas nos urge con el lema: “Elige amar. Elige comunidad”.
1. Elige amar. El amor no es un sentimiento pasajero, sino la decisión de entregarme al otro como consecuencia de haberme encontrado con Cristo, que se entregó por mí.
Como nos dijo el papa Francisco, y León XIV ha seguido recordando, «los pobres son, ante todo, personas, y en sus rostros se oculta el de Cristo mismo». Amar es ver en cada persona su dignidad y mirarla con ternura; amar es negarse a resignarnos ante las injusticias; amar es no acostumbrarse a que tantos hermanos vivan precariamente, solos y excluidos.
Los datos que Cáritas ha puesto de relieve en su memoria son un grito que interpela nuestra fe, ya que miles de personas, en Málaga y Melilla, están atrapadas por la imposibilidad de conseguir una vivienda o un trabajo mínimamente dignos. Ante esta situación no podemos ignorar que amar significa proteger la vida y defender la dignidad de los seres humanos, trabajando para que nuestro mundo sea más justo, porque el amor cristiano no se queda en palabras, sino que impulsa a escuchar y acompañar a los que sufren, a ponernos al lado de los débiles y dejarnos tocar por su sufrimiento.
2. Elige comunidad. El amor construye comunidad. La Iglesia está llamada a ser el “hogar” en el que todos encuentran un lugar. Cáritas nos recuerda que nuestras comunidades han de ser espacios de encuentro y apoyo mutuo, en los que la diversidad se convierte en riqueza y donde nadie permanece a la intemperie.
Frente a lo que el papa León ha llamado “el síndrome de Babel”, que busca “asegurarse estabilidad y poder”, propone a Nehemías, que convocó a las familias de aquella Jerusalén derruida confiando a cada una un tramo de la muralla destruida y logró así que la ciudad renaciera, «no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo». La comunidad cristiana debe ser signo del abrazo de Dios, y su fuerza nace de la caridad vivida, compartida y organizada.
Hoy, más que nunca, necesitamos comunidades que sean luz y esperanza por estar arraigadas en Dios y comprometidas con los pobres, comunidades que generen redes y sostengan a quienes no pueden sostenerse solos.
En el Corpus Christi, el Señor nos invita a amar, dándonos a quien nos necesita como Él y con Él, y a formar comunidad, como granos que hacen un mismo pan. Así seremos “cuerpo” de Cristo para el mundo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
Frente a lo que el papa León ha llamado “el síndrome de Babel”, que busca “asegurarse estabilidad y poder”, propone a Nehemías, que convocó a las familias de aquella Jerusalén derruida confiando a cada una un tramo de la muralla destruida y logró así que la ciudad renaciera, «no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo». La comunidad cristiana debe ser signo del abrazo de Dios, y su fuerza nace de la caridad vivida, compartida y organizada.
Hoy, más que nunca, necesitamos comunidades que sean luz y esperanza por estar arraigadas en Dios y comprometidas con los pobres, comunidades que generen redes y sostengan a quienes no pueden sostenerse solos.
En el Corpus Christi, el Señor nos invita a amar, dándonos a quien nos necesita como Él y con Él, y a formar comunidad, como granos que hacen un mismo pan. Así seremos “cuerpo” de Cristo para el mundo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
miércoles, 27 de mayo de 2026
El cuidado (urgente) de la creación
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Cuando las consecuencias de nuestros actos no son inmediatas, tendemos a actuar con menor responsabilidad. A simple vista, no parece ocurrir nada por comer en exceso, descuidar el mantenimiento de una casa o no limpiar los cauces de los barrancos… Nada sucede, hasta que la salud se resiente, la vivienda se deteriora y las aguas se desbordan. Con el cuidado de la creación ocurre algo similar, pero de forma aún más acentuada: los efectos de nuestros excesos y omisiones no se perciben a corto plazo o avanzan con tanta lentitud que no terminamos de reaccionar con la urgencia que deberíamos.
Por eso, al celebrarse el XI aniversario de la encíclica Laudato si’, me parece oportuno recordar la llamada inaplazable del papa Francisco a cuidar de nuestra “hermana y madre tierra”. En este documento escribía: «esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (n. 2).
