domingo, 28 de noviembre de 2021

Esperanza


Tengo un excelente amigo, buen conversador, con quien hablamos de lo humano y lo divino. De vez en cuando, él repite: “No beberemos con otro vaso”. Es su forma particular de decir: “Esto no tiene arreglo. Así son las cosas y así seguirán”. Hoy no son pocas las personas, jóvenes y mayores, creyentes y ateas, que, como mi amigo, han perdido la esperanza de cambiarse a sí mismas, de que el mundo pueda mejorar, de que la Iglesia pueda renovarse de verdad. Este “estado del alma” genera tristeza e desactiva el compromiso: ¿para qué trabajar, si no vas a conseguir nada?

Frente a este pesimismo, los cristianos estamos llamados a vivir y transmitir esperanza, una esperanza encarnada, realista; a pesar de que, como el agua y el aceite, la esperanza y el realismo parecen incapaces de mezclarse, de compenetrarse. De hecho, muchos justifican su desaliento, invocando al realismo, como si la vida solo nos ofreciera razones para deprimirse. Por otra parte, algunas personas intentan mantener su esperanza, negando el mal, la violencia y el dolor de tantos hermanos.

La esperanza cristiana tiene su fuente en la fe: “Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos y el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida” (Francisco, Audiencia del 7 de diciembre de 2016). Los cristianos no sólo creemos que Dios existe; creemos que Dios, hoy como ayer, ve y escucha, se conmueve y se compromete: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios” (Ex 3,7-8).

Esta fe no nos aleja de la realidad. Es más, nos devuelve a ella con una mirada nueva, como la de María, la mujer contemplativa, capaz de descubrir a Dios en su pequeñez y en la historia de su pueblo: “El Poderoso ha hecho obras grandes en mí; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,49,51-52). Esta fe nos mueve a comprometernos como ella, a trabajar con Dios y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a los que Dios toca el corazón, para evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista; poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (cf. Lc 4,18-19). Este compromiso nace de la esperanza y, a su vez, la multiplica y extiende.

En este Adviento que hoy estrenamos, os animo a prepararnos intensamente para dar la bienvenida y acoger de nuevo a Dios, al Dios de la esperanza, que vino, que vendrá y que viene, aquí y ahora. Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Tener experiencia de Dios


Hace ya algunos años, en una convivencia de preparación para la Confirmación, preguntamos a los chavales si tenían experiencia de Dios. Uno de ellos respondió afirmativamente. Cuando le preguntamos en qué consistía, él contó con toda sencillez: “Estaba pasándolo mal, traté de buscar ayuda en mis padres y mis amigos, pero no pude encontrarlos en ese momento; entonces, comencé a rezar y, al poco tiempo, me sentí acompañado y en paz”. Cuando terminó su relato, preguntó: “¿Esto es experiencia de Dios, verdad?”.

En efecto, tal como contaba este chaval, el paso de Dios por el alma se percibe, normalmente, a través de sus efectos concretos: la paz, la esperanza, la confianza, la capacidad para comprender y perdonar, el deseo de amar y la voluntad de servir… Dios no viene aparatosamente (cf. Lc 17,20); Dios es amor (1 Jn 4,8) y se manifiesta en el amor. La gran mística española Santa Teresa de Jesús lo afirmaba con toda claridad: “no está el amor de Dios en tener lágrimas… sino en servir con justicia, fortaleza de ánimo y humildad”. Por su parte, San Ignacio describía la consolación que Dios regala como un “aumento de esperanza, fe y caridad”. Dicho de otro modo: la auténtica oración cristiana nos mueve, desde dentro, a ser y a vivir como Jesús y con Jesús.

También es cierto que, a veces, Dios nos concede experiencias más sensibles e intensas de su presencia, que todos querríamos disfrutar cuando rezamos. Ese “toque de Dios” alegra el alma, más que todas las satisfacciones del mundo, y deja el corazón herido, herido de amor, cuando desaparece. Esta herida hizo gemir a San Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando y eras ido”. Este dolor nos mantiene en tensión hasta que el alma se encuentre con su creador plena y definitivamente.

La experiencia de Dios puede ser más o menos gustosa, más o menos contemplativa, según la sensibilidad y el momento vital de cada uno. En todo caso, tener experiencia de Dios y cuidar nuestra relación con Él es decisivo, en las circunstancias en las que nos toca vivir, si queremos seguir siendo cristianos. Como decía el teólogo Karl Rahner: «el cristiano del futuro o será un místico o no será”. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo no podemos aceptar la fe solo como una tradición heredada de la familia. Es preciso experimentar que la cercanía de Dios nos ayuda a amar, a afrontar las dificultades, a trabajar por los más indefensos, a vivir de verdad. Sólo así podremos superar las ideologías que afirman que la religión aliena, infantiliza, justifica injusticias y recorta la felicidad y la libertad. Por estas razones, os animo encarecidamente a cuidar vuestra relación con Dios.

Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Sinodalidad, oración y opción por los pobres


Hemos comenzado la fase diocesana del Sínodo, en el que la Iglesia está haciéndose un chequeo a sí misma, mediante un proceso de reflexión compartida hacia dentro, en las distintas comunidades cristianas, y un ejercicio de escucha hacia afuera, abierto a cualquier persona que quiera ofrecer su aportación. Ojalá que, poco a poco, este trabajo llene nuestros corazones de esperanza y de entusiasmo misionero.

Para que el proceso sinodal favorezca la deseada renovación de la Iglesia, es necesario cuidar algunos aspectos irrenunciables de la vida cristiana, como son el encuentro personal con el Señor y la opción preferencial por los pobres.

Con respecto al encuentro con Jesús, el Papa Francisco, en la Misa para la apertura de este sínodo de los Obispos, recordó: “El sínodo es un camino de discernimiento espiritual, de discernimiento eclesial, que se realiza en la adoración, en la oración, en contacto con la Palabra de Dios… La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo, para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación, guiado por el Espíritu”. Sin oración, el Sínodo puede convertirse en una lucha entre diferentes formas de ver la doctrina, la celebración y la vida cristiana. La auténtica oración, en cambio, nos libera de prejuicios y del deseo de imponer nuestro punto de vista, abriéndonos a la verdad que Dios nos manifiesta a través de su Palabra, acogida con sentido de fe por los creyentes y manifestada, muchas veces, en el sentir de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Por otra parte, no podemos olvidar que la voz de Dios “nos alcanza a través del grito de los pobres” (Papa Francisco). Además, el Sínodo debe ayudarnos a ser más fieles a la misión que Jesús nos confió: comunicar el amor de Dios a todos, comenzando por los más pobres y marginados, pues ellos son los “destinatarios privilegiados del Evangelio” (Benedicto XVI). Ya San Juan Pablo II recordó: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36)… Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI 49).

Por estas razones, me permito recomendar la cercanía y el servicio a los pobres, sobre todo a quienes subrayáis la importancia de la oración, y el encuentro con Jesús, a los que destacáis por vuestra sensibilidad con las personas más necesitadas. Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Somos lo que tú nos ayudas a ser



En muchas ocasiones, nos resulta más fácil ventilar los fallos de la Iglesia que darnos cuenta de lo mucho que nos ofrece. Nos dolemos por sus limitaciones y errores, que ahí están; pero también deberíamos reconocer, con alegría y gratitud, que la Iglesia, esta Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín, es una gran familia, en la que muchos habéis conocido a Jesucristo y su Evangelio; una gran familia que nos alimenta en la fe y nos sostiene en la misión. Tú y yo somos cristianos por la gracia de Dios y por la necesaria mediación de la Iglesia: por esa catequista que nos ayudó a intuir mejor la grandeza de creer, por ese sacerdote que nos escuchó y nos ayudó a acoger la misericordia de Dios, por esos cristianos laicos que nos conquistaron con su ejemplo de oración, solidaridad y valentía, anunciando verdades incómodas y defendiendo la dignidad de los más indefensos.

En esta gran familia, somos lo que tú nos ayudas a ser, porque tú eres Iglesia. Somos la aportación de los que sois solidarios con vuestros próximos, o trabajáis en Cáritas, Manos Unidas y otras organizaciones caritativas, porque sois Iglesia. Somos el esfuerzo de los que cuidáis generosamente nuestros templos y celebraciones, porque sois Iglesia. Somos la dedicación de las personas que os consagráis a Dios en la vida religiosa, el sacerdocio o las misiones, porque sois Iglesia. Somos la contribución de quienes compartís responsablemente vuestro dinero con la parroquia, porque sois Iglesia. Somos el esfuerzo de tantos laicos y laicas que os comprometéis en la familia, la educación, el trabajo, la economía, la política, el pueblo, el barrio, la casa común en la que vivimos, porque sois Iglesia. Somos la oración de los que rezáis por los que sufren, por las personas a las que más queréis… porque sois Iglesia. Somos lo que tú y yo podemos compartir con la Iglesia, con nuestra Diócesis. Somos una gran familia, contigo.

