martes, 13 de octubre de 2026
100 años después
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Cada tercer domingo de octubre, la Iglesia alza la mirada para contemplar su universalidad y dar gracias a Dios por tantos misioneros y misioneras que dejan el calor de la propia comunidad para salir a predicar el evangelio a quienes aún no lo conocen, constituyendo nuevas comunidades y fortaleciendo su fe en circunstancias adversas. En este año 2026 se cumple el centenario del DOMUND (DOmingo MUNDial de las misiones). Os invito a visitar la web: www.domund100.es.
En esta ocasión, el Papa nos ha regalado un lema sugerente: “Uno en Cristo, unidos en la misión”. Es un toque a nuestro corazón, que podría concretarse en tres llamadas:
1. Unidos en Cristo. Esta Jornada del DOMUND nos invita a reconocernos como una única Iglesia, un solo pueblo que camina unido en todos los rincones de la tierra. Nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, a escuchar su Palabra y alimentarnos en sus sacramentos, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria.
2. Unidos en la misión. León XIV nos alienta: «ningún bautizado es ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia». Cada uno de nosotros estamos llamados a ser discípulos misioneros, para que Jesucristo sea conocido y amado por toda la humanidad: el enfermo que ofrece sus sufrimientos, la oración de las religiosas de clausura, la generosidad de los jóvenes, la candidez de la oración de los niños, los misioneros y misioneras que partieron para predicar el Evangelio en lugares lejanos.
3. Unidos en el amor. Señala el Papa: «Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia... La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor». Este amor llevó a san Pablo a gritar: «¡Ay de mí, sino evangelizare!» (1Cor 9,16). Os invito a recordar en esta Jornada a tantos misioneros y misioneras que nos muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera.
Nuestras parroquias manifiestan año tras año su solidaridad en el Domund. La colecta del año pasado superó los 265.000 euros. Quiero agradeceros vuestra colaboración, así como la labor de animación misionera que realiza la Delegación Diocesana de Misiones. Esta generosidad se expresa también en el envío misionero de sacerdotes y seglares que han dejado su comodidad para llevar el Evangelio a tierras lejanas y pueblos remotos que aún no conocen a Cristo. Al mismo tiempo, nuestra Diócesis ha recibido sacerdotes y seglares de otros pueblos, lenguas y razas, mostrándonos la universalidad del Evangelio.
Un saludo muy cordial en el Señor.
miércoles, 7 de octubre de 2026
Estudiar Teología
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| Clase del CESET Málaga |
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Recientemente ha comenzado el curso 2026-2027 en los centros teológicos de nuestra diócesis: el Centro Superior de Estudios Teológicos y el Instituto de Ciencias Religiosas, en los que se pueden obtener titulaciones de Grado y Máster; y la Escuela San Manuel González, con diversas sedes en el territorio, que ofrece una sólida iniciación a la teología.
Quisiera, ante todo, expresar mi admiración y mi gratitud a quienes dedicáis vuestro tiempo a enseñar teología o a aprenderla. Hay que reconocer que, en medio de otras responsabilidades pastorales, laborales y familiares, no es fácil reservar un tiempo de calidad a esta tarea. Digo deliberadamente «de calidad», porque el estudio de la teología reclama presencia, silencio y perseverancia.
Valoro especialmente la opción de tantos alumnos que, pudiendo elegir otras formas de estudio, eligen nuestros centros teológicos. En ellos enseñan sacerdotes y laicos, con formaciones y experiencias pastorales diversas, a un alumnado procedente de ámbitos muy diversos de la vida diocesana. El encuentro, la conversación y la reflexión compartida hacen de estos centros un lugar privilegiado para sentirnos parte de esa red diversa y unida que constituye la Iglesia que peregrina en Málaga y Melilla.