Su sucesor, el papa León, también ha subrayado la necesidad de situar esta problemática en el centro de nuestra vida de fe. En su mensaje para la Jornada de Oración por la Creación de 2025 afirmaba que la justicia ambiental es, para los creyentes, «una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada de Oración).
En este contexto, la Plataforma Ecosocial Laudato si’ de Málaga realiza el jueves 28 de mayo un gesto simbólico en el Bosque Urbano de nuestra ciudad, en el espacio que dicha plataforma cuida. El gesto consistirá en apadrinar un árbol y asumir el compromiso de cuidarlo. Desde allí, los participantes podrán dirigirse a la parroquia de San Andrés y Virgen del Camino, donde la comunidad cristiana elevará su Acción de Gracias por la Creación y por el compromiso de tantas personas y comunidades que trabajan por la justicia social y climática en todo el planeta.
Que este aniversario y este gesto nos impulsen a «tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en nuestros estilos de vida, producción y consumo» (Carta apostólica “Fratello Sole”); a «pasar de la arrogancia de quien quiere dominar a los demás y a la naturaleza, reducida a objeto manipulable, a la humildad de quien cuida de los demás y de la creación» (Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación de 2024); en definitiva, a expresar nuestra humanidad y nuestra fe en el cuidado de la Casa Común.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 24 de mayo de 2026
"Compartiendo caminos, acompañando esperanzas"
Con este lema, nuestra diócesis acogerá el “Encuentro de Laicos de Parroquia” que la Acción Católica General va a celebrar en Málaga del 24 al 26 de julio. Hombres y mujeres; niños, jóvenes y adultos de todas las diócesis de España se darán cita en esta tierra para vivir una hermosa experiencia de Iglesia, compartiendo los caminos que nos han conducido a Jesucristo y acompañándonos en “la esperanza que no defrauda” (Rm 5,5).
La llamada a acompañarnos mutuamente está inscrita en nuestro ser más profundo. El Señor nos ha creado a su imagen y semejanza. En la Trinidad nos da a entender cuál es el modelo de relación que debe primar entre los seres humanos: cada persona divina tiene la misma dignidad que las otras y vive para las otras. De igual modo, cada uno de nosotros ha de vivir para los otros y reconocer en ellos la común dignidad de ser hijos de Dios, sean cuales fueren las circunstancias concretas de su vida.
Desterremos, pues, toda tentación de aislarnos en nosotros mismos o de someter al otro a nuestra voluntad. Estamos llamados a acompañarnos, a escucharnos y a sostenernos recíprocamente, ya que éste es el estilo de vida de Jesucristo, que se refleja en su nombre: “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”.
El acompañamiento mutuo es más necesario que nunca y adquiere un valor especial, pues vivimos tiempos marcados por el individualismo, la soledad y la confusión. Estar disponible para el otro llega a ser la manera de cuidarnos, imitando el modo de ser de Dios, que ha querido entrar en la historia humana alentando procesos de crecimiento con ternura y paciencia.
Siguiendo el modelo divino, la Iglesia desea hacer suyos “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (GS 1), tal como proclamó el Concilio Vaticano II, y quiere ser taller y escuela de acompañamiento en los procesos de conversión, de iniciación cristiana, de desarrollo comunitario y de compromiso en los diversos ámbitos de la vida: la familia, el trabajo profesional, la cultura y la sociedad.
Como se deduce del Documento Final del Proceso Sinodal, el acompañamiento es un reto para cada una de nuestras parroquias y realidades eclesiales. En la fase de implementación del Sínodo, que estamos viviendo, hemos de poner manos a la obra y conseguir que acompañar sea la gran tarea que nos implique a todos.
Aprovecho la solemnidad de Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, para invitaros a participar en este Encuentro de Laicos de Parroquia. No perdamos la oportunidad de vivir una experiencia que no nos dejará indiferentes y de poner en práctica el valor de la hospitalidad como diócesis acogedora, para que cuantos vengan puedan disfrutar el alma abierta y hospitalaria de este pueblo.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 17 de mayo de 2026
Comunicar en cristiano
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Vivimos en una época donde la comunicación ocupa gran parte de nuestra vida. Nunca habíamos tenido tantos medios para expresarnos y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil reconocernos de verdad. Las palabras circulan con rapidez, las opiniones se multiplican y, con frecuencia, el barullo termina imponiéndose a la reflexión serena. Para ayudarnos a comunicar desde el espíritu del Evangelio, quisiera proponer tres actitudes fundamentales: verdad, humildad y caridad.
