domingo, 26 de diciembre de 2021

Cuidar a la familia

Sagrada Familia del pintor malagueño Raúl Berzosa

Hace unos años, un chaval se emborrachó en una fiesta. Los amigos quisieron alejarlo de sus padres, para que no se disgustaran. Él, a pesar de su estado, les dijo que lo llevaran a casa. Estaba seguro de que sus padres le ayudarían más y mejor que nadie. Su confianza no se vio defraudada. Sus padres lo acogieron, lo cuidaron y, cuando hubo ocasión, hablaron con él, para que aprendiera de lo sucedido.

Muchos podríamos contar experiencias similares a esta. A pesar de que no existen familias perfectas, la inmensa mayoría de las personas hemos experimentado y disfrutado, precisamente en el hogar familiar, del amor más incondicional y más gratuito, ese amor que solo busca nuestro bien, ese amor que nos ha permitido crecer con confianza y que, poco a poco, ha despertado en nosotros el deseo de amar de la misma manera. Un amor incondicional y gratuito es el tesoro más valioso que una persona puede poseer. Asimismo, el tesoro más precioso de una sociedad es la presencia de muchas familias que sean verdaderamente escuelas de amor, confianza y solidaridad. Por estas y tantas otras razones, debemos empeñarnos en cuidar a la familia desde todos los ámbitos

Es necesario cuidar a la familia desde dentro. Todos recibimos y todos debemos aportar, cada uno de acuerdo a su edad, a sus capacidades, a su salud… Hemos de esforzarnos por evitar cualquier forma de discriminación y abuso; teniendo en cuenta que, si bien en algunas familias todavía hay signos claros de machismo, que se deben evitar, en bastantes ocasiones se da la tiranía de los más pequeños, educados en la lógica de los derechos sin obligaciones, tendencia que es preciso corregir igualmente.

Es necesario cuidar a la familia desde las instituciones públicas. Las familias tienen derecho a una adecuada política en el terreno jurídico, económico, social y fiscal. Las instituciones deben apoyar mejor la inmensa generosidad de las familias que acogen el don de la vida y se dedican durante años al sustento y a la educación de los hijos. Por otra parte, resulta imprescindible amparar eficazmente a las familias, angustiadas frente a la enfermedad de un ser querido, el desempleo de los jóvenes, las largas jornadas de trabajo que no permiten a sus miembros encontrarse, etc. (cf. Amoris Laetitia 44).

También la Iglesia debe cuidar más decididamente a todas las familias y, en particular, a las familias cristianas, para que puedan despertar el deseo de Dios en los hijos y educarlos en la fe. El Papa Francisco nos ofrece pistas de actuación: reuniones, centros de asesoramiento, retiros, espacios de espiritualidad para matrimonios, consultorías y charlas de especialistas sobre diferentes situaciones complejas: adicciones, infidelidad, violencia familiar, hijos problemáticos, etc. (cf. Amoris Laetitia 229).

Desde la gratitud por todo lo que las familias aportan a las personas, a la sociedad y a la Iglesia, os deseo un feliz año nuevo.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Portales de Navidad


Hace pocos días, tuve la satisfacción de visitar un colegio de Teruel. Compartí un rato con los alumnos de Primero de Secundaria. Estaban en clase de plástica. Utilizando cartón, pinturas, plásticos y telas recicladas, confeccionaban cuatro portales “alternativos”: un campo de refugiados, un cajero automático, una patera y un callejón oscuro de barrio. Me explicaron que María y José, hace 2000 años, no encontraron posada y Jesús nació en un pobre portal; de igual manera, hoy muchas personas no encuentran acogida, naciendo y viviendo en campos de refugiados, cajeros automáticos, pateras, callejones oscuros…

En esta misma línea, la campaña de Navidad de Cáritas nos invita a mirar a los portales de muchas casas, algunos muy cercanos a los nuestros, “donde no hay mula ni buey, pero sí familias que no llegan a fin de mes”. Con el lema “Esta Navidad, cada portal importa”, Cáritas nos recuerda que en España crece el número de personas y familias que sufren graves problemas económicos, que provocan conflictos, desesperanza y exclusión. También nos anima a acoger a Jesús, “presente en la vida de las personas que están sufriendo pobreza y desigualdad en las orillas de los caminos”.

Posiblemente, alguno pueda pensar que este tipo de mensajes arrugan la alegría y la ilusión que deben presidir estos días navideños. Sin embargo, pretenden justo lo contrario: que vivamos una navidad más plena: más familiar, más espiritual y más solidaria.