Pero ¿qué significa, en el fondo, estudiar teología? Significa responder a una pregunta que el mismo Jesús dirige a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). El estudio de la teología no consiste simplemente en adquirir conocimientos, sino en buscar honestamente la verdad. Esta búsqueda tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Por eso, la primera responsabilidad de profesores y alumnos es profundizar en el conocimiento de Cristo. Esta sabiduría ensancha la razón, fortalece la fe y nos capacita para servir mejor a la Iglesia y al mundo.
Precisamente por eso, vuestra dedicación al estudio constituye también un servicio a la diócesis. Vivimos un momento muy significativo en nuestra Iglesia de Málaga y Melilla, llamada a avanzar en la conversión sinodal y a elaborar un nuevo plan pastoral, teniendo en cuenta los desafíos de nuestro tiempo: la interculturalidad, la realidad de la inmigración, el diálogo interreligioso, la evangelización de la cultura, las nuevas formas de espiritualidad, no pocas veces desvinculadas de la comunidad cristiana y del sufrimiento de los pobres, y tantos otros retos que están llamando a nuestra puerta. Ante esta realidad, necesitamos sacerdotes y laicos que sepan pensar la fe, discernir los signos de los tiempos y ofrecer una palabra verdaderamente cristiana ante las preguntas y búsquedas de nuestros contemporáneos.
Reitero, por ello, mi gratitud al profesorado y al alumnado de nuestros centros teológicos, así como a sus equipos directivos. Y animo a todos los diocesanos y diocesanas, especialmente a quienes tenéis responsabilidades eclesiales o vivís vuestro apostolado en lugares exigentes, a preguntaros si ha llegado el momento de estudiar teología.
Un saludo muy cordial en el Señor.
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Una diócesis más misionera
| Jóvenes malagueños en la experiencia Colombia 26 |
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Octubre es el mes misionero por excelencia. Este año celebramos la 100ª Jornada Mundial de las Misiones y el papa León nos urge a «renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera y avanzar juntos en el compromiso de la evangelización».
Es necesario renovar este ardor, pues corremos el riesgo de refugiarnos en un trabajo pastoral intenso pero muy circunscrito a los estrechos límites de lo más próximo. Sin embargo, la labor evangelizadora en la diócesis se enriquece si traspasa océanos, llevando el Evangelio a otros pueblos, insertándose en otras culturas, impulsando la llamada “misión ad gentes”: llevar el Evangelio a quienes aún no lo conocen y reforzar las comunidades cristianas que viven en minoría y dificultad, perseguidas incluso.
Recientemente, he tenido la alegría de conversar en Málaga con Juan Manuel Barreiro, misionero en Venezuela, un pueblo tan íntimamente unido a la inquietud evangelizadora de nuestra diócesis. Así lo he podido constatar hojeando las reflexiones y vivencias de Lorenzo Orellana. También, he presidido la Misa de envío de David Roca, sacerdote diocesano que acaba de partir hacia Mozambique como misionero, respaldado por el IEME. Y he seguido complacido, y con cierta inquietud por los efectos del terremoto sufrido, la experiencia “Espíritu misionero. Colombia 26” de un grupo de jóvenes malagueños acompañados por el delegado de Misiones, P. José Luis Pereyra IMC.
Cuando el verano convierte a Málaga en lugar deseado de tantos turistas, hay ejemplos magníficos de misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares dispuestos a arriesgarse por el Evangelio en tierras a veces inseguras. Quiero expresar mi gratitud a Dios y compartir con todos el gozo que siento por las personas que nos recuerdan el grato deber de predicar el Evangelio a todos los pueblos. He podido constatar, como obispo de Málaga, que nuestra diócesis no solo es extensa, sino que sabe superar fronteras, viviendo la universalidad de la Iglesia.
