domingo, 26 de febrero de 2023

A tontas y a locas


Hace años escuché el testimonio de una persona que dedicaba dos horas diarias a meditar, a reflexionar e interpretar sus vivencias íntimas y su vida social. Explicó que, cuando comenzó esta práctica, el silencio le resultaba casi insoportable, pero poco a poco se fue convirtiendo en el espacio más deseado y enriquecedor del día. Tras su brillante defensa de la importancia de hacer silencio, sorprendió a muchos al confesar su agnosticismo. Entonces caí en la cuenta de que hacer silencio y meditar son necesidades de todo ser humano, sea creyente o no.

La meditación es una práctica imprescindible, si queremos resguardarnos del chaparrón de informaciones y opiniones que puede empaparnos. La reflexión pausada nos ayuda a ser más libres, porque nos da una mirada más aguda, para descubrir los mecanismos del mundo que queremos mejorar, para abrazar la verdad y rechazar la mentira de quienes pretenden controlar, conforme a sus intereses, nuestro modo de percibir la realidad, de pensar y de comportarnos.

El silencio también nos ayuda a conocer e interpretar mejor nuestro mundo interior, en el que conviven alegrías y enfados, desilusiones y esperanzas, deseos de venganza y de reconciliación, mociones que tiran de nosotros hacia lo más alto y hacia lo más bajo. La meditación nos permite no perder el norte en esa tormenta de sensaciones contrapuestas, en la que a veces se convierte nuestro corazón.

Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta apagar la televisión, el ordenador o el teléfono móvil, para analizar con paz las experiencias vitales y plantearnos serenamente las decisiones a tomar! Cuando no cultivamos el silencio, vivimos “a tontas y a locas”, como se dice con lenguaje coloquial, y se extiende la llamada “epidemia de superficialidad”.

Para quienes creemos en Dios, hacer silencio y meditar debería ser una prioridad, porque en ocasiones hasta la oración personal y las celebraciones comunitarias se asemejan a una catarata de palabras, gestos y canciones, en las que se echan de menos «espacios de silencio, en los que pueda emerger otra Palabra, es decir, Jesús, la Palabra»; espacios en los que «damos la posibilidad al Espíritu de regenerarnos, de consolarnos, de corregirnos» (Audiencia del papa Francisco, 15 de diciembre de 2021). Además, en este tiempo sinodal que estamos viviendo en la Iglesia, el silencio es el ámbito idóneo para la escucha de Dios y de las personas.

Procuremos, en esta Cuaresma, no vivir “a tontas y a locas”. Al menos, dediquemos cada noche unos minutos a examinar cómo hemos vivido la jornada, para valorar y agradecer el bien realizado y los dones recibidos, para ser más conscientes de nuestros errores y ponerles remedio, para prestar oídos a las inspiraciones de Dios, que podemos intuir en las experiencias más gozosas y más tristes de la existencia.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 19 de febrero de 2023

Dios nos añora


Quizá te parezca excesivo decir que Dios nos añora. Sin embargo, la Biblia está llena de párrafos en los que aflora la añoranza que Dios tiene de nosotros. Los profetas, hablando al pueblo de Israel, en el que todos estamos incluidos, dicen: «Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí… Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba» (Os 11, 1-3); «os llamé y no me respondisteis» (Jr 7,13), «¡no volvisteis a mí!» (Am 4,11).

Jesús de Nazaret describió la añoranza que Dios tiene de nosotros con la parábola del padre bueno que tenía dos hijos, a los que repartió la herencia, aun antes de morir. El pequeño se marchó a otro país y el padre añoraba su presencia; tanto que a menudo subía a lo más alto de la casa, para ver si su hijo volvía. El mayor se quedó, pero su corazón estaba lejos, y el padre añoraba su amor de hijo y de hermano; tanto que se puso a sus pies, para rogarle que compartiese su alegría, en la fiesta organizada por la vuelta del pequeño.

Benedicto XVI explicó la añoranza de Dios con estas preciosas palabras: «el Todopoderoso espera el “sí” de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa» (Mensaje para la Cuaresma, 2007).