Por eso, es importante cuidar, especialmente en estas fechas, la relación con nuestras familias. La primera Navidad tuvo como protagonista a una familia y, gracias a Dios, la Navidad sigue siendo una ocasión preciosa para que muchas familias –más o menos religiosas– se reúnan y refuercen sus vínculos de amor. Con las precauciones que todavía nos exige la situación sanitaria, propiciemos encuentros, llamadas y gestos de cercanía con los familiares y amigos.

Dediquemos también tiempo a la oración. Hace unos años, el Papa Francisco confesó: “Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz… Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo”. Sólo si contemplamos, si dejamos que la ternura de Dios toque nuestro corazón, podremos transmitirla en todo lo que hacemos y a todas las personas.

Y, por supuesto, no dejemos de iluminar, con la luz de la solidaridad, tantos portales, aquí en Teruel y en el mundo entero, compartiendo directamente o a través de Cáritas, misioneros, Manos Unidas… Así disfrutaremos la alegría de otras familias que, gracias a nuestra ayuda, afrontarán su situación con más esperanza y podrán descubrir que Dios realmente es Amor.

FELIZ NAVIDAD DE CORAZÓN A TODOS LOS DIOCESANOS DE TERUEL Y ALBARRACÍN, A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Saber esperar



Hace ya muchos años, un joven fue al huerto con su padre. Habían madrugado, pero hacía calor. El chaval repetía a cada momento: “¡Tengo sed!”. El padre no respondía. Tanto insistió el muchacho, que el padre lo miró, con una mezcla de ternura y severidad, y le dijo: “Hijo mío, si cada vez que sentimos sed, dejamos de trabajar, es mejor que nos quedemos en casa”. El chico continuó la tarea en silencio y no olvidó las sabias palabras de aquel hombre, que, sin ser pedagogo, sabía que su hijo no maduraría, si no aprendía a esperar.

Desde entonces, el mundo ha cambiado mucho, para bien y para mal. Generalmente, las familias tienen mayor poder adquisitivo, menos hijos y menos tiempo para estar con ellos. Además, vivimos en la sociedad de la prisa, la publicidad y el consumismo fácil. En este contexto, es más complicado enseñar y aprender a esperar; es más fácil que muchos niños, jóvenes y adultos nos convirtamos en dictadorzuelos caprichosos, con grandes dificultades para controlar la ansiedad, si no tenemos ¡ya! lo que nos apetece. Cuando no sabemos esperar, corremos el riesgo de no discernir con acierto lo que conviene, sufrir las consecuencias de decisiones apresuradas y llenarnos de cosas inútiles, que nos aburren.

Saber esperar es muy importante en todos los ámbitos: el crecimiento personal, el trabajo, las relaciones de pareja, el compromiso político, la misión apostólica, la educación y la dimensión espiritual. También la oración y el seguimiento de Jesús requieren sus ritmos: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra… La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano” (Mc 4,26-28).

No se trata de una espera aburrida y pasiva. Esperamos gozando tantas cosas buenas, que el presente nos ofrece, y pregustando lo que está por venir, tal como expresa el Principito: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré”. Esperamos gozando y trabajando: “Esperaré a que crezca el árbol y me dé sombra; pero abonaré la espera con mis hojas secas. Esperaré a que brote el manantial y me dé agua; pero despejaré mi cauce de memorias enlodadas. Esperaré a que apunte la aurora y me ilumine; pero sacudiré mi noche de postraciones y sudarios. Esperaré a que llegue lo que no sé y me sorprenda; pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado. Y al abonar el árbol, despejar el cauce, sacudir la noche y vaciar la casa, la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza” (Benjamín G. Buelta, SJ).

En este Adviento, seguimos esperando al Salvador, pacientes, gozosos, laboriosos y orantes: ¡Ven, Señor Jesús! Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Esperanza


Tengo un excelente amigo, buen conversador, con quien hablamos de lo humano y lo divino. De vez en cuando, él repite: “No beberemos con otro vaso”. Es su forma particular de decir: “Esto no tiene arreglo. Así son las cosas y así seguirán”. Hoy no son pocas las personas, jóvenes y mayores, creyentes y ateas, que, como mi amigo, han perdido la esperanza de cambiarse a sí mismas, de que el mundo pueda mejorar, de que la Iglesia pueda renovarse de verdad. Este “estado del alma” genera tristeza e desactiva el compromiso: ¿para qué trabajar, si no vas a conseguir nada?