Verdad. En el actual clima de crispación podemos acostumbrarnos, casi sin darnos cuenta, a la manipulación y la descalificación de personas. Si recurrimos a la mentira para defender a la Iglesia, a nuestro grupo de fe o al partido político preferido, quizá ganemos alguna batalla, pero nos alejaremos de Cristo, pues Él es la Verdad con mayúscula. Mientras que «quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios», como señaló con tanta lucidez santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
Cristo no nos pidió ganar debates, sino permanecer en la verdad. La mentira, incluso cuando parece útil, destruye. La verdad, aunque resulte incómoda, libera y abre caminos de crecimiento. Por eso, comunicar en cristiano exige contención para no difundir mensajes inciertos y honestidad para no exagerar una parte de la información, ocultando aspectos relevantes. Comunicar en cristiano exige, en definitiva, el coraje de buscar y transmitir la verdad.
Humildad. No somos propietarios de la verdad, sino sus servidores. La humildad nos enseña a escuchar antes de responder, a comprender antes de juzgar y a reconocer que nadie posee una mirada completa sobre la realidad, porque la verdad de Dios, del mundo y de nosotros mismos no cabe en nuestra pequeña cabeza.
Además, el papa León XIV ha insistido recientemente en la importancia de custodiar “las voces y los rostros humanos” en medio de una comunicación cada vez más acelerada y tecnológica. En este contexto, los creyentes estamos llamados a encontrarnos y dialogar desde la serenidad y la humildad.
Caridad. Parafraseando a san Pablo, podemos decir que, aunque tuviéramos la mejor información y la más brillante estrategia comunicativa, si no tenemos amor, de nada nos sirve. Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos recordó la necesidad de unir verdad y caridad: «No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad». También la verdad, cuando la usamos como un arma arrojadiza, puede herir a nuestro interlocutor e incluso dañar la convivencia.
Por eso, conviene preguntarnos si nuestras palabras fortalecen realmente la esperanza de quienes sufren y la fraternidad entre personas y pueblos. No olvidemos que el lenguaje es un don sagrado para tender puentes que unan, no para levantar muros que dividan.
Con el deseo de que el Señor resucitado renueve nuestro modo de escuchar y de manifestarnos, y nos ayude a crecer en verdad, humildad y caridad, recibid un saludo muy cordial en el Señor.
domingo, 10 de mayo de 2026
La vida nueva que brota de la enfermedad
La fragilidad humana, el deterioro producido por el paso de los años y las enfermedades han llevado a algún pensador de nuestro tiempo a afirmar que somos “seres-para-la muerte”; pero la fe en Jesucristo resucitado nos impulsa a proclamar que somos “seres-para-la-vida”. De hecho, los relatos evangélicos nos presentan a Jesús curando a muchos enfermos, como signo de que el Reino de Dios está llegando.
Es normal, por tanto, que deseemos estar sanos y tratemos de alejar los sufrimientos. Bienvenidos sean, pues, los avances médicos que nos ayudan a superar las enfermedades y a sobrellevarlas con la mejor calidad de vida posible. Sin embargo, también hemos de reconocer que la realidad de la enfermedad y de los enfermos nos ofrece una oportunidad preciosa de crecimiento humano y espiritual, cuando nos situamos adecuadamente.
La actitud básica es acercarnos a las personas enfermas. El primer paso no es “hacer” algo con ellas, sino “estar” con ellas. La enfermedad suele llevar consigo un incómodo acompañante, que es la soledad. A menudo nos alejamos de los enfermos porque, aún sin pretenderlo, nos recuerdan nuestra propia fragilidad. Cuando vencemos esta tentación y nos acercamos a ellos, descubrimos que la vulnerabilidad nos une y nos permite ayudarnos con verdad. Además, con nuestra cercanía les estamos diciendo que son valiosos para nosotros, no por su productividad, sino por ellos mismos.