Dios nos añora a todos. Dios te añora a ti, aunque a veces dudes, te alejes de Él o te cueste rezar. A Dios le agradan tus buenas obras, pero añora tu cercanía y tu amor. Te añora a ti, como si fueras la única persona que Él creo, porque solo en su amor encontrarás el descanso, la alegría y la libertad –sí, también libertad– que dejan pequeños nuestros más grandes deseos.

Dios te añora e inventa mil estrategias para que puedas disfrutar con Él y Él contigo. Así lo reconoció San Agustín cuando, después de ir dando tumbos por la vida, escribió: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti».

El miércoles próximo comenzaremos la Cuaresma, tiempo oportuno para darnos cuenta de que también nosotros añoramos a Dios, a veces sin saberlo. Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 12 de febrero de 2023

Frenar la desigualdad está en tus manos


¿Quién no se ha sentido incómodo cuando aparecen, en los medios de comunicación, noticias que reflejan las injusticias y desigualdades que azotan la vida de tantas personas y pueblos? Es posible que, en alguna ocasión, hayamos querido evitar estas informaciones, porque nos hacen sufrir y nos dicen que algo tendría que cambiar en nuestra vida. Las mujeres de Manos Unidas no se rinden ante esta situación y, año tras año, nos urgen a superar la indiferencia y a hacernos cargo de las injustas desigualdades que existen lejos y cerca de nosotros.

Estas desigualdades tienen su origen en el egoísmo que anida solapado en el corazón de cada uno y en lo que san Juan Pablo II llamó “estructuras de pecado”. Las estructuras de pecado «están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres» (SRS 36).

Las “estructuras de pecado” son alentadas por personas y organizaciones que se benefician del sistema económico, político y social dominante. Así, promueven una visión de la vida centrada en el propio individuo y en sus intereses materiales, llegan a responsabilizar a los pobres de su propia pobreza, anestesian nuestra conciencia para que la injusticia no nos duela, y desautorizan los discursos religiosos y morales que promueven la dignidad de las personas frente a los intereses económicos.

El Magisterio de la Iglesia siempre ha advertido del peligro de estas ideologías materialistas. San Juan Pablo II nos previno ante los sistemas económicos que pretenden «reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales» (CA 19). Benedicto XVI advirtió del «predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2013). Y el papa Francisco ha asegurado que ciertos modelos económicos matan, ya que «grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida» (EG 53).

Ante esta dolorosa realidad, evitemos caer en la desesperanza de pensar que nuestros humildes trabajos en favor del desarrollo de los pueblos aportan poco o nada al cambio deseado. No perdamos la fe en la eficacia de los pequeños gestos de solidaridad, que el Señor no deja de bendecir. Acojamos en el corazón la llamada que nos dirige Manos Unidas: “Frenar la desigualdad está en tus manos”. Ojalá que la Campaña contra el Hambre de este año nos ayude a mirar con más compasión a quienes sufren las injusticias de nuestro mundo, y a defender su dignidad; apoyando decididamente, junto con Manos Unidas y tantas personas de buena voluntad, proyectos que favorezcan la igualdad y la justicia.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

domingo, 5 de febrero de 2023

La obsesión por la felicidad


Todos los seres humanos queremos ser felices. Este deseo de felicidad «es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre» (Catecismo, n. 1718). Sin embargo, en muchas ocasiones la felicidad se convierte en una obsesión: pretendemos ser felices a cualquier precio, rechazando todo aquello que pueda suponer esfuerzo y sacrificio; apartándonos de Dios y de cualquier persona que nos pueda cuestionar o incomodar. Estas actitudes nos alejan de la felicidad que tanto ansiamos. Lo sabemos por experiencia propia y ajena.

Jesús ha salido al encuentro de la humanidad para mostrarnos, con su vida y con sus palabras, el camino más seguro para nuestra felicidad. «Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad» (Catecismo, n. 1718) y nos muestran que la alegría cristiana no se aparta de la senda de la pobreza, el sufrimiento y las lágrimas; se adentra en el territorio de la misericordia, la limpieza de corazón, la justicia, la paz y la persecución; para encontrar su fuente más pura en el encuentro con Dios.

Queda claro que el ideal de persona humana que nos presenta Jesús poco tiene que ver con el que nos vende la publicidad, representado por un hombre joven, guapo, fuerte, rico, independiente, que no sufre por nada ni por nadie. A veces, sin darnos cuenta, hemos asumido este modelo. Por eso, de vez en cuando, deberíamos preguntarnos si realmente nuestro referente de vida es Jesucristo.