Frente a este pesimismo, los cristianos estamos llamados a vivir y transmitir esperanza, una esperanza encarnada, realista; a pesar de que, como el agua y el aceite, la esperanza y el realismo parecen incapaces de mezclarse, de compenetrarse. De hecho, muchos justifican su desaliento, invocando al realismo, como si la vida solo nos ofreciera razones para deprimirse. Por otra parte, algunas personas intentan mantener su esperanza, negando el mal, la violencia y el dolor de tantos hermanos.

La esperanza cristiana tiene su fuente en la fe: “Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos y el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida” (Francisco, Audiencia del 7 de diciembre de 2016). Los cristianos no sólo creemos que Dios existe; creemos que Dios, hoy como ayer, ve y escucha, se conmueve y se compromete: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios” (Ex 3,7-8).

Esta fe no nos aleja de la realidad. Es más, nos devuelve a ella con una mirada nueva, como la de María, la mujer contemplativa, capaz de descubrir a Dios en su pequeñez y en la historia de su pueblo: “El Poderoso ha hecho obras grandes en mí; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,49,51-52). Esta fe nos mueve a comprometernos como ella, a trabajar con Dios y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a los que Dios toca el corazón, para evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista; poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (cf. Lc 4,18-19). Este compromiso nace de la esperanza y, a su vez, la multiplica y extiende.

En este Adviento que hoy estrenamos, os animo a prepararnos intensamente para dar la bienvenida y acoger de nuevo a Dios, al Dios de la esperanza, que vino, que vendrá y que viene, aquí y ahora. Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Tener experiencia de Dios


Hace ya algunos años, en una convivencia de preparación para la Confirmación, preguntamos a los chavales si tenían experiencia de Dios. Uno de ellos respondió afirmativamente. Cuando le preguntamos en qué consistía, él contó con toda sencillez: “Estaba pasándolo mal, traté de buscar ayuda en mis padres y mis amigos, pero no pude encontrarlos en ese momento; entonces, comencé a rezar y, al poco tiempo, me sentí acompañado y en paz”. Cuando terminó su relato, preguntó: “¿Esto es experiencia de Dios, verdad?”.

En efecto, tal como contaba este chaval, el paso de Dios por el alma se percibe, normalmente, a través de sus efectos concretos: la paz, la esperanza, la confianza, la capacidad para comprender y perdonar, el deseo de amar y la voluntad de servir… Dios no viene aparatosamente (cf. Lc 17,20); Dios es amor (1 Jn 4,8) y se manifiesta en el amor. La gran mística española Santa Teresa de Jesús lo afirmaba con toda claridad: “no está el amor de Dios en tener lágrimas… sino en servir con justicia, fortaleza de ánimo y humildad”. Por su parte, San Ignacio describía la consolación que Dios regala como un “aumento de esperanza, fe y caridad”. Dicho de otro modo: la auténtica oración cristiana nos mueve, desde dentro, a ser y a vivir como Jesús y con Jesús.

También es cierto que, a veces, Dios nos concede experiencias más sensibles e intensas de su presencia, que todos querríamos disfrutar cuando rezamos. Ese “toque de Dios” alegra el alma, más que todas las satisfacciones del mundo, y deja el corazón herido, herido de amor, cuando desaparece. Esta herida hizo gemir a San Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando y eras ido”. Este dolor nos mantiene en tensión hasta que el alma se encuentre con su creador plena y definitivamente.

La experiencia de Dios puede ser más o menos gustosa, más o menos contemplativa, según la sensibilidad y el momento vital de cada uno. En todo caso, tener experiencia de Dios y cuidar nuestra relación con Él es decisivo, en las circunstancias en las que nos toca vivir, si queremos seguir siendo cristianos. Como decía el teólogo Karl Rahner: «el cristiano del futuro o será un místico o no será”. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo no podemos aceptar la fe solo como una tradición heredada de la familia. Es preciso experimentar que la cercanía de Dios nos ayuda a amar, a afrontar las dificultades, a trabajar por los más indefensos, a vivir de verdad. Sólo así podremos superar las ideologías que afirman que la religión aliena, infantiliza, justifica injusticias y recorta la felicidad y la libertad. Por estas razones, os animo encarecidamente a cuidar vuestra relación con Dios.

Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Sinodalidad, oración y opción por los pobres


Hemos comenzado la fase diocesana del Sínodo, en el que la Iglesia está haciéndose un chequeo a sí misma, mediante un proceso de reflexión compartida hacia dentro, en las distintas comunidades cristianas, y un ejercicio de escucha hacia afuera, abierto a cualquier persona que quiera ofrecer su aportación. Ojalá que, poco a poco, este trabajo llene nuestros corazones de esperanza y de entusiasmo misionero.