La segunda actitud es hablarles con verdad, si así lo quieren. Existe una tendencia natural a rodear al enfermo de un “silencio piadoso” o de falsos optimismos que terminan aislándolo en su propia realidad. Pero la verdad no daña, sino que ilumina. Cuando el enfermo pide claridad sobre su estado, ocultársela supone restarle autonomía. Una comunicación honesta, envuelta en caridad, permite que la persona integre su proceso y le encuentre sentido en medio de la incertidumbre. Así pues, es necesario crear espacios de confianza en los que el enfermo pueda expresar sus miedos, esperanzas y deseos, sus dudas y sus convicciones de fe.
Y, finalmente, abrir los ojos para descubrir la acción de Dios en los enfermos y a través de ellos. A menudo pensamos que Dios sólo actúa por medio de la curación, pero su presencia es más honda y eficaz. Dios se manifiesta en la paciencia con la que algunos enfermos viven su enfermedad, en la fe inquebrantable de quienes asumen con serenidad sus sufrimientos y en la capacidad de algunos para abandonarse en las manos del Señor, especialmente cuando la medicina solo puede aliviar su dolor. A través de su fragilidad, Dios nos vuelve más compasivos y nos enseña a dar prioridad al amor sobre las prisas del mundo. Los enfermos “evangelizan” a quienes los cuidan; por eso, podemos celebrar la “Pascua del Enfermo”, es decir: el “paso” de la enfermedad a una nueva vida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
viernes, 1 de mayo de 2026
Primero de mayo
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
En los últimos años, se ha producido en nuestra tierra un notable dinamismo económico, impulsado principalmente por el turismo, los servicios, la construcción, la logística y el sector tecnológico. Este impulso ha permitido que la provincia de Málaga cerrara 2025 con cerca de 739.000 afiliados, alcanzando cifras históricas de ocupación. Asimismo, el desempleo se ha reducido hasta situarse en torno a las 110.000 personas, una mejora significativa respecto a años anteriores. Sin embargo, estos datos conviven con problemas estructurales del mercado laboral que afectan especialmente a jóvenes, mujeres, migrantes y personas con baja cualificación, consolidando situaciones de desigualdad y vulnerabilidad.
En este contexto, deseo recordar algunas consideraciones que pueden alentar el compromiso de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en este ámbito, tan decisivo para el desarrollo integral de las personas y las familias, tanto en sus necesidades materiales como espirituales:
1. En un tiempo en el que algunos sufren condiciones de trabajo inhumanas, otros aspiran a vivir sin trabajar y no faltan quienes dedican su vida exclusivamente al trabajo, conviene subrayar su valor, como derecho fundamental ligado al bien común y a la justicia social, y como obligación para quienes están en condiciones de realizarlo, pues así crecemos personalmente y mejoramos la sociedad. El trabajo no es una mercancía, sino que debe estar al servicio de la persona; tampoco puede convertirse en un ídolo que haga descuidar nuestras necesidades espirituales y relacionales.
2. Ante la creciente realidad de trabajadores y trabajadoras cuyos salarios resultan insuficientes para afrontar el coste de la vida, dificultando llegar a fin de mes y, más aún, acceder a una vivienda; es necesario recordar la importancia de favorecer políticas sociales que posibiliten y garanticen un salario justo que cubra al menos las necesidades vitales del empleado y su familia, tal como señala la Doctrina Social de la Iglesia desde el S. XIX (cf. Rerum Novarum 32).
3. No debemos bajar la guardia en la protección de la seguridad, velando por condiciones que favorezcan el bienestar físico y psicológico de las personas trabajadoras, pues «la falta de salud laboral tiene que ver mucho con la calidad del puesto de trabajo» (Nota de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, 28 de abril de 2023).
4. Finalmente, deseo llamar la atención sobre la situación de muchos inmigrantes, para evitar toda forma de explotación. «Para la Iglesia, el emigrante, independientemente de la situación legal, económica o laboral en la que se halle, es una persona con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás» (Conferencia Episcopal Española, La Iglesia en España y los Inmigrantes, n. 5).
Concluyo esta carta agradeciendo el esfuerzo de quienes son responsables y solidarios en su puesto de trabajo; de los empresarios que se empeñan en mantener y crear empleos dignos; y de los gobernantes y sindicalistas que promueven un trabajo de calidad también a los más débiles.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
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