Quizá una famosa conversación de san Francisco con el hermano León nos ayude a intuir el giro radical que el Evangelio nos presenta en la búsqueda de la felicidad. El santo explica al hermano que la verdadera alegría no consiste en el crecimiento de la orden franciscana, en la conversión de todos los infieles o en la capacidad de hacer milagros. «Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría», repetía Francisco. «Pero entonces, ¿cuál es la verdadera alegría?», preguntaba el hermano. Y el maestro le respondió: «Regreso de Perusa y llego aquí muy de noche y es invierno… Y lleno de barro, con el frío y el hielo, llego a la puerta y, después de mucho aporrear y llamar, viene el fraile y pregunta: “¿Quién es?”; yo respondo: “Fray Francisco”; y él dice: «Vete, éstas no son horas de llegar, no entrarás aquí». Y al insistir de nuevo responde: «Vete, eres un simple y un ignorante; de ningún modo vendrás con nosotros; somos tantos y tales que no te necesitamos”… Yo te digo que si en todo esto conservo la paciencia y no me molesto, y sigo en paz… esa es la verdadera alegría».

Que el Señor nos conceda no obsesionarnos con nuestra propia felicidad y busquemos, como Él y con Él, el bien de las personas que nos rodean y de aquellas más necesitadas. Así, la felicidad se nos dará por añadidura. Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

domingo, 29 de enero de 2023

Lo más importante es amar


Cuando una relación de pareja o de amistad nos ha hecho sufrir mucho, sentimos vivamente la tentación de replegarnos en nosotros mismos. A veces incluso nos negamos la posibilidad de amar y ser amados, a causa del miedo a padecer un abandono, a no estar a la altura de la otra persona, a que el amor desestabilice las rutinas que nos dan seguridad o me exija lo que no quiero dar. De vez en cuando resulta provechoso preguntarse qué mecanismos de bloqueo, conscientes o inconscientes, entornan o clausuran las puertas del propio corazón.

Cuando damos la espalda al amor, crecen la desesperanza y la tristeza, la indiferencia y la injusticia; y mengua el gozo profundo, que brota del intercambio de dar y recibir con generosidad. Para nosotros, mujeres y hombres de fe, cerrar las puertas al amor supone además renunciar a la experiencia de conocer a Dios, al Dios-amor, que solo podemos encontrar cuando frecuentamos sus caminos preferidos: los de la compasión, el servicio y la entrega. Es más, sólo desde la vivencia del amor podemos ser redimidos y salvados.

El papa Benedicto lo explicó con admirable sencillez y profundidad: «Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha “redimido”» (Spe Salvi 26).

¡Abramos de par en par las puertas del corazón al amor de Dios y al amor humano, pequeño reflejo, pero muy luminoso, del amor divino! «Déjate amar, Él te ama así, es decir, tal como tú eres. No temas, confía, pues nada se antepone al amor de Dios para contigo, ni tus propios pecados», decía Sor Isabel de la Trinidad. Déjate amar y ama. No esperes a tener la vida resuelta o a alcanzar la perfección para empezar a amar, pues la práctica del amor es la mejor escuela en la que podemos aprender el arte de amar. Lo más importante es amar, en nuestra vida de familia y vecindad, en los compromisos apostólicos y sociales, en cada encuentro y en cada momento de la existencia. La vida no amada es vida perdida.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

sábado, 28 de enero de 2023

XXV Aniversario Fundación Amantes


Queridos amigos y amigas, acabamos de ver en este video el resultado de la intuición del obispo Antonio Algora y de las autoridades civiles de esta tierra que, hace 25 años, se pusieron manos a la obra, para que estos espacios despertaran de una larga noche de oscuridad y se llenaran de luz, luz para las mujeres y hombres de esta tierra, luz que atraviesa fronteras y atrae a tantas personas, que vienen a Teruel desde cualquier punto de España y del mundo. ¡Cómo atrae la luz del amor, sobre todo cuando viene envuelta en belleza!