Por eso, en este Día de la Iglesia Diocesana, nos podemos preguntar: ¿Reconozco y agradezco habitualmente la aportación de la Iglesia a mi vida personal y al conjunto de la sociedad? ¿Podría aportar algo más, para que la Iglesia siga ofreciendo al mundo palabras de esperanza y gestos de humanidad, dentro y fuera de nuestro territorio?

Esta gran familia trabaja para crecer en transparencia, por eso hoy, como cada año, se publica la situación económica de la Diócesis. También estamos empeñados en avanzar, con el Papa Francisco, por el camino de la sinodalidad, para que nadie se sienta “cristiano de segunda”, para que todos puedan considerarse miembros de esta gran familia.

Con el corazón lleno de gratitud, por la dedicación de los laicos, religiosos y sacerdotes, por la generosidad de tantos hombres y mujeres de nuestra Diócesis, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

domingo, 31 de octubre de 2021

Como en casa, en ningún sitio


Como en casa, en ningún sitio. ¡Cuántas veces hemos escuchado y hemos pronunciado esta expresión! Después de trabajar o de hacer ejercicio, deseamos llegar a casa, para ducharnos y relajarnos. Echamos de menos la casa, cuando vivimos fuera de ella y, a veces, hasta cuando disfrutamos de unas buenas vacaciones. Decimos “casa” e inmediatamente pensamos en la familia, los encuentros, el hogar, el calor, el bienestar, la libertad…

Por eso, conviene que los que tenemos vivienda, aunque sea humilde o de alquiler, nos pongamos en la piel de quienes no la tienen; de las personas que duermen en albergues, lugares inhóspitos o en la calle; de quienes no pueden ducharse, comer, descansar o leer cuando quieren; ni tienen seres queridos que les esperan, les abracen y les escuchen; ni un centro de salud habitual donde ser atendidos… Personas sin hogar, que en muchos casos no han podido tener un lugar donde confinarse en lo peor de la pandemia; hombres y mujeres para los que el derecho a la vivienda (artículo 25 de los Derechos Humanos) es papel mojado.

Quizá algunos, al leer esta carta, estéis pensando: “Tenemos casa, porque pagamos cada mes el alquiler, porque hemos trabajado y seguimos trabajando duro para tenerla y mantenerla”. Es verdad. El acceso a la vivienda grava, injustamente, la situación económica de la mayor parte de las familias, de por vida. Pero, aun siendo esto cierto, conviene que nos pongamos en la piel de quienes no tienen casa.

La dolorosa realidad de estas personas trae a la memoria las palabras de Jesús: “Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40), Él, en efecto, nació en un establo y fue acostado “en un pesebre” por las manos amorosas de su Madre, la Virgen Santísima, porque no había lugar para ellos en la posada (cf. Lc 2, 7); y luego estuvo prófugo, lejano de su tierra y de su casa (Discurso de San Juan Pablo II, 8 de diciembre de 1987).

Cáritas conoce esta realidad, ya que acompaña a unas 40.000 personas sin hogar en España. Desde la cercanía con ellas, pide a las administraciones públicas que garanticen el ejercicio de los derechos humanos de todos, en especial de quienes no tienen hogar, y solicita la colaboración de la sociedad, para dar respuesta a esta situación. Cáritas Diocesana, en concreto, desarrolla proyectos con personas sin hogar, desde los centros de Teruel y Alcorisa. Además de facilitar el acceso a una vivienda digna, se cuida el acompañamiento y la escucha, para romper el aislamiento y reconstruir lazos sociales. Si necesitas ayuda, si quieres poner alguna vivienda a disposición de estas personas, si tienes tiempo, empatía y capacidad de escucha, acude a Cáritas.

Os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

domingo, 24 de octubre de 2021

Ser agradecidos, ser misioneros


Para preparar esta carta, que corresponde a la jornada del Domund, pedí información a la responsable de Misiones de la Diócesis acerca de las misioneras y misioneros de Teruel y Albarracín. Estaba seguro que no serían pocas las personas de nuestra tierra que viven la misión en otros países, en otras culturas; casi todas, entre los más pobres de la tierra. Pero he de reconocer que, cuando vi la lista, quedé gratamente sorprendido: 50 personas, nacidas en nuestra Diócesis, están dando lo mejor de sí mismas en Argelia, Argentina, Australia, Benín, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Estados Unidos, Estonia, Guatemala, Haití, Honduras, India, Israel, Italia, Guinea Ecuatorial, Japón, Marruecos, México, Mozambique, Nepal, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Tailandia, Tanzania, Togo y Venezuela.