Pero, esta acción de gracias por los misioneros y misioneras malagueños, nos invita a todos a reflexionar. Me hago a mí mismo y os ofrezco tres preguntas. Primera: ¿Los que nos quedamos aquí, ¿nos sentimos solidarios con la misión ad gentes, acompañando a los que parten con nuestro cariño y teniéndoles presentes en la oración? Segunda: ¿Colaboramos económicamente en las colectas para las misiones y nos implicamos en algún proyecto misionero concreto, comunicándonos con sus responsables? La tercera es más personal y reclama una respuesta valiente: ¿Podría el Señor estar llamando a alguno de nosotros a entregar unos años a la misión ad gentes? Pensad con libertad y generosidad esta opción. No supondría una pérdida, sino un verdadero regalo para nuestras comunidades cristianas y para nuestro presbiterio.
Una diócesis, sobre todo si es grande como Málaga, no puede pensar solamente en sus necesidades particulares. Hemos de permanecer abiertos y disponibles a la Iglesia universal.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
Defender el Vaticano II
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
El Concilio Vaticano II sigue siendo uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia contemporánea. Supuso un verdadero don del Espíritu Santo para la evangelización en el mundo de hoy, tan cambiante y tan distinto al de épocas pasadas. En este sentido, el Concilio fue una «puesta al día» no de la doctrina, sino de la forma pastoral de trasmitirla.
En torno al Concilio han surgido dos interpretaciones opuestas que, pese a sus enormes diferencias, coinciden en comprender el Vaticano II como una ruptura con la tradición.
Por un lado, ciertos sectores tradicionalistas sostienen que el Concilio introdujo una discontinuidad con respecto a la enseñanza anterior, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa, el ecumenismo, las relaciones con las religiones no cristianas o la comprensión de la misión de la Iglesia. Últimamente han proliferado, especialmente en las redes sociales, publicaciones que presentan la supuesta ruptura introducida por el Vaticano II como la causa de todos los males que actualmente aquejan a la Iglesia.
Por otro lado, cierta corriente interpretativa, apelando a un presunto «espíritu del Concilio», considera que el Vaticano II inició una transformación que todavía estaría pendiente de completarse mediante nuevas reformas. Sin embargo, muchas de esas propuestas no aparecen explícitamente en los textos conciliares, ni se corresponden con la intención original que puede reconocerse en las actas del Concilio.
Ante estos planteamientos, es útil recordar la advertencia de san Juan Pablo II: «Leer el Concilio suponiendo que conlleva una ruptura con el pasado, mientras que en realidad se sitúa en la línea de la fe de siempre, es una clara tergiversación» (Discurso del 27 de febrero de 2000). En esta línea, Benedicto XVI nos invitó a comprender el Concilio desde una “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad.
El Concilio supuso una verdadera renovación, que desgraciadamente algunos quieren negar; pero no el nacimiento de una Iglesia diferente. La Iglesia anterior y posterior al Vaticano II es la misma Iglesia de Cristo. Esta perspectiva permite afrontar con mayor profundidad las cuestiones discutidas, reconociendo que la tradición no es simplemente una colección de fórmulas antiguas que deban repetirse sin más.
Por otra parte, es ingenuo ignorar que la Iglesia ha cambiado en muchas de sus expresiones desde su fundación. Y resulta mezquino que una persona o un grupo pretenda decidir en cuál de esas etapas debemos reconocer a la «Iglesia verdadera». Tampoco debemos olvidar que el cambio en la Iglesia es necesario en su fidelidad al Evangelio y a la verdad plena a la que el Espíritu nos va conduciendo (cf. Jn 16, 13).
Defender el Concilio significa, por tanto, dejar que hablen sus propios documentos, leerlos en relación con el magisterio precedente y posterior, y procurar poner en marcha sus enseñanzas.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Afinar el oído
En el proceso sinodal en el que estamos inmersos, es decisivo aprender a escuchar mejor, para descubrir así los caminos que el Espíritu Santo abre hoy para nuestra Iglesia. Quisiera reflexionar en esta carta sobre cuatro dimensiones de la escucha.
De entrada, hemos de escucharnos a nosotros mismos, porque no siempre lo hacemos. Vivimos tan deprisa que muchas veces no llegamos a reconocer lo que hay dentro de nosotros; en otras ocasiones, damos por buenas las opiniones y prejuicios ajenos sin preguntarnos: ¿realmente pienso yo así? O bien nos dejamos llevar por el miedo, el enfado o el deseo inconsciente de tener razón. Escucharse a sí mismo requiere hacer silencio y examinar qué hay en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Solo desde esta escucha interior podemos aportar verdad a los procesos sinodales.
También hemos de escucharnos unos a otros: en la familia, en la comunidad y en todos los ámbitos en los que transcurre nuestra vida. Con frecuencia ocurre que, mientras uno habla, los demás ya están pensando en cómo responderle. El proceso sinodal reclama la paciencia de escuchar al hermano, incluso cuando no piensa como nosotros. Escuchar no significa estar de acuerdo con lo que se oye, pero sí demuestra que nos tomamos en serio lo que el otro dice. Una comunidad que escucha es una comunidad capaz de caminar unida, aun en medio de las diferencias.
Además, tendríamos que escuchar la realidad que vivimos, para descubrir lo que Dios nos dice a través de los signos de los tiempos: las situaciones, los acontecimientos y los cambios significativos que ocurren en un momento determinado de la historia. Hoy podríamos hablar de la transformación de la política internacional, el avance de la inteligencia artificial, el auge del emotivismo, las nuevas búsquedas espirituales, las sociedades cerradas y excluyentes, la crisis climática, los compromisos líquidos, la polarización social y el difícil acceso a la vivienda, entre otros desafíos.
Y, sobre todo y en todo, hemos de escuchar a Dios, sin pretender que Él confirme nuestra posición. Escuchar a Dios nos exige estar abiertos a que su Palabra nos cuestione y nos transforme. Él se comunica con nosotros en la Escritura y en el silencio de la oración, así como a través de las personas con las que nos encontramos, especialmente las que sufren, son pobres o están marginadas. Nos habla también en las realidades temporales que vivimos y en los gemidos de la hermana-madre Tierra.
El camino sinodal pide que aprendamos a escuchar antes de tomar la palabra, a comprender antes de juzgar y a reflexionar juntos antes de decidir, unidos a María, la mujer de la escucha y de la acogida.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Soñar con Santa María de la Victoria
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
Una hermosa tradición nos recuerda que hace más de quinientos años, cuando las tropas cristianas que asediaban Málaga estaban a punto de retirarse, el rey Fernando el Católico, que las capitaneaba, tuvo un sueño en el que la Virgen le daba ánimos. Poco después, la ciudad se rindió y aquella imagen de María quedó para siempre vinculada a la historia de Málaga. Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas. Pienso especialmente en tres:
Primera: la batalla contra la autosuficiencia. Vivimos en una cultura que nos susurra, con la fuerza de las redes sociales, que podemos caminar solos, que no necesitamos de nadie y que hemos de ser capaces de resolverlo todo por nosotros mismos. Pero, si entramos en nuestro interior, descubrimos que no somos autosuficientes y que crecemos en la medida en que nos apoyamos en los demás y en Dios.
La autosuficiencia nos encierra, nos hace desconfiar y, en ocasiones, nos impide reconocer nuestra propia fragilidad. María, en la bella escena de la Visitación (cf. Lc 1,39-56), nos muestra otro camino: tras acoger el anuncio del ángel, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel, en quien encontrará, al mismo tiempo, comprensión y apoyo.
Segunda: la batalla contra la superficialidad. Podemos acostumbrarnos a juzgar deprisa, a repetir lo que otros dicen sin comprobarlo, a dejarnos engañar por el señuelo de la apariencia. La superficialidad nos aleja de la verdad, puede enfrentarnos unos con otros y nos hace vulnerables ante quienes pretenden manipularnos. Necesitamos aprender de nuevo a escuchar, a pensar, a discernir, a abrir el corazón a la verdad, como María, que «guardaba y meditaba las cosas en su corazón» (Lc 2,29).