Por eso, en esta tarde queremos hacer resonar una palabra: ¡gracias!, gracias a las instituciones y gracias a quienes han trabajado y seguís trabajando en este proyecto, que aúna tantos valores humanos, espirituales y culturales.

Permitidme que destaque tres espacios que recorremos sucesivamente cuando visitamos este lugar y que, a mi modo de ver, representan tres tipos de amor.

El Mausoleo, restaurado en 2005, es la sede del amor eterno de Isabel y Diego. Nos habla del amor interpersonal, del amor que mira a los ojos de la persona amada. Recuerda la necesidad de amar y ser amados para poder vivir, para compartir las mejores alegrías y afrontar las dificultades con esperanza.

La iglesia, una de las más bellas de Teruel, recuperada en 2004, evoca el amor de Dios y a Dios, del amor que mira hacia arriba y hacia adentro, un Amor con mayúsculas, que los creyentes descubrimos en el cariño de tanta gente buena que nos cuida y en los momentos en los que abrimos el corazón a la trascendencia; un amor que se queda cuando todos se han ido, un amor que nos resucita a una vida nueva.

Finalmente, el claustro y el jardín, recuperados en 2008 y 2015 respectivamente, nos devuelven pausadamente a la calle, a la vida cotidiana; donde el amor también es necesario, un amor sin fronteras, que mire en todas las direcciones y se detenga ante quienes más sufren. Si el amor interpersonal y el amor a Dios son verdaderos, no nos encierran en nosotros mismos, en nuestra pareja, en nuestra familia o en nuestra tribu, sino que nos abren a lo que el papa Francisco llama “caridad social y política”, un amor que requiere altas dosis de generosidad y sacrificio, y que nos conduce a la fraternidad universal y a la paz social.

Amor interpersonal, amor a Dios y amor social, tres tipos de amor, que estos espacios nos recuerdan y que, lejos de contrarrestarse, se complementan y se potencian. Muchas gracias.

domingo, 22 de enero de 2023

El regalo de la Palabra


En una reunión de catequistas se comentaba con asombro la religiosidad y la solidaridad de un niño muy pobre. Entonces, una catequista ya mayor dijo: «Dios se fijó en el hijo más pequeño de Jesé, que había sido descartado, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (cf. 1 Sam 16). Pude escucharle otros comentarios sobre temas diversos, apoyándose en pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, y pensé: «De lo que rebosa el corazón habla la boca».

Me decidí a preguntarle cómo lograba iluminar tan certeramente con la Palabra de Dios las diversas circunstancias de la vida, sin sermonear, con mucha naturalidad. Ella me confesó que en su familia se leía y comentaba todos los días un trocito de la Biblia; me dijo que nunca había perdido este hábito y, aunque a veces le costaba, se daba cuenta de que Dios le ofrecía, a través de la Biblia, luz, alegría y fuerza para vivir. Aquella mujer, aunque no había estudiado en ninguna universidad pontificia, se había convertido en una auténtica maestra en Sagrada Escritura, mediante la lectura orante y constante de la Palabra de Dios.

Comparto esta experiencia a propósito del Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el papa Francisco en 2019. En su carta apostólica Aperuit illis, el Santo Padre, de la mano de san Efrén, nos recuerda que la Palabra de Dios es un tesoro inmenso y siempre nuevo: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca» (Comentarios sobre el Diatesaron, 1,18).

La Palabra de Dios es una muestra privilegiada de su amor, tal como explica el Concilio Vaticano II: «Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora en ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (DV 2). Ésta es la gran riqueza de la Palabra de Dios: que Él se hace presente, compartiendo con nosotros su intimidad y su proyecto de vida para el mundo.

Por estas y por tantas otras razones, no podemos consentir que se nos caiga la Biblia de las manos: leámosla asiduamente, escuchémosla con devoción en las celebraciones, hagámosla presente en las reuniones de nuestros grupos y aprovechemos las oportunidades que se nos ofrecen para conocerla más profundamente. Los cursos del Instituto Teológico “San Joaquín Royo”, las publicaciones de teología de la Biblioteca Diocesana, así como los diversos grupos de formación cristiana son instrumentos preciosos para saborear la riqueza de la Palabra de Dios y poder comunicarla.

Recibid un saludo muy cordial, en el Señor.

Santidad alegre y comprometida

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla: La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y m...