Son misioneros porque su corazón desborda agradecimiento. La misión es hija de la gratitud a Dios, por todo lo que Él hizo y hace por nosotros. Así lo explica el Papa Francisco: Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído… Ponerse en «estado de misión» es un efecto del agradecimiento (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2021).

Cada uno de nosotros, como nuestros misioneros y misioneras, estamos llamados a preguntarnos: ¿Cómo agradeceré al Señor todo el bien que me ha hecho? ¿Cómo podré anunciar y compartir lo que he visto y oído? Un camino para mostrar nuestra gratitud podría ser apoyar a los misioneros, con nuestro afecto, cercanía, oración y contribución económica.

No obstante, el modo habitual para agradecer a Dios su amor es vivir con pasión y generosidad nuestra misión aquí: en la familia, entre nuestras amistades, en la parroquia, en el pueblo o el barrio. La vida se llena de color cuando recordamos que tenemos una misión, cuando nos damos cuenta de que Dios y tantas personas esperan mucho de nosotros. El Santo Padre nos ofrece indicaciones preciosas para ser misioneros en nuestros ambientes habituales, en este tiempo de pandemia: a) aunque aún debemos observar cierta distancia, para protegernos y proteger de la Covid-19, hemos de buscar nuevos modos para acompañarnos y cuidarnos unos a otros; b) es necesario recuperar la pasión compartida por crear comunidades abiertas y solidarias, a las que destinar tiempo, esfuerzo y bienes; c) urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Con el corazón lleno de gratitud, por la dedicación de nuestros misioneros, en tantos países del mundo, y por la generosidad de los hombres y mujeres que viven la misión aquí, en medio de los suyos, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

domingo, 17 de octubre de 2021

Sinodalidad: caminar juntos


Hace muchos años escuché a un sacerdote que, medio en broma, dijo al obispo: “usted caciquea todo lo que quiere en la Diócesis, deje que nosotros caciqueemos en las parroquias”. También he oído a algunas personas que, con buena intención, se someten ciegamente a todo cuanto dicen los sacerdotes y los obispos: “lo que usted quiera… como usted mande”.

Estas palabras reflejan una mentalidad, que ha ido cambiando y que debe transformarse mucho más, hasta que todos los cristianos, mujeres y hombres, laicos, religiosos y sacerdotes, vivamos con más responsabilidad nuestro bautismo e, inspirados y animados por el Espíritu Santo, nos escuchemos los unos a los otros, y podamos decidir juntos, trabajar juntos, caminar juntos, revisar juntos y celebrar juntos, cada uno de acuerdo a los dones recibidos y a su vocación específica.

Este modo de ser y de vivir en la Iglesia se llama Sinodalidad y tiene su primera expresión en el Concilio de Jerusalén (cf. He 15 y Ga 2,1-10), un acontecimiento sinodal, en el que la comunidad de Jerusalén se reúne para examinar una cuestión discutida, escuchando a los testigos, interpretando los hechos a la luz de la palabra de Dios y, finalmente, ofreciendo algunos criterios de actuación.

El Papa Francisco afirmó: “El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Convencido de que esta es la senda a recorrer también en Teruel y Albarracín, quisiera animaros a vivir este sínodo sobre la sinodalidad como una oportunidad preciosa para la Iglesia universal, para nuestra Diócesis y para sus comunidades parroquiales, religiosas, movimientos, cofradías, asociaciones…

Este sínodo universal va a comenzar con una fase diocesana, en la que todos tendremos la oportunidad de participar. En nuestro caso, la Catedral de Teruel acoge la Santa Misa de apertura, hoy domingo 17 de octubre a las 19:30 h. En las parroquias se explicará el trabajo a desarrollar en los diferentes grupos y, cuando concluya la fase diocesana, las conclusiones se enviarán a la Conferencia Episcopal Española; para que, finalmente, lleguen a Roma y puedan ayudar a la reflexión de los padres sinodales con el Papa Francisco.

Además, tendremos la oportunidad de escuchar y conversar con la teóloga aragonesa Cristina Inogés-Sanz, quien ha participado en la inauguración del Sínodo, con un discurso previo al del Santo Padre. Ofrecerá una charla coloquio en Teruel, el jueves 4 de noviembre a las 8 de la tarde, en el salón de actos del colegio Sagrado Corazón de Jesús (calle Ripalda).

Con el deseo de que aprovechemos este proceso sinodal para ir disolviendo los prejuicios que nos dificultan la escucha de los hermanos en la fe, de cuantos profesan otras religiones, de los no creyentes, de los pobres y, por tanto, de Dios; con la esperanza de que esta iniciativa nos ayude a crecer en santidad, en solidaridad y en entusiasmo misionero, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...