Y tercera batalla, necesaria en nuestra Iglesia, contra el individualismo. Tenemos una riqueza enorme: parroquias, colegios católicos, hermandades, asociaciones, movimientos, vida consagrada y tantos hombres y mujeres que entregan generosamente su tiempo y sus capacidades; pero, necesitamos vencer la tentación de ir cada uno por su lado, superando recelos, protagonismos y prejuicios. Lo que hace una parroquia puede enriquecer a otra; lo que aporta un colegio puede ayudar a una comunidad; las hermandades y asociaciones pueden hacer más eficaz su labor evangelizadora, promoviendo nuevos caminos de colaboración.
María, en el pasaje de las bodas de Caná, nos hace una recomendación mirando a su Hijo: «Haced lo que Él os diga». El mandato de Jesús, recogido en una oración al Padre como un testamento, se concentra en una súplica: «Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno». (Jn 17,21). Alegremos a María, nuestra Madre, sentándonos como hermanos en la mesa de la Eucaristía y anunciando en comunión el Evangelio.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
martes, 18 de agosto de 2026
Los gemidos de la tierra quemada
Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla,
Este verano, el fuego está devorando miles de hectáreas en numerosos puntos de la geografía española. Detrás de cada incendio hay paisajes destruidos, animales muertos, personas y familias que, tienen que abandonar sus casas con miedo; también hay muchos hombres y mujeres que trabajan —y a veces mueren— para apagar el fuego y proteger a los demás. A todos ellos quiero expresar mi cercanía, mi gratitud y mi oración.
Al contemplar las imágenes de tantas hectáreas calcinadas, al experimentar el intenso olor a quemado y recibir del cielo la “lluvia gris” de la ceniza, acudían con frecuencia a mi corazón las palabras de san Pablo a los Romanos: «la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Estamos llamados a escuchar los gritos de la naturaleza, de la que también nosotros, los seres humanos, formamos parte.
El dolor de nuestros hermanos y hermanas que han sufrido más directamente la plaga de los incendios, junto con los gemidos de la tierra quemada, nos invitan a adoptar un nuevo modelo de relación con la naturaleza. Durante siglos, «hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (LS 2). Ya es tiempo de asumir la misión de «labrar y cuidar» el jardín del mundo (cf. Gn 2,15): «Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” —enseñó el papa Francisco— significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar» (LS 67).
No es de extrañar que nos resulte difícil –a las personas, a las instituciones y a la sociedad en su conjunto– abandonar un modelo tan arraigado, basado en el supuesto derecho a expoliar la creación, para adoptar otro radicalmente distinto: el de sentir la urgencia de cuidarla.
No podemos afrontar esta dolorosa realidad desde una discusión ideológica que nos enfrenta mucho y resuelve casi nada. Tampoco deberíamos acostumbrarnos al deterioro progresivo del planeta ni asumir como algo inevitable que cada verano grandes extensiones queden arrasadas por las llamas. Es necesario preguntarnos qué podemos hacer cada uno para cuidar mejor la tierra. No todo depende de nosotros, pero una buena parte está en nuestras manos.
Cuidar la creación implica consumir de manera responsable, proteger el agua de la contaminación, preparar los bosques para prevenir y combatir los incendios, favorecer las condiciones de vida de quienes viven en los pueblos más pequeños y enseñar a las nuevas generaciones la importancia y la urgencia de cuidar la naturaleza. Cuidar la creación supone custodiar también nuestra propia vida y la vida de los demás, especialmente la de quienes más sufren.
El papa León XIV nos ha recordado que «la justicia ambiental […] representa una necesidad urgente que va más allá de la simple protección del medio ambiente. En realidad, se trata de una cuestión de justicia social, económica y antropológica. Para los creyentes, además, es una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación).
Que Dios nos ayude a escuchar los gemidos de la tierra quemada y de quienes más han sufrido la catástrofe de los incendios. Y que este sufrimiento no sea inútil, sino que se convierta realmente en dolores de parto de un nuevo modo —más humano, más solidario y más cristiano— de relacionarnos con la hermana madre Tierra.
Un saludo muy cordial en el Señor.
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