Para que el proceso sinodal favorezca la deseada renovación de la Iglesia, es necesario cuidar algunos aspectos irrenunciables de la vida cristiana, como son el encuentro personal con el Señor y la opción preferencial por los pobres.

Con respecto al encuentro con Jesús, el Papa Francisco, en la Misa para la apertura de este sínodo de los Obispos, recordó: “El sínodo es un camino de discernimiento espiritual, de discernimiento eclesial, que se realiza en la adoración, en la oración, en contacto con la Palabra de Dios… La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo, para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación, guiado por el Espíritu”. Sin oración, el Sínodo puede convertirse en una lucha entre diferentes formas de ver la doctrina, la celebración y la vida cristiana. La auténtica oración, en cambio, nos libera de prejuicios y del deseo de imponer nuestro punto de vista, abriéndonos a la verdad que Dios nos manifiesta a través de su Palabra, acogida con sentido de fe por los creyentes y manifestada, muchas veces, en el sentir de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Por otra parte, no podemos olvidar que la voz de Dios “nos alcanza a través del grito de los pobres” (Papa Francisco). Además, el Sínodo debe ayudarnos a ser más fieles a la misión que Jesús nos confió: comunicar el amor de Dios a todos, comenzando por los más pobres y marginados, pues ellos son los “destinatarios privilegiados del Evangelio” (Benedicto XVI). Ya San Juan Pablo II recordó: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36)… Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI 49).

Por estas razones, me permito recomendar la cercanía y el servicio a los pobres, sobre todo a quienes subrayáis la importancia de la oración, y el encuentro con Jesús, a los que destacáis por vuestra sensibilidad con las personas más necesitadas. Os envío a todos un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Somos lo que tú nos ayudas a ser



En muchas ocasiones, nos resulta más fácil ventilar los fallos de la Iglesia que darnos cuenta de lo mucho que nos ofrece. Nos dolemos por sus limitaciones y errores, que ahí están; pero también deberíamos reconocer, con alegría y gratitud, que la Iglesia, esta Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín, es una gran familia, en la que muchos habéis conocido a Jesucristo y su Evangelio; una gran familia que nos alimenta en la fe y nos sostiene en la misión. Tú y yo somos cristianos por la gracia de Dios y por la necesaria mediación de la Iglesia: por esa catequista que nos ayudó a intuir mejor la grandeza de creer, por ese sacerdote que nos escuchó y nos ayudó a acoger la misericordia de Dios, por esos cristianos laicos que nos conquistaron con su ejemplo de oración, solidaridad y valentía, anunciando verdades incómodas y defendiendo la dignidad de los más indefensos.

En esta gran familia, somos lo que tú nos ayudas a ser, porque tú eres Iglesia. Somos la aportación de los que sois solidarios con vuestros próximos, o trabajáis en Cáritas, Manos Unidas y otras organizaciones caritativas, porque sois Iglesia. Somos el esfuerzo de los que cuidáis generosamente nuestros templos y celebraciones, porque sois Iglesia. Somos la dedicación de las personas que os consagráis a Dios en la vida religiosa, el sacerdocio o las misiones, porque sois Iglesia. Somos la contribución de quienes compartís responsablemente vuestro dinero con la parroquia, porque sois Iglesia. Somos el esfuerzo de tantos laicos y laicas que os comprometéis en la familia, la educación, el trabajo, la economía, la política, el pueblo, el barrio, la casa común en la que vivimos, porque sois Iglesia. Somos la oración de los que rezáis por los que sufren, por las personas a las que más queréis… porque sois Iglesia. Somos lo que tú y yo podemos compartir con la Iglesia, con nuestra Diócesis. Somos una gran familia, contigo.

Por eso, en este Día de la Iglesia Diocesana, nos podemos preguntar: ¿Reconozco y agradezco habitualmente la aportación de la Iglesia a mi vida personal y al conjunto de la sociedad? ¿Podría aportar algo más, para que la Iglesia siga ofreciendo al mundo palabras de esperanza y gestos de humanidad, dentro y fuera de nuestro territorio?

Esta gran familia trabaja para crecer en transparencia, por eso hoy, como cada año, se publica la situación económica de la Diócesis. También estamos empeñados en avanzar, con el Papa Francisco, por el camino de la sinodalidad, para que nadie se sienta “cristiano de segunda”, para que todos puedan considerarse miembros de esta gran familia.

Con el corazón lleno de gratitud, por la dedicación de los laicos, religiosos y sacerdotes, por la generosidad de tantos hombres y mujeres de nuestra Diócesis, os envío un saludo muy cordial a todos